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miércoles, 24 de febrero de 2016

¿Nombre? Sancho Gracia

Que las series televisivas se han convertido en el gran fenómeno audiovisual de los últimos años no es ningún secreto. Lo que empieza a ser una novedad es que estén empezando a generar material bibliográfico para formar un apartado propio en la sección de imagen y sonido de las librerías. Algunos sellos, como Errata Naturae, tienen incluso su propia colección al efecto. Sin embargo, las series o sitcoms españolas parecían hasta la fecha ajenas a tomar parte en este -podríamos bautizarlo- "fenómeno eco", o lo que es lo mismo, vivir una nueva temporada, ahora sólo impresa, una suerte de "making off" editorial en el que diferentes especialistas y los propios protagonistas de la aventura televisiva dan cuenta de logros y resultados. Salvo raras excepciones, las factorías de ficciones españolas han preferido optar por la novelización de seriales -véase como ejemplo Amar en tiempos revueltos, Isabel, Sin identidad o El príncipe-, cuando no por la mera extrapolación de su propuesta televisiva al papel -Vivo cantando, Cuestión de sexo...-.

Por eso, la aparición de Dentro de El ministerio del tiempo (Léeme, 2015) podría suponer un cambio de tendencia, un intento de aportar algo más que una mera operación de refuerzo de marketing. Con la segunda temporada de la serie recién estrenada, uno podría pensar que la publicación del libro es prematura, pero fue tanta la expectación despertada y el consenso crítico en alinearla como una de las mejores series españolas de los últimos años que las teclas ardían de impaciencia por manifestar su admiración en un soporte más duradero que las redes sociales. Presentado en un formato de gran empaque, el libro es francamente sustancioso, ya que además de ofrecer entrevistas con los creadores de la serie -directores, guionistas, productores, etc.-, aglutina miradas de especialistas sobre diferentes ángulos de la misma y temas relacionados: los viajes en el tiempo en el cine y la literatura, el aspecto divulgativo, el humor, las referencias históricas, los decorados y ambientación, la disección de cada capítulo, el reparto, etc.

Un libro, en definitiva, que nos incitará a descubrir nuevos matices y a revisionar la serie para una jugosa confrontación en paralelo. Una lectura que también guarda espacio para el recuerdo, ya que uno de los ideólogos de la misma, Pablo Olivares, murió antes de ver terminado el proyecto, y a él y a su memoria va dedicado el libro. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

The Reader´s Diary (XLVI)

Entre el más de centenar de obras que se publican al año en nuestro país de temática exclusivamente cinematográfica menudean las biografías, los estudios sobre directores, las obras que apenas rebasan el estadio de la curiosidad y los inefables volúmenes donde predomina lo visual, ya se trate de abordar éxitos recientes como apoyo de merchandising o la historia del cine a través de sus títulos más clásicos. Que aparezca, por tanto, un libro como el presente, un enjundioso ensayo que invita a mirar las películas de otra forma, es ya digno de aplauso.

Instrucciones para ver una película (Pasado&Presente, 2015), del crítico David Thomson, es un estimulante ejercicio de cinefilia, pero con la virtud de ser apto para todo tipo de públicos. Su autor nos lleva de paseo a lo largo de diferentes títulos significativos del siglo XX, no tanto por su calidad estética -pues hay de todo, de obras maestras a títulos de fama pasajera e incluso alguno que otro de escasa relevancia-, sino por lo que pueden aportar para el enriquecimiento visual del espectador. De ahí que confronte títulos que aparentemente guardan poco parentesco, descubra el doble fondo de un fotograma o se salga de la pantalla para entrar en la vida real de un actor o director. El caso es ir más allá de la imagen, encontrar los detalles y matices que se nos pueden pasar por alto en el primer visionado, alcanzar la pluralidad de significados y referentes que están presentes delante o detrás de la pantalla para engrandecer la experiencia que supone ver una película y recuperar esas sensaciones que parecen haber fagocitado internet, youtube y otros aparentes enemigos del séptimo arte clásico. Error. Thomson nos convence que hasta en creaciones visuales ideadas expresamente para estos nuevos formatos puede haber una belleza devastadora. La clave está en no quedarse con la primera impresión, sino en "trabajarnos" la imagen. Sólo de esa forma conseguiremos llegar donde el director quiso o donde nunca pensó que pudiéramos llegar.


Aunque Thomson se refiera fundamentalmente a películas, también dedica espacio, como se hace inevitable en la época dorada que vive la ficción televisiva, a varias series de referencia. Algunas de ellas ya han logrado germinar libro propio que las abordan desde diferentes ángulos. La revista Jot Down ha decidido en su tercer monográfico reunir las cien series teen imprescindibles en un desenfadado volumen.100 series juveniles (Jot Down, 2015), que reúne a numerosos colaboradores de la conocida publicación, es un divertido y amable viaje en el tiempo que nos sumerge en series de nuestra infancia, adolescencia, juventud, algunas de las cuales aún perduran en nuestros días. Ahí están series inolvidables de institutos como "Salvados por la campana" o "Parker Lewis nunca pierde", familiares como "Padres forzosos", "Los problemas crecen", "Alf" o "Blossom", infantiles como "Heidi", "Marco" o "Candy Candy", numerosos ejemplos del manga animado y muchas otras de las que guardamos recuerdos con olor a naftalina: "El gran héroe americano", "El coche fantástico", "La familia Addams", etc.

En dos páginas dedicadas a cada una no se puede hacer un análisis minucioso, así que prima el chiste fácil, la nostalgia empedernida y el tono conmovedor. Sin duda, una obra valiosa que nos invita a recordar a esos inefables compañeros de crecimiento que se incrusta y sobresale en la avalancha de títulos que se publican en estas fechas para recordar los símbolos de la generación de los ochenta y noventa. 

martes, 4 de junio de 2013

Gatchaman o nuestra magdalena proustiana

Tiny, Keyop, Jason, Marc, Princesa lucharán... ¿Quién que no haya nacido a finales de los 60 o a principios de los 70 no recuerda esta canción? No sabríamos qué suerte habría corrido la serie nipona Comando G (Gatchaman en su versión original) de no intervenir el grupo infantil Parchís para ponerle música y letra a dos de las canciones más tarareadas por los niños de la época. Pegadizas al máximo, ya los primeros compases te hacían girar la cabeza hacia el aparato de radio o televisión que hubiera prendido la magia. Pese a ser de producción anterior a la no menos impactante Mazinger Z, Comando G llegaría a España después que aquélla, cuando ya nuestra mirada se había habituado a esos dibujos que muchos años después reconoceríamos como los primeros mangas de nuestra vida. Comando G es para muchos un icono de nuestra infancia, quizá mucho más que Star Wars, cuya verdadera dimensión sólo supimos apreciar con algunos años más. Todavía recuerdo cómo nos repartíamos los diferentes personajes entre mis hermanos, pedaleando sobre la bicicleta como si pilotáramos el Ave Fénix o cualquier otro de los espectaculares vehículos que conducían nuestros ídolos para salvar a la Tierra de los siempre oscuros planes de Gallactor.
Apelando a esa nostalgia ochentera y al saludable espíritu friki que comparten varias generaciones, Joaquín Sanjuan Blanco se ha atrevido con la primera monografía de la serie publicada en español de la que tengo constancia.
El libro, publicado por Dolmen en su colección MangaBooks, repasa los orígenes de la serie, las diferentes versiones y drásticos recortes y remiendos que sufrió al ser adquirida por otras compañías, los cómics posteriores, sus secuelas, los personajes, su banda sonora, su merchandising, así como el repaso argumental de los diferentes capítulos. Se echa de menos, no obstante, una mayor calidad fotográfica en la reproducción de fotogramas y dibujos, y de más las abundantes erratas que circulan por un texto algo reiterativo y plano. A pesar de todo, merece la pena echarle un vistazo aunque sólo sea para recordar tiempos sin duda mejores.

miércoles, 12 de octubre de 2011

El día que Chanquete murió de verdad


No recuerdo si fue la segunda o la tercera vez que la repusieron, pero lo cierto es que durante una emisión de Verano azul circuló en el barrio la leyenda urbana de que "Chanquete", el incombustible anciano que echó ancla en "La Dorada", una suerte de abuelo de Heidi que buscaba climas más tropicales, había muerto de verdad. Por aquellos años internet era una utopía, apenas leíamos otro periódico que el "Marca", y la televisión y la radio constituían nuestro único cordón umbilical con aquella otra realidad que traspasaba los muros de nuestro pueblo. Al igual que nuestros pequeños héroes de la pantalla -Javi, Pancho, Desi, Bea, Quique, Piraña y Tito- no dimos crédito a los rumores, pero durante varios días, hasta que nuestros padres nos confirmaron que Antonio Ferrandis, que así se llamaba "Chanquete" en la vida real, seguía vivo y coleando, rodando más series y películas, y que incluso con una de ellas había ganado España el Oscar a la mejor película extranjera, tuvimos nuestras dudas y quisimos con toda nuestra alma que aquella noticia fuera un bulo y nada más.
¿Qué había pasado dentro de nosotros para que una persona ajena a la familia, un personaje de ficción que no gozaba de ninguna facultad prodigiosa como, por ejemplo, Bruce Lee, otro de nuestros ídolos de la época, nos importara tanto como para sentir su muerte? Creo que la respuesta hay que buscarla en que "Chanquete" reunía en un solo hombre todas las cualidades más nobles del padre, del abuelo, del tío y del amigo, un caleidoscopio de virtudes que chocaban en numerosas ocasiones con el ímpetu de los chavales a los que adoctrinaba, y que bien podíamos ser nosotros con sólo trucar la pantalla, como en Pleasantville, y poder escuchar sus "sermones", pasear por las calles de Nerja, repartiendo leche a los vecinos, recibir nuestra primera moto, enamorarnos como pardillos, desnudarnos en una piscina con una mezcla de chulería y rebeldía, organizar una campaña de limpieza, luchar contra la especulación inmobiliaria, asistir al ocaso de un mago en horas bajas, a la perplejidad de un enfermo mental que creía venir del espacio exterior, al divorcio de nuestros padres, a la soledad de una pintora que busca su refugio, a la aventura de explorar una cueva desconocida, al inconformismo de los desplantes con frases escogidas, a los secretos íntimos de los cantantes de moda...
Como el personaje de Tobey Maguire en aquella película, los niños de entonces que hoy rozamos la cuarentena podríamos responder sin problemas a un maratón de preguntas sobre la serie sin temor a equivocarnos. Treinta años después, la sociedad ha cambiado notablemente y Verano azul se ve hoy con un punto de sonrojo y algo de vergüenza ajena, pero entonces llegó en el momento oportuno para los niños que estábamos aprendiendo a vivir, esos niños cuya nostalgia siempre beberá de los inolvidables ochenta hasta caer, ciegos de mirindas y canciones infantiles, en un espejismo imposible de recuperar.

martes, 27 de octubre de 2009

Una de tele


Se me hace raro hablar aquí de los programas televisivos, sobre todo en una época en que el crecimiento de la oferta redunda en una notoria disminución de la calidad. Uno, que no disfruta de la televisión de pago, ve reducida su visión a los estrechos márgenes que ofrece la Tdt. El caso es que hace ya unas semanas me topé con uno de los productos de ese fenómeno híbrido de reality-concurso que se impone de un tiempo a esta parte: "El aprendiz", en la Sexta. Doce o catorce chicos y chicas -no recuerdo bien- repartidos en dos grupos (uno de chicos y otro de chicas, por cierto, fomentando equivocadamente las actitudes machistas de siempre, ya que lo atinado habría sido, como en la realidad, integrar a ambos sexos en un mismo grupo) que tratan de vender más aceitunas que sus rivales siguiendo supuestas estrategias de marketing y mercado al más puro estilo Bassat, convertido aquí en un auténtico demiurgo de la nueva empresa.

Soy testigo durante hora y media de pisotones intencionados, de cómo unos le echan el muerto a otros, de la búsqueda del liderazgo, de un falso trabajo en equipo que acaba siendo una lucha descarnada por el arribismo individual: la fórmula del primero uno mismo y luego pregunto si he hecho daño a alguien. Así funciona todo en la realidad, me dirán muchos, tanto si uno se traslada a las empresas publicitarias como al mundo de los representantes comerciales, los teleoperadores o el profesorado universitario.

Viendo esta truculenta batalla de cachorros ejecutivos de medio pelo, me acordé de una película altamente recomendable que vi no hace mucho, Casual day. En ella los miembros de una empresa acuden a un hotel rural para pasar un "casual day" que, en la jerga empresarial de hoy día, sí, la de los libros de Empresa Activa y demás editoriales, significa liberarse de las presiones laborales del día a día con el fin de conocerse más participando en diferentes actividades de expansión. En esta cinta asistíamos a un intenso croquis de los estereotipos que circulan por toda empresa: el enchufado, el gerente hijodeputa en quien el gran jefe delega las decisiones más deleznables, el débil e inocente empleado que nunca saldrá de su reducida esfera de actuación, la pardilla y poco agraciada ejecutiva que ve lastrada su carrera por no acceder a favores sexuales... En fin, un mosaico impecable de las diferentes especies que pueblan los despachos y oficinas en busca de víctimas y medrar a costa del otro.

Casual day era una película, pero "El aprendiz" pretende vendernos la idea de que el que no se hace fuerte sin mirar abajo y hacia los lados -es decir, a los compañeros- está abocado al fracaso o a la medianía más absoluta. Y yo me pregunto si ese es el mundo al que los jóvenes universitarios querrían pertenecer, un mundo en el que no parece haber otra vida más allá de los tabiques de diseño, del portátil y del móvil. Porque, ¿con qué cara saludaremos a nuestro compañero de oficina, sí, ése mismo al que le quitamos el cliente, si nos lo encontramos en la playa en la sombrilla de al lado? Todo esto me recuerda a otro programa-serie de la Sexta: "Qué vida más triste".

jueves, 30 de abril de 2009

Ponga un friki en su vida



¿Cómo se podría definir el término "friki" antes de que lo haga la RAE? ¿En qué subcategorías se pueden dividir los frikis? ¿Cuáles son sus derechos y obligaciones? A éstas y muchas más preguntas trata de responder el autor de este curioso librito, conocido ya para la posteridad como Señor Buebo, y fundador del Día del Orgullo Friki (el 25 de mayo, estreno de Star Wars) en el año 2006. Quien más, quien menos, conoce a un friki en su vida o cree conocerlo, pues para cumplir a rajatabla los preceptos de este curioso vocablo, heredado del original freak, con el que se designaba a los fenómenos de feria, es necesario cumplir una serie de condiciones, sobre todo que tu afición friki no se haya convertido en un fenómeno de masas que la haya hecho pasar al digamos mundo real, pues los frikis parecen vivir en un universo paralelo desde que en el colegio eran tildados de bichos raros, empollones y luego pequeños gurús de la informática.


Concebido como una guía para no perderse en este mundillo, que ha aceptado visos de respetabilidad en los últimos años infiltrándose poco a poco en la sociedad estándar -las grandes cadenas de ropa han incluido entre sus prendas algunas camisetas o artículos frikis, las series de tv como Héroes han cambiado sus guiones ante las protestas del colectivo o las convenciones tipo salón manga han dejado de ser una cosa rara- y alejándose poco a poco de esa imagen a medio camino entre la subnormalidad y la violencia -el autor recuerda la polémica surgida con el asesino de la catana y los juegos de rol- gracias sin duda a la decisiva ayuda que le ha proporcionado internet, Orgulloso de ser friki (Martínez Roca) no es evidentemente un libro para recordar. No ese ése su objetivo. Es un libro que, para hacer justicia a sus propósitos, debe leerse en el cuarto de baño o en esos tiempos muertos inevitables que surgen mientras se arregla tu mujer, se calienta la comida en el microondas o esperas a que se encienda el ordenador.


El volumen cuenta además con un curioso test final destinado a valorar la posible adscripción al universo friki del lector (un servidor, que comparte algunas aficiones de las citadas en el libro, no ha pasado de los quince aciertos) y con curiosas reflexiones que, si nunca nos hemos planteado, es probable que nos sintamos alejados del mismo: lo sucedido con los obreros que construyeron la segunda estrella de la muerte y que fueron cruelmente asesinados, ¿se podría considerar como accidente laboral?

lunes, 27 de abril de 2009

Un poco de sensatez


El pasado 25 de abril falleció en Los Angeles Beatrice Arthur, la inolvidable Dorothy Zbornak (de apellido materno, Petrillo, ¿cómo olvidarlo con una madre como Sofia?) de Las Chicas de Oro, serie en la que intervino nada menos que en 180 episodios desde 1985 a 1992. Precisamente su madre en la ficción, Estelle Getty, murió el año pasado. Los que pensaban que su longevidad podía rebasar los límites de la ficción estaban equivocados y, por mucho que nos pese, a todos, incluso a los seres más queridos de la pequeña pantalla les toca decir adiós.

Desde que debutara en 1951, Bea Arthur se dedicó en cuerpo y alma a la caja tonta interviniendo en series menos conocidas aquí como Maude o Amanda´s. Sin embargo, la fama mundial le llegó con una serie que hoy nunca hubiera pasado los rígidos "castings" de producción televisiva: ¿cuatro viejas de clase media alta en Miami? ¿Tú qué quieres, que me corten la cabeza?, le habrían espetado sin contemplaciones a la guionista Susan Harris al proponer su idea. Pero si echamos la vista atrás, descubrimos que Las chicas de Oro gustaron a todo tipo de público a lo largo de sus siete temporada en antena. Getty (a quien el éxito catapultó incluso al cine al lado nada menos que de Stallone), Betty White (Ross), Rue McClanahan (Blanche) y Arthur consiguieron con sus problemas de andar por casa meterse a la audiencia en el bolsillo encarnando cuatro personajes bordados que representaban diferentes formas de afrontar la tercera edad.

En ese reparto a Dorothy le tocó poner un grado de sensatez en el grupo frente a la lengua viperina de Sofia, la irrefrenable sexualidad de Blanche y la inocencia de Ross. Dorothy era la ecuanimidad, la templanza, la firmeza, aunque también tuviera sus puntos de debilidad con su ex marido y una vida sentimental lastrada por su inflexible carácter. Dorothy era ese punto de apoyo sobre el que basculaba toda la casa, esa roca que siempre sobrevivía a las derivas y los naufragios, esa abuela de apariencia seria pero fondo frágil. Y ahí están las tres primeras temporadas en Dvd para quien quiera recordarla en su estado de gracia. Yo desde aquí he puesto mi granito de arena.