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lunes, 16 de junio de 2014

The Reader´s Diary (XXXIII)

Muchas son las antologías que se han ido publicando en los últimos años del género del relato breve. Las ha habido temáticas, cronológicas o topográficas según el criterio elegido. La especialista Ángeles Encinar, que ya coordinó anteriormente para Cátedra otra antología sobre el cuento español contemporáneo, reincide ahora sobre la cuestión con una selección rabiosamente actual sobre la narrativa corta publicada en nuestro país en las dos últimas décadas -El cuento español actual (1992-2012)-, décadas en las que la situación, pese al pesimismo que preside el panorama editorial, parece haber mejorado para el género con la irrupción de numerosos autores, la creación de editoriales, revistas y blogs especializados, o una concesión más generosa de los grandes grupos. Soslayando el siempre impepinable tema de las ausencias, la muestra que Encinar ofrece es bastante representativa del quehacer cuentístico y la vitalidad de un género reconocido sobre todo por su calidad y la diversidad de temas y estilos. Cada cuento va precedido de un pequeño currículo de cada autor y sus respuestas a una minientrevista sobre la cuestión. Un libro sin duda de cabecera para futuras generaciones.
Para una generación The Smiths fue también un grupo de cabecera. La brevedad de su periplo como formación -apenas un lustro- unida a la singularidad de su propuesta estético-musical, les hicieron amados y odiados a partes iguales, convirtiendo en himnos algunas de sus canciones y en verdaderos iconos de la música pop algunos de sus álbumes como The queen is dead. Sin intención de convertirse en un libro de referencia sobre el grupo de Manchester -pues Luis Troquel acuñó la bibliografía básica en su libro publicado en Cátedra-, The Smiths. Música, política y deseo (Errata Naturae, 2014) recopila artículos, en su mayoría ya publicados, que abordan la filosofía y significación del grupo desde diferentes ópticas: la política, la homosexualidad, las letras, la iconografía, etc., logrando un caleidoscopio de miradas que abarcan desde la mitomanía al descreimiento.
Algo de mítico comienzan a tener también las dos ligas consecutivas que ganó el Athletic de Bilbao en la primera mitad de los ochenta, y que un servidor, "león" por herencia paterna, recuerda haber celebrado pegado a un transistor, cuando había que esperar a "Estudio Estadio" para ver el resumen de los partidos. Desde entonces, el Athletic ha perdido tres finales de la Copa del Rey y una de la Europa League, y como los futuros éxitos se ven, debido a la hegemonía presupuestaria de los "grandes", cada vez más difíciles, parece oportuno deleitarse con la reedición del libro que el periodista Pantxo Unzueta publicó en 1986, al calor de los grandes éxitos de una generación que pareció quebrarse con el lamentable affaire Clemente-Sarabia. De este asunto, y de otros muchos éxitos, fracasos y evocaciones, habla largo y tendido Unzueta en ¡A mí el pelotón! (Corner, 2014), bocados de la historia de un club sin duda peculiar y reconocible que llegó en sus buenos tiempos a tener diez jugadores titulares en la selección española. La repesca se completa con una serie de artículos publicados por el periodista desde entonces hasta la actualidad, pinceladas de una historia algo más gris pero siempre rojiblanca. 

miércoles, 5 de marzo de 2014

The Reader´s Diary (XXIX)

