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lunes, 28 de abril de 2014

The Reader´s Diary (XXXI)

A falta de encarar la última entrega de las aventuras de Bernie Gunther -Un hombre sin aliento (RBA, 2014)-, puedo certificar que Praga mortal (RBA, 2012) es una de las mejores de la serie. Ambientada en buena parte en la hoy tan turística ciudad natal del protagonista y entonces difícil y resistente sede del imperio nazi, la novela discurre continuamente por el filo de las dobles verdades, los engaños y las traiciones que despistan incluso a un detective tan de vuelta de todo como el bueno de Gunther, de quien, como es habitual, afloran aquí sombríos retazos de su pasado. Como ya nos tiene acostumbrados, Kerr se infiltra con un dominio magistral en las altas esferas del Tercer Reich, dibujando retratos acerados hasta del monigote más bajo en el escalafón de su compleja estructura de mando. Escenas tan desasosegantes como la de la tortura final merecerían un hueco de honor entre las mejores páginas de la serie.
Algo tarde he afrontado también la lectura de la novela finalista del Herralde del pasado año. Intento de escapada (Anagrama, 2013), de Miguel Ángel Hernández, demuestra ante todo que el autor conoce bien el tema que pisa: las veleidades y tejemanejes del arte contemporáneo. La novela está presidida en todo momento por la duda moral de si todo es válido desde el punto de vista artístico al colocar en lugar preferente de la acción a un artista especializado en instalaciones y happenings al límite de lo legal. En un plano similar al del lector se sitúa el protagonista, un joven universitario que hace de cicerón del artista al tiempo que inicia un aprendizaje a marchas forzadas de su dudoso futuro mundo laboral y de ciertas formas de amor llevadas igualmente al límite. Y quizá sea eso lo que lastra un tanto la novela, ya que la óptica del joven arrastra una escritura que roza lo pueril, quitándole fuerza a los hechos narrados.
Un joven universitario es también el protagonista de la tercera novela del poeta Luis García Montero, Alguien dice tu nombre (Alfaguara, 2014), novela de iniciación sexual que retoma un tema que se ha convertido ya en una especie de subgénero en literatura y cine: la relación apasionada entre el joven y la mujer madura. El autor de No me cuentes tu vida sitúa la acción no en la Granada de su propia juventud, sino en la de veinte años atrás, la de los sesenta, todavía enfangada de un franquismo otoñal y de un reaccionarismo algo apelmazado. A pesar de que no aporte ningún elemento original, la novela se lee con agrado por la siempre bien elaborada prosa de LGM y la inesperada vuelta de tuerca final.
Precisamente un compañero de espadas en esa Granada posterior de la transición democrática, Álvaro Salvador, nos regala un librito de aforismos, La vida no te espera -Renacimiento, 2014-
, esos que él define en su prólogo como un "verdadero canto a la pereza". Tendremos que darle la razón, ya que buena parte de ellos no parecen muy trabajados y caen en la obviedad o el laconismo sin chispa. No obstante, algunos descuellan con ese fulgor que se echa de menos en el volumen: "Quienes se preocupan constantemente por alcanzar la felicidad, se pierden la vida" o "No quiero llegar a ser un museo de mí mismo". Quizá lo más original de este batiburrillo de pensamientos sea la idea del autor de repescar frases de películas, pintadas u objetos personales dignos de convertirse en literatura, que a fin de cuentas es lo que cuenta. 

miércoles, 23 de enero de 2013

Levedad

¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo? ¿Somos los que fuimos o los que seremos? En una presentación reciente, y con su claridad y elocuencia habituales, Luis García Montero dijo que somos una permanente conversación con nosotros mismos y con la realidad circundante. Lejos del imperativo "yo soy", surgen las dudas ya que nuestra identidad fluctúa con el tiempo, enriqueciéndose con las emociones, los sentimientos y, por supuesto, los pensamientos. A veces somos extraños para nosotros mismos y el espejo nos lo confirma, un símbolo, como el de la niebla, al que Felipe Benítez Reyes recurre en su último poemario para definir nuestra volubilidad. Congruente con toda su obra anterior, el roteño indaga y reflexiona sobre esenciales cuestiones metafísicas, compartiendo con el lector su desconcierto ante la fugacidad y levedad del ser (o no ser).
Felipe divide sus Identidades (Visor, 2013) en tres bloques, uno primero, titulado "Los protocolos inversos"- algo más abstracto, en el que se introduce de lleno en la tesis propuesta, logrando algunos poemas sublimes, como el de apertura -Inacción de gracias- o el titulado Son de insomnio, en el que recurre a la canción, casi a la nana infantil, para conseguir el efecto deseado; el segundo, "Actualidades y símbolos al paso", parece concebido más como un cajón de sastre en el que tienen cabida las estampas de viajes, los homenajes literarios -magnífico el de la Lisboa de Pessoa- y también, algo poco habitual en la poesía de Benítez Reyes, sí más en sus irónicos artículos, varios poemas sobre la actualidad, como los dedicados al dinero y la crisis, a la familia real y al naufragio de una patera. Por último, el tercero, "Entre sombras y bosquejos", nos recuerda más al tono de su emblemático El equipaje abierto, derivando hacia la nostalgia por el pasado -conmovedor el titulado Atlas geográfico universal, 1972- y a la incertidumbre sobre lo que nos espera, actuando a modo de resumen del tema abordado, y que encuentra su expresión mayor en el poema que da título al libro y en versos tan definitivos como éste: "Eres ese temblor que va contigo / Eres el mismo, en fin, que nunca fuiste". Las identidades no serán una muesca más en la trayectoria poética de Felipe, sino una especie de súmmum o tótem literario, a partir del cual, y como se ha encargado de repetir el autor en conferencias y entrevistas, habrá que crear algo distinto, un paisaje nuevo como el que contemplaremos mañana, esta noche, ahora mismo.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cervantes en Sanlúcar

La consecución del último Premio Cervantes por parte de José Manuel Caballero Bonald ha sido una satisfacción para muchos de los que los conocemos desde hace años. Sabido es que Pepe es un enamorado del paisaje sanluqueño y de la inigualable visión que ofrece de Doñana. En su día tuve oportunidad de entrevistarle en su chalé de Montijo para el suplemento cultural Mosaico que entonces capitaneaba junto a mi hermano Félix J. Meses después lo hice de nuevo para La Ronda del Libro, el periódico literario de la Feria del Libro de Cádiz que dirigió mientras fue posible el bueno de José Manuel Benítez Ariza. Caballero Bonald estaba en plena efervescencia literaria. Acababa de publicar Diario de Argónida y estaba metido de lleno en la redacción de su segundo tomo de memorias, La costumbre de vivir; por si fuera poco, su Fundación en Jerez era casi una realidad. Permitidme retroceder en el tiempo y transcribir algunos fragmentos de ambas conversaciones:

"Las primeras novelas de García Márquez y de Vargas Llosa eran ejemplares y poco a poco -sobre todo Vargas Llosa a partir de La tía Julia y el escribidor- han ido en decadencia franca: Los cuadernos de don Rigoberto no me gusta nada y tampoco Noticia de un secuestro. Creo que esos novelistas han ido decreciendo, desmereciendo de su obra anterior, y otros no existieron nunca. Pero estas son opiniones personales: yo ya tengo mucha edad para callarme. Por ejemplo, Ernesto Sábato me parece un escritor hinchado por no sé qué razones en España: alguna vez he dicho que me parece un apocalíptico en versión rioplatense. No me interesa, como tampoco Cabrera Infante, que es un especialista en juegos de palabras. Los grandes maestros novelísticos para mí han sido Rulfo, Carpentier y Onetti, y los tres, incomparables en el siglo XX español, que enlazan con Valle Inclán, ya están muertos. Los novelistas del ´boom´ o han muerto o van declinando".

"Sigo siendo crítico con Jerez. Lo que pasa es que yo criticaba un Jerez que ya no existe: el Jerez de mis novelas es el de hace treinta o cuarenta años, el del franquismo, donde las grandes familias bodegueras eran todavía omnipotentes. La propia dinámica de la historia ha hecho cambiar estas familias. Pero cuando hay cosas que no me gustan en Jerez, lo sigo diciendo tanto en mi obra como en las conversaciones. Lo de la Fundación me halaga, porque tendré un sitio para depositar mi archivo documental: fotografías, papeles, correspondencia... Además, a través de ellas se canalizará toda la actividad cultural de Jerez, tanto en el terreno de exposiciones de pintura como en conciertos de música o ciclos de conferencias y seminarios. Además me han dicho indirectamente que van a comprar la casa donde nací -el nº 17 de la calle Caballeros, que derribaron para construir un banco y que hoy es una oficina de agricultura de la Junta- para que sea la sede de la Fundación, y eso me parece casi un sueño".

"A lo mejor me he excedido en ciertas cosas, y esos excesos hoy no los hubiera cometido. Pero son cosas muy íntimas. En general, estoy contento con lo que he hecho y volvería a hacer muchas cosas otra vez. Uno se equivoca y tropieza con la misma piedra muchas veces. Además, es mejor que se equivoque solo a que lo haga a través de consejos ajenos".


"Hay gente joven que viene muy bien dispuesta, que escribe bien, y que si se olvida de ciertos manejos e incitaciones comerciales impuestas por la moda (hacer una novela realista de éxito fácil, directo e inmediato) y de la desmedida ambición de ingresar de inmediato en las nóminas de los libros más vendidos, y recapacitan, saldrán adelante con éxito. Citaría a Felipe Benítez Reyes, Juan Manuel de Prada, Antonio Soler, Juan Bonilla o a ese gran prosista que es Luis García Montero, siempre oculto por su poesía. Pero también he dicho que para mí los grandes artistas del idioma actual son prácticamente desconocidos para el gran público y la gente casi no habla de ellos. Siempre pongo el máximo ejemplo de Manuel de Lope".

sábado, 17 de noviembre de 2012

The reader´s diary (XIII)

Una opinión generalizada contenida en el imaginario común dice que la vida de los artistas de cine suele tener argumentos suficientes para su propia película o para una novela. Tendemos a pensar que los actores y actrices están obligados a vivir una vida desenfrenada y pródiga en relaciones amorosas, accidentes, depresiones, pasajes oscuros, cocktails y mansiones fastuosas. La vida de Adolph Marx -Harpo habla (Seix Barral, 2010)-, conocido para la posteridad con el apodo de Harpo, responde como un guante a ese concepto. Nacido en una humilde familia numerosa en la que la fuerza vital de los padres era el bastión que sostenía los muchos reveses, Harpo se permite por fin poner voz a una trayectoria vital asombrosa, en la que se codeó con las mayores personalidades culturales de su época tras sufrir un largo y poco agradecido peregrinaje por teatros de mala muerte o incluso clubs de alterne de dudosa reputación tocando al piano las pocas piezas que sabía. Haciendo gala de una sencillez y una humanidad asombrosas, Harpo nunca tuerce el gesto para contar historias a cual más hilarante y episodios románticos como el largo noviazgo con la que sería su mujer. Una coda de su propio hijo y un entrañable prólogo de Elvira Lindo completan un volumen imprescindible para añadir a la bibliografía sobre los hermanos más "marxianos" de la historia del séptimo arte.
Creo que en algún momento Harpo menciona su trabajo en un circo, aunque éste no fuera el Barnum. Aparece ahora en castellano uno de los primeros -si no el primero- libros sobre el empresario circense Phineas Taylor Barnum (1810-1891), promotor de una de las aventuras más curiosas del mundo del espectáculo: un circo itinerante que reunía los llamados "fenómenos de feria" o seres que por su deformidad o rareza connatural actuaban como reclamo comercial para asombro de miles de espectadores. Precursor de muchas técnicas publicitarias y de un primitivo merchandising, Barnum trató de ofrecer al público lo que pedía, lo que nunca imaginó poder ver sobre una pista de circo. Muchos artistas de diferentes disciplinas se inspiraron en sus creaciones para dar a luz algunas de sus obras maestras, caso de Freaks (La parada de los monstruos) (Tod Browning, 1932) o El hombre elefante (David Lynch, 1980). Con una concepción muy básica, destinada a cubrir una laguna bibliográfica con los principales acontecimientos de su vida, Marc-Pierre Dylan -Freaks. La historia del circo Barnum (Nowtilus, 201)- se aproxima a una figura que ya es un icono en la cultura estadounidense.

Figura de sombra alargada fue también la de nuestro poeta Ángel González. A él le dedicó Luis García Montero su primera y conmovedora novela, Mañana no será lo que dios quiera (Alfaguara, 2009) y, aunque con otro nombre, Ángel vuelve a aparecer a ráfagas en No me cuentes tu vida (Planeta, 2012), como protagonista de un libro en el que trabaja el narrador, trasunto del propio escritor granadino. Sin embargo, el asunto principal es aquí bien distinto, pues la linealidad de la historia pierde fuerza en favor de la reflexión sobre los problemas generacionales entre padres e hijos, la dificultad de asumir las culpas y errores, y la confrontación entre pasado y presente. Con el telón de fondo de la historia de una relación que acaba en boda, García Montero ejecuta en la novela digresiones de diverso calado amueblando esa casa vacía que siempre deja un hijo que crece. La autobiografía y el ensayo se funden de este modo en un intenso retrato de familia.

domingo, 30 de septiembre de 2012

The reader´s diary (XII)

¿Qué lector no ha tenido alguna vez la sensación de déjà vu, de haber leído antes lo mismo que está frente a sus narices, aunque sea expresado de otro modo? La literatura, el cine, la música y, en general, todas las disciplinas artísticas creativas coquetean por sistema con esa borrosa franja que separa el plagio del homenaje, la revisión de la copia más descarada. En su libro El plagio como una de las bellas artes (Ediciones B, 2012), Manuel Francisco Reina, con amenidad y abundancia de ejemplos y casos prácticos, nos recuerda que el plagio es consustancial al hecho literario y ha existido ya desde las primeras culturas clásicas, ejecutado incluso por autores de renombre que quisieron darle una nueva vuelta de tuerca a lo ya escrito. Reina, que incluso dedica un capítulo a las cuestiones puramente legales recogidas en la juridiscción española, va repasando casos célebres y menos conocidos de la historia de la literatura hasta llegar a la actualidad más reciente con los affaires de Cela, Ana Rosa Quintana o Bryce Echenique, metiendo el dedo en la llaga con conocimiento de causa.
En un tono muy distinto, recurriendo a los textos breves en los que ya ha dado sobradas muestras de su maestría, se expresa el poeta Luis García Montero en Una forma de resistencia (Alfaguara, 2012). Objetos cotidianos de la casa y el entorno del escritor cobran vida a través de los paisajes de la memoria para ofrecer una lectura insólita plagada de pequeños detalles, imágenes sugerentes y alusiones personales que van dibujando a carboncillo la figura del poeta, su forma de pensar y comportarse, su familia, sus actitudes... hasta que asoma, en fin, su más tierna humanidad, ese lado sensible que nos araña el alma y que sólo parece alcanzarse apelando a los recuerdos y la nostalgia. Cualquier cosa le sirve a García Montero para iniciar esos viajes astrales al pasado: una silla, una corbata, un espejo, una pluma, un armario. Todos ellos nos conocen aunque a veces no reparemos en ello. De Una forma de resistencia sale uno con pocas ganas de resistir la espera de esa segunda novela del poeta, anunciada en alguna entrevista.


Y es que cuando uno adora a un escritor, cuando forma parte de su aprendizaje vital y literario, parte, por tanto, de uno mismo, no puede por menos que acudir a los lugares donde estuvo o visitar su última morada. Al igual que Cees Nooteboom, no puedo evitar visitar una ciudad sin despedirme simbólicamente de un escritor al que me he sentido íntimamente unido en algún momento. La tarea muchas veces es ardua y exige infinidad de paciencia en tus compañeros de viaje, pero casi siempre compensa, aunque a veces la tumba en cuestión -como la de Juan Ramón en Moguer- yazca en la desidia y la dejadez. Puede que en algún momento me dedique a escribir un ensayo parecido a Tumbas de poetas y pensadores (DeBolsillo, 2009), resultado de un peregrinaje en busca si no del alma, al menos de la huella de un espíritu que siempre tenemos presente en algún verso, en alguna frase memorable. Oremos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Completamente viernes con García Montero


El pasado viernes tuvimos la suerte de contar con Luis García Montero en el jardín de Caballeros, 36, para presentar su libro Mañana no será lo quie Dios quiera. El tiempo fue clemente y nos brindó una noche sin lluvia y no demasiado fría en ese mágico espacio escogido por la Librería Luna Nueva. Le acompañamos en la mesa un servidor y el poeta -aún inédito, pero seguro que por poco tiempo- Antonio Núñez, atento lector de la obra del autor granadino desde sus inicios. Tras su emotiva introducción, y sin un papel delante, García Montero desgranó los pormenores de gestación de su sentido homenaje narrativo a Ángel González. Nos adelantó asimismo que trabaja en un nuevo libro de poemas y que la agradable experiencia de su casi debut novelístico -recordemos que escribió Impares, fila 13, con Felipe Benítez Reyes-, premiada ahora con el premio al Libro del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, y que ya va por la tercera edición, le ha animado a una nueva incursión narrativa de la que quizá pronto tengamos noticias.

martes, 3 de noviembre de 2009

Puesta al día


Es obligado comenzar con Francisco Ayala, una de nuestras instituciones literarias que continuaba con vida y esforzándose por aparecer en congresos en torno a su figura. Precisamente, mis recuerdos sobre su persona se remontan a principios de los 90 cuando acudió a la Facultad de Ciencias de la Información de Sevilla, entonces en la casona de Gonzalo Bilbao, para intervenir en un ciclo de conferencias sobre su obra. Aún conservo el díptico del ciclo, celebrado del 22 al 24 de febrero de 1994 con ocasión de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Sevilla. Recuerdo que la sala era pequeña y alargada, nada ver con lo que allí se decía, enorme en contenido y demasiado breve en su extensión. Hablaron Manuel Ángel Vázquez Medel, Rafael de Cózar, Antonio Sánchez Trigueros, Luis García Montero, Carolyn Richmond, Luis Goytisolo y, por supuesto, el propio Ayala, que respondió amablemente a todas las preguntas de los estudiantes. Sólo un año después, el propio Vázquez Medel, experto en la obra ayaliana, organizó un nuevo ciclo sobre el maestro, en esta ocasión centrado en su relación con las vanguardias. Y ahí se pierde mi último recuerdo de Ayala, en la evocación de Indagación del cinema, una obra extraordinariamente lúcida sobre un arte que acababa de empezar a hablar escrita con poco más de veinte años. Descanse en paz.

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¡Padrino, búfalo! Sí, ya sé que López Vázquez intervino en películas de mayor enjundia como Plácido, Atraco a las tres, El cochecito o El jardín de las delicias, pero mi infancia estará siempre ligada a ese cariñoso apelativo con que le obsequiaban los vástagos de la nutrida familia de la saga de Pedro Lazaga. López Vázquez fue uno de esos actores, aunque no tanto como Alfredo Landa, que quedaron "clicheados" -si se me permite la expresión-, varados en ese personaje baboso, siempre salido y typical spanish que retozaba alegre entre la jamonería sueca de importación. Sin embargo, cuando a López Vázquez le daban un papel de rompe y rasga, se salía. ¿Quién no recuerda su interpretación en La cabina, por ejemplo? Es lