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miércoles, 28 de enero de 2015

Vindicación de la verdad

Lo ha vuelto a hacer. Tras una novela de género que debemos entender como de transición a logros más altos -Las leyes de la frontera-, Javier Cercas vuelve a su fórmula más querida y agradecida, esa cuerda floja entre la realidad y la ficción. Si en Anatomía de un instante se dedicaba a investigar el trasfondo de los personajes que aparecían en una foto singular, tomada en el Congreso de los Diputados el 23-F -una idea que, en cierto modo, retomaría años después Manuel Hidalgo en suBanquete de los genios-, en El impostor se adentra hasta el tuétano en la verdad y mentira de Enric Marco, personaje fascinante donde los haya que se inventó una vida -la de superviviente de un campo de concentración alemán- justificándose a sí mismo que lo hacía por el bien de la humanidad, de las personas que se habían quedado sin voz. Al igual que en su célebre trabajo anterior, Cercas se introduce a sí mismo en el proceso de escritura, y detalla sus problemas de conciencia a la hora de afrontar la difícil misión de relatar el caso Marco -sus reuniones con escritores y amigos, sus rocambolescas pesquisas, sus entrevistas con personas y otros investigadores que le conocieron, como el que destapó en 2005 la farsa del personaje, la grabación de conversaciones con el propio Marco y sus cambios de ánimo con respecto a él-, dejando claro que su principal objetivo es prescindir de la ficción y ceñirse a los datos objetivos, sin tratar de comprender -aunque sea inevitable- las razones que le llevaron a falsear la realidad para reinventarse a sí mismo. Gracias a la habitual pericia narrativa de Cercas, la ardua investigación y su relato paralelo se convierten en un viaje apasionante y absorbente por la España de los últimos ochenta años, pero también al mismo tiempo en un interesante ensayo sobre el tema de la falsedad y la impostura, en lo lícito o ilícito de subvertir las normas morales establecidas en beneficio propio o común. Un trabajo de notable envergadura que confirma a Cercas como uno de los autores más necesarios del panorama literario español de las últimas décadas.
no menos interesante

martes, 16 de octubre de 2012

La frontera azul

Después de esa obra maestra inclasificable que fue Anatomía de un instante y tras su última y fallida experiencia puramente narrativa, La velocidad de la luz, Javier Cercas necesitaba una novela que volviera a confirmarle como uno de los grandes de la narrativa española actual. Las leyes de la frontera (Mondadori, 2012) es esa novela. Escrita de modo aparantemente impersonal y distante, recurriendo a la entrevista periodística de un investigador-escritor que bien podría ser un trasunto del propio Cercas, la estructura de la novela es herméticamente perfecta. La narración de las andanzas del Zarco y un grupo de jóvenes delincuentes en los años de la transición española se nos ofrecen a través de las voces de uno de sus ex compañeros de fatigas y de uno de los policías que intervinieron en su captura, dejando Cercas que sean ellos los que expresen sus opiniones sobre el protagonista, aunque obviamente todos sepamos que detrás de ese calculado entramado se encuentre el propio autor. La confrontación de ambos testigos, a los que se une la esporádica intervención de algún personaje episódico, le sirve a Cercas para enriquecer el paisaje humano y social en torno al Zarco y aportar además diferentes puntos de vista sobre algunos acontecimientos claves de su espinoso itinerario. De este modo, la novela se redimensiona, creando una tupida red que envuelve al lector sumergiéndole desde el principio en una historia aparentemente poco original -todos recordamos al Vaquilla y a otros célebres jóvenes delincuentes retratados en algunas películas que aquí también se citan- pero trenzada con ese dinamismo feroz tan característico de Cercas, que aquí se imbuye en el lenguaje callejero y delictivo volviéndolo cercano, eliminando los adornos y ramalazos estilísticos que hubieran desentonado en la narración. Sin embargo, como ya dije antes, esta aparente frialdad esconde un trabajo de campo laborioso para evitar que se vean las costuras, y ése es uno de los grandes aciertos de la novela, su aparente sencillez; sencillez que podemos llevar incluso al título, también aparentemente facilón, pero cuyo reverso esconde una alusión clave a una célebre serie de televisión que los protagonistas, y muchos lectores entre los que me incluyo, considerábamos algo más que una serie. De eso se trata, y Cercas lo sabe bien, de trascender la realidad.

martes, 5 de mayo de 2009

Un rey con antifaz

Dice Javier Cercas en el prólogo (o epílogo) de su última obra de ficción (o no ficción, ¿ensayo o novela?) que, quien más, quien menos, todos recordamos dónde estábamos y qué hicimos durante las menos de 24 horas que duró el golpe de estado del 23-F. Quizá por tener sólo nueve años recién cumplidos, yo no lo recuerdo con precisión o quizá debería decir que guardo una imagen confusa de aquel día. Las imágenes de lo ocurrido en el hemiciclo del congreso me son indistinguibles de las que vi años después, de las que vi hace unos meses con motivo de un nuevo aniversario. Sólo recuerdo que la mañana del 24 fuimos al colegio como un día más y que la única tensión que revelaba el ambiente enrarecido que España estaba viviendo la podía sentir en el rostro de mi padre. Aquel día al bajarnos del Renault 14 a la puerta del colegio mi padre sólo dijo una frase: "El Rey ya está en la calle con los tanques", y una sonrisa asomó a nuestros labios porque sabíamos que con esa información podíamos estar tranquilos.

Con el paso del tiempo supe que los únicos tanques que salieron a la calle fueron los desplegados por el teniente general Milans del Bosch en Valencia, así que o bien mi padre nos había dicho una mentira piadosa para serenar nuestro ánimo, o bien entendí mal la frase con el griterío de los niños en la calle, o bien, y esta es la opción más probable, guardo un recuerdo distorsionado de aquel momento, el que mi huidiza imaginación quiso retener para sobrevolar territorios más amables. La imagen del monarca subido a un carro de combate con su uniforme militar sembrando el terror entre los insubordinados era demasiado tentadora para que mi mente, que por entonces acompañaba en sus correrías justicieras al Guerrero del Antifaz -herencia también de mi padre, que guardaba los tebeos en tomos lujosamente encuadernados-, no tejiera sus propias fantasías para que pudiera dormir mejor esa noche.


La otra imagen que atesoro del 23-F es la de mi madre poniendo en la radio del coche la cinta de El tanguillo del golpe de Pepe Da Rosa. Del mismo modo que no estoy plenamente seguro de la frase de mi padre, sí recuerdo perfectamente el sonido de la voz del famoso cómico quitándole hierro al asunto, desmitificándolo en una grabación que quizá mis progenitores todavía conserven en alguna caja de zapatos.


Esos dos momentos, esos dos instantes, nunca me los he podido quitar de la cabeza y han acabado erigiéndose en bastiones irreductibles de un tiempo pasado. En su libro Javier Cercas habla de otro instante, de una foto congelada que muestra al presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, sentado en su sillón en la soledad de unos escaños vacíos, en un gesto de múltiples matices que el escritor trata de desentrañar buceando en la historia hasta llegar a ese momento con el fin de que la historia lo pueda explicar. Cercas, que afirma haber destruido la novela que había escrito sobre el 23-F, decidió acometer Anatomía de un instante porque sentía que la novelización no sería justa para retratar ese pasaje de la historia. Arropado por la abundante bibliografía, la lectura de informes y expedientes, y la transcripción de numerosas entrevistas, Cercas ha venido a contar lo que ya todos debíamos saber -pues reconozco que yo desconocía muchos detalles- pero de una forma insólita, cogiendo a cada protagonista para situarlo en el antes y después de ese momento, emitiendo juicios de valor y especulaciones que se integran armónicamente en un relato que parece ficción pero no lo es, que parece un documental pero tampoco, que atrapa desde la primera página como una novela de suspense sin serlo, que podría ser un análisis semiótico de una imagen pero no lo es. ¿Qué ha hecho Cercas, entonces? Escribir el libro definitivo sobre el golpe del 23-F, pero sin que sea un libro sobre el golpe, sino sobre un instante que será el que siempre permanecerá en nuestra memoria, como la frase de mi padre, como la cinta que ponía mi madre.