Me he referido aquí en alguna que otra ocasión a los libros de aforismos del cántabro Lorenzo Oliván (1968), que recomiendo encarecidamente. Se trata de una faceta más de una obra que incluye la traducción, la crítica literaria, la edición de antologías, la organización de ciclos poéticos y la dirección de revistas literarias, además de su género más cultivado, la poesía, en cuya trayectoria Nocturno casi (Tusquets, 2014) viene a sumar su quinto eslabón. En un tono más críptico que los anteriores, Oliván vuelve a sus temas preferidos: la mirada asombrada ante el mundo, la exigencia del poeta para dar respuestas, la levedad del ser, la comunión con la naturaleza... Quizá los hallazgos formales no sean tan brillantes como en títulos anteriores, y hallar un sentido unívoco en tanta espesura de ideas no sea tarea fácil, pero su apuesta por transitar caminos ya hollados con una mirada limpia y siempre interrogante asegura relecturas y momentos espléndidos: "Pasa la luz / rozándome la piel / y no sé si se bate en retirada / o hace de mí / su más sutil conquista".
Una impresión similar he sacado también de la última propuesta cuentística de mi admirado Sergi Pàmies, Canciones de amor y lluvia (Anagrama, 2014), quien alterna piezas redondas con ese talento de orfebre que le ha situado en el olimpo de los escritores de relatos de nuestro país, con otras muestras más descafeinadas que parecen gustarse a sí mismas más que buscar el efecto sorpresa o esas piruetas estéticas que tanto agradecemos sus lectores. De este modo, se impone la ocurrencia, el toque humorístico y el descuido formal antes que la exigencia de un relato bien trabado que nos transporte a esa dimensión donde moran los bendecidos por los cánones del género. El protagonizado por Paul Auster y su mujer puede ser una buena prueba de lo que expongo: posiblemente Pàmies se base en una experiencia personal suya o de alguien cercano, pero quizá eso no baste para construir un buen relato si no hay algo más que trascienda la mera anécdota. Se advierte un tono general apresurado, como si el autor de La gran novela sobre Barcelona no hubiera tenido tiempo de organizar sus ideas ni seleccionar entre la gavilla de canciones que tenía para su nuevo álbum. No obstante, un Pàmies menor sigue siendo mucho Pàmies, por lo que el disfrute está garantizado.
De quien no nos cabe ninguna duda de que organizara con escrúpulo sus ideas es de Robert Louis Stevenson, cuya faceta menos conocida, la de articulista y ensayista, se presenta ahora en un enjundioso volumen preparado por Amelia Pérez de Villar (Páginas de Espuma, 2013). Quien, como un servidor, sólo hubiera tenido ocasión hasta ahora de leer sus novelas, cuentos y libros de viajes, se llevará la agradable sorpresa de que Stevenson cultivó con prodigalidad la crítica literaria, exhibiendo una loable capacidad para adentrarse en la creación de algunos de sus contemporáneos y autores que, de un modo u otro, dejaron huella en su forma de concebir la literatura. Escribir. Ensayos sobre literatura reúne todos los textos que se conocen del escritor escocés, desperdigados en periódicos, revistas y volúmenes diversos. Aunque uno no haya leído muchas de las obras que se citan ni siquiera a los autores, la pasión y la claridad de ideas de Stevenson es tan adictiva que merece la pena por sí misma, por la simple forma de exponer lo que quiere decir, sus argumentos y disquisiciones, comparta o no lazos con el autor y obra en cuestión. Ya aborde a Shakespeare, Thackeray, Pepys, Whitman, Burns, Hugo, Thoreau o Villon, lo hace siempre desde la barrera de la ecuanimidad, valorando pros y contras, desentrañando tramas y retazos biográficos que aderezan un discurso trufado de ideas enriquecedoras y presentado con un caligrafismo admirable. En este magnífico volumen se localizan también los escritos en los que Stevenson habla de su propia obra en sincero diálogo con sus lectores e incluso algunos más personales en los que evoca su infancia y adolescencia, una verdadera delicia para todo buscador de rarezas. Hay que agradecer sin duda a la editorial que nos haya brindado la oportunidad de conocer a ese genio llamado Stevenson en bata y zapatillas.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Give me five (2013)

No, no he dejado de escribir, sólo me he tomado una breve pausa para leer más y mejor. Por eso, apelo a la manida sentencia de "no están todos los que son, pero sí son todos los que están" para dejaros, como hice a finales de 2011, mi lista de los mejores del año que acaba, esperando que el 2014 traiga tan buena cosecha como la presente. Mis mejores deseos literarios para todos:

Narrativa: 1. Prohibido entrar sin pantalones. Juan Bonilla (Seix Barral) / 2. Shakespeare y la ballena blanca. Jon Bilbao (Tusquets) / 3.  Técnicas de iluminación. Eloy Tizón (Páginas de Espuma) / 4. El libro de los pequeños milagros. Juan Jacinto Muñoz Rangel (Páginas de Espuma) / 5. Coral Glynn. Peter Cameron (Libros del Asteroide).

No ficción y otros géneros: 1. El banquete de los genios. Manuel Hidalgo (Península) / 2. La arquitectura del aire. Carlos Marzal (Tusquets) / 3. Mirador. Pilar Pardo (Canto y Cuento) / 4. Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina (Seix Barral) / 5. Instrucciones para fracasar mejor. Miguel Albero (Abada).

lunes, 7 de octubre de 2013

The Reader´s Diary (XXIV)

Tras leer y disfrutar plenamente con El libro de los pequeños milagros (Páginas de Espuma, 2013) mantengo mi opinión de que Juan Jacinto Muñoz Rangel es un purasangre de los relatos. En De mecánica y alquimica ya había dado buenas muestras de ello, con su hábil conjunción de elementos fantásticos, barrocos y de amplia fuerza evocadora y sugerente. El asesino hipocondriaco, su primera novela, me pareció, sin embargo, un relato alargado, como si la idea germen de la misma hubiera encontrado mejor asiento en una narración de cincuenta páginas a lo sumo. Su debut en el díficil pero muy agradecido género del microrrelato demuestra que el malagueño es un especialista de las distancias cortas: sabe cómo llamar la atención con un inicio desconcertante, cómo mantener la tensión e imprimir esa vuelta de tuerca final que exige redoble y ovación. Como anuncia su título, la última obra de M.R. se afana en dinamitar la convención, poniendo del revés lo natural y subvirtiendo el orden establecido, creando esos "pequeños milagros" que tiran a un tiempo de ironía, sarcasmo, acidez, magia, ensoñación, pero, sobre todo, de una inventiva y originalidad colosales. M.R. saca de su chistera situaciones imposibles, alteraciones no por lógicas menos desconcertantes, malformaciones aberrantes y criaturas timburtonianas que harán las delicias del lector ávido de nuevas sensaciones. Se nota que M.R. es un tipo muy leído: ha fagocitado cine y literatura con ansia de caníbal, y, con su habilidad de brujo y/o maestro de ceremonias de circo de siete pistas, les ha imprimido nueva forma dotándoles de vida autónoma. Sólo su serie de "Backwards" merecería recordarse como una de las microinvenciones más importantes del año que va tocando a su fin.
En las distancias cortas ha encontrado también su piedra de toque Jean Echenoz, quien, tras su trilogía biográfico-poética -de la que acabo de disfrutar la que me faltaba por leer, Ravel recuperada en "Compactos" por Anagrama- sigue encuadernado en el poco más de centenar de páginas con 14 (Anagrama, 2013), su particular contribución a esa Primera Guerra Mundial no lo suficientemente abordada en el plano literario -entre las últimas aportaciones, me quedo con El sonámbulo de Verdún, de Eva Díaz Pérez-. Siempre poco amigo de los tópicos y las convenciones narrativas, Echenoz acomete el empeño como si se tratara de una pieza de cámara. Sigue a unos pocos personajes en su ida y vuelta -o ida solamente- del conflicto armado, retratando escenarios, paisajes de batalla, muertes, heridas, cartas, uniformes, como si de un vals se tratase, con esa musicalidad del lenguaje suya tan característica, capaz de otorgar al relato fuerza dramática y belleza a partes iguales. Leer a Echenoz es sucumbir a su poder hipnótico, descubrir las verdaderas dimensiones de la palabra, una literatura que definitivamente está en otra dimensión.

martes, 18 de junio de 2013

The Reader´s Diary (XVIII)

Cada nuevo libro de relatos de Felipe Benítez Reyes -y con éste van cuatro, tras Un mundo peligroso (1994), Maneras de perder (1997), y "Fragilidades y desórdenes", inédito incluido en Oficios estelares (2009)- es una invitación a disfrutar del inimitable estilo del multidisciplinar autor roteño, fabricante de novelas cuando menos estrafalarias, poemarios de hondo calado, libros de prosas breves inclasificables, e incluso portadas donde da rienda suelta a su espíritu de renaissance-man -la última muestra, su collage para La arquitectura del aire, de Carlos Marzal-. Cada cual y lo extraño (Destino, 2013) está organizado a modo de almanaque: cada relato tiene como telón de fondo un acontecimiento del año natural, ya se trate de los Reyes Magos, el carnaval o los viajes veraniegos, o bien un hecho reseñable en la memoria -ficticia o no- del escritor, ligado a una fecha concreta, caso del servicio militar, al parecer, el único explícitamente autobiográfico incluido en el conjunto. Sucede con los relatos de FBR que uno a veces disfruta más de la forma de contarlo que del relato en sí mismo. Su facilidad para pasar del humor descacharrante al ramalazo lírico le convierte en un trapecista del circo de las prosas cortas -si tal circo existiera, cosa que FBR suscribiría seguro-. Hay mucho que celebrar en esta docena de situaciones imperfectas, donde el/los protagonista/s nunca salen bien parados, porque la vida nunca es de color de rosa, pero por su tono "marxiano" y desmitificador, me quedo con el del catártico crucero por el Báltico, verdadera orgía lacrimógena (de risa, claro).
FBR también nos deja algunas de sus brillantes imágenes poéticas en su breve relato inédito para Diez bicicletas para treinta sonámbulos, con el que la editorial Demipage ha querido celebrar su décimo aniversario a lomos de los más variados velocípedos, los que viajan en el tiempo, los que evocan tiempos mejores, los que entablan combates imposibles, los que sufren la envidia ajena, o incluso aquellos cuyas ruedas son capaces de mantener una conversación. Sólo por el prólogo del siempre tan poco prodigado y nunca suficientemente valorado Eloy Tizón merece la pena enfrentarse a este libro desigual, donde cada cual ha aceptado la invitación como mejor ha sabido o podido. De este modo, encontramos piezas que se orillan en la nostalgia, como las de Luis Landero o Álvaro Valverde, otras que se contagian del espíritu ciclista europeo -Muñoz Molina-, otras que se decantan por un ejercicio estilístico -Juan Carlos Mestre-, varias que alcanzan altas cotas de intensidad -Sara Mesa, Juan Aparicio Belmonte, Fernando Aramburu-, y muchas otras que apenas citan como de pasada el motivo por el que se les ha citado, es decir, la bicicleta. Empeño, por tanto, loable, pero resultado algo deslavazado, como si la cadena se hubiera salido en algún momento del trayecto-proyecto.
Mucha mayor estabilidad y largo recorrido presenta la nueva novela de Jeffrey Eugenides, la tercera en un período de casi veinte años, lo cual denota una clara convicción en el oficio, el deseo de no querer dar a la imprenta cualquier cosa. La trama nupcial, como Middlesex, nos va inoculando lentamente su veneno. Ambientada a primeros de los ochenta en un campus universitario norteamericano con muy poco parecido al que nos ofreció tanta comedia adolescente, la novela del autor de Las vírgenes suicidas se apoya en unos caracteres psicológicos que van creciendo ante nuestros ojos de un modo exuberante, mostrando sus carencias, sus necesidades, y también sus patologías. Pocos narradores hay en la literatura actual que describan con tal maestría las relaciones humanas y sean capaces de introducirse en la mente del personaje como hace Eugenides. El autor va alternando presente y pasado de los tres principales protagonistas de esta trama nupcial, rindiendo de paso un homenaje explícito a las novelas de Jane Austen y a otras autoras de la época, a cuya investigación consagra la protagonista su tesis. Nada hay de gratuito en las novelas de Eugenides; todos los detalles acaban participando del conjunto para otorgarle ese aspecto de solidez que nos hace lamentar que tengamos que esperar de nuevo casi una década para el siguiente plato.



martes, 3 de mayo de 2011

De una tacada

Para empezar, Baricco. Emaús quizá no esté a la altura de sus imprescindibles Seda, Océano mar y Tierras de cristal, pero no deja de tener atractivos. El mayor, sin duda, su indefinición genérica. ¿Se trata de una novela de iniciación, de un ensayo pseudoreligioso, de una novela nostálgica con aires del Amarcord felliniano? Nuestra manía por querer clasificarlo todo nos lleva con frecuencia al equívoco, a dejar de lado lecturas que pueden sorprendernos o aportarnos sugerencias de interés. Emaús es una novela devastadora. Los cuatro amigos y personajes principales, que parecen inmaculados al principio en virtud de una tradición religiosa que respetan a ultranza, se van desvirtuando al entrar en contacto con una joven adinerada de sexualidad ambigua y moral abierta. Después de conocer sus intimidades, nada será lo mismo para ellos. Baricco logra sus habituales párrafos de gran belleza y deja caer sus apostillas filosóficas, en esta ocasión, ligadas más a la reflexión religiosa, a la necesidad de creer o no. Una pieza más, en definitiva, de ese corpus literario que, con el tiempo, se hará más grande en las bibliografías y los estudios eruditos del futuro.
Sharon Waxman no se dedica, en cambio, a especular. Más bien es una enciclopedia viviente del saqueo artístico ocurrido en los últimos ¿años, decenios, siglos...? Acarreando información de primera mano, fruto de entrevistas, convivencia con mecenas, directores museísticos, defensores del patrimonio, etc., la autora de Saqueo. El arte de robar arte realiza un prolijo pero apasionante recorrido por el proceloso mundo del desfalco artístico, por los dimes y diretes de la profanación de las obras de arte. Recurriendo a numerosos episodios concretos, del Partenon a las pirámides egipcias, Waxman confronta los principales puntos de vista: el del país saqueado que exige la devolución, y el del nuevo propietario que se niega al retorno, matizando los pros y los contras, citando pormenores judiciales, relación de objetos, biografías desconocidas, capítulos vergonzantes, y, sobre todo, ofreciendo abundante información para que las posturas encontradas e irreconciliables se exhiban con todas sus luces y sombras. Al término de la lectura, no obstante, seguiremos con la duda de si sería más conveniente que el Louvre o el British mantengan bajo llave sus obras de más que dudosa procedencia, o si la devolución debería hacerse por sistema en caso de demostrable apropiación indebida, y aunque el país receptor no reúna las condiciones exigibles para su conservación adecuada.
Sólo conocía a David Mena por su microrrelato incluído en la antología Cuentos del alambre (Traspiés, 2004), el cual, por cierto, se integra ahora en La novia de King Kong (Berenice, 2010), con el que se ha hecho con el Premio Andalucía Joven de Narrativa. Al igual que sucedía con uno de los últimos ganadores del certamen, Braulio Ortiz Poole, la disposición de la obra de Mena es también algo atípica, pues se organiza como un conjunto de micorrelatos subdividido por grupos temáticos que abarcan algunos de los temás más afines al autor: el thriller, el cómic, los videojuegos, el circo, los cuentos infantiles, el cine, la mitología, la literatura medieval, los clásicos... Como suele suceder en estos casos, no todas las piezas están a la misma altura, pero en su gran mayoría consiguen atrapar al lector con su poder evocador, humorístico o su entramado referencial que remite a universos culturales facilmente reconocibles. Mena es un valor a seguir.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Arte menor


El presente libro cumple las dos máximas para ser considerado un libro clandestino o directamente invisible. Por un lado, aborda un género tan escasamente popular como el aforismo, y por otro, está publicado por una editorial, La Veleta, que suele pasar casi siempre de puntillas por las librerías, en ese tercer escalón donde también pernoctan los Pre-Textos, los Candaya, los Caballo de Troya o Periférica, casi todas, como se observa, titulares de un nombre bastante apropiado para empresas imposibles o para pasar desapercibido en el magma de novedades de editoriales de relumbrón. Y ya no incluyo en el mismo grupo a las Impedimenta, Acantilado, Salto de Página o Libros del Asteroide, porque sus ventas y su acrecentado prestigio las han aupado poco a poco a ese segundo escalón que el librero, incluso a veces el de las grandes superficies, se encarga de mimar con un espacio propio en las estanterías.
Minoría absoluta connota en su ocurrente juego de palabras un doble sentido: aborda un género menor -el más minúsculo posible, de hecho, en cuanto a extensión- y va dirigido a una minoría, aún más menor que la de los lectores de poesía, que se mostrará henchida de alegría al enterarse de su existencia y, sobre todo, al comprobar tras su lectura que estamos ante un libro que, definitivamente, no debería pasar desapercibido por mucho que nazca sentenciado.
No voy a trazar aquí una historia del aforismo, que Gómez de la Serna afincó para sí como greguería, y que el autor de este libro, Enrique Baltanás, prefiere llamar volatería; pero sí mostrar mi entusiasmo por uno de los géneros más difíciles de llevar a la práctica -contar una historia, aunque las más una ocurrencia, en el breve espacio de una línea, cinco a lo sumo- y que ha contado en su amplia trayectoria con ejercitantes tan ilustres como Canetti, Schopenhauer o Leopardi.
Baltanás pasa a engrosar con honores la nómina de escritores que ocasionalmente abrillantan con su talento este arte decididamente menor, como Andrés Neuman, Lorenzo Oliván -en mi cabecera siempre estará El mundo hecho pedazos (Pre-Textos, 1999)-, Hipólito G. Navarro o Luis Manuel Ruiz en su nuevo y excelente proyecto bloggero. Dividido por temas, que oscilan entre lo filosófico y lo más prosaico, Minoría absoluta es un derroche de talento en pinceladas sueltas, brochazos de genialidad disueltos sin prisa pero sin pausa en el collage de la vida diaria. Aunque no todas las piezas estén a la misma altura -es imposible pedirle eso a un libro de aforismos-, el nivel es elevado y, a lo largo de este viaje de volaterías y ocurrencias varias, nos encontramos con perlas tan afortunadas como estas: "El segundero va por delante. Pero sin dejar de ser segundo", "Las máximas poseen la propiedad de preservar el pensamiento bajo mínimos", o "Desde la ventanilla del tren, no nos extraña que el mundo huya de nosotros". Y no desvelo más para no escatimar el hallazgo a esa minoría que sepa apreciar -después de encontrarlo en la librería, claro está- el trabajo que hay detrás de esa "sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte" (R.A.E. dixit).

miércoles, 21 de abril de 2010

Dos ideas para celebrar el Día del Libro

Sin menospreciar la lectura pública del Quijote, la entrega de claveles, exposiciones y demás, aquí os propongo dos formas diferentes de vivir el Día del Libro. La primera incide más en el espíritu creador que anida en el letraherido. Tendrá lugar en el Jardín Botánico de Madrid y recupera una idea que vio la luz en el lejano 1923. Su nombre no puede ser más evocador e intrigante: el III Silencio por Mallarmé

La segunda propuesta es un microrrelato del siempre a reivindicar Norberto Luis Romero. Para el que se quede con ganas de más, en la web del escritor encontrará una bibliografía digna de mejor distribución. Os dejo con él. Que ustedes lo lean bien.

viernes, 29 de enero de 2010

Sesión doble

Mi silencio se ha prolongado varios días debido a un despiadado virus informático que aún trato de erradicar. ¡Malditos troyanos! Entretanto, transcribo brevemente mi entusiasmo por mis dos últimas lecturas:

Diario (Helene Berr), Anagrama. Un conmovedor relato de una estudiante judía parisina encerrada en Bergen-Belsen con poco más de 20 años. Su diario, interrumpido por algunos meses debido a las circunstancias, ha sido sacado a la luz por su sobrina Mariette tras ser legado al Memorial del Holocausto de la capital francesa. La edición de Anagrama incluye un breve epílogo de la heredera y un prefacio del escritor Patrick Modiano. Enamorada de los poemas de Keats, lectora voraz y contumaz estudiante de la Sorbona a pesar de los muchos impedimentos, Berr traza un testimonio desgarrador que auna a un tiempo sabiduría, perspicacia y sentimientos a flor de piel. De obligada lectura.




Letras minúsculas y coda (Antonio Reyes), Alfar. Apasionado de la cultura marroquí, viajero incansable y gestor cultural de enorme espíritu solidario, Antonio Reyes es un excelente editor con varias colecciones de relatos y poemas de autores marroquíes a sus espaldas, pero también un brillante narrador que aquí refrenda con una estupenda colección de microcuentos donde hay de todo, desde el chispazo humorístico a la parodia política, de la ternura de las relaciones de pareja a los homenajes confesados. Como colofón, una coda que también homenajea en tres historias paralelas al gran Juan Gelman. Como todos los buenos microrrelatos, una lectura ideal para los tiempos de espera o esos viajes cortos tan caros a los tiempos que corren.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Un centenar de pequeñas joyas


Para muchos lectores de novelas (la gran mayoría), ensayo o poesía, el nombre de Ángel Olgoso seguramente no les dirá nada. Pero para la no muy abultada -aunque persistente- cofradía de los lectores de cuentos, se ha convertido en casi una institución a la que venerar con cada libro que publica. Granadino del 61, ha publicado ocho libros de cuentos; con el anterior, Los demonios del lugar (Almuzara), ganador del I Premio Internacional de Relatos de Terror Villa de Maracena, su nombre emergió ligeramente del anonimato al ser elegido libro del año por La Clave y Literaturas.com y quedar finalista del Premio Andalucía de la Crítica, en cuya selección anual se hace raro que aparezca un libro de relatos.

Páginas de Espuma, que sigue empeñada en completar un catálogo propio de cada vez más quilates, ha dado a la imprenta lo último de Olgoso, un libro de cien microrrelatos de título inquietante, La máquina de languidecer, y no menos sugerente portada. El contenido no les decepcionará. Moviéndose entre el relato de dos líneas y el de página y media, Olgoso ha confeccionado un verdadero catálogo de torturas tangibles, donde lo macabro, un feroz romanticismo, el juego metaliterario -memorable el dedicado, por ejemplo, a Kafka-, las referencias culturales, lo onírico y una prosa de cuidada factura donde no sobre un adjetivo juegan un papel determinante. La plasticidad de las imágenes que ofrece, su querencia por el final sorprendente y esclarecedor, su habilidad para escoger los títulos -una suerte también de microrrelatos en sí mismos- y lo que me atrevo a llamar la porosidad barroca que desprende su prosa, son ya una invitación permanente a la relectura. Si a ello añadimos que la ironía y el humor consiguen filtrarse por el fascinante universo de sus cuentos, sólo nos queda reconocer que la de Olgoso es una de las colecciones de relatos más importantes del año que acaba. Como muestra, un botón: "Nos dimos la mano impulsivamente. La suya -un objeto mustio y de tacto desagradable- apenas latía cuando, de regreso, casi al anochecer, corría a guardarla en la fresquera" (Intercambio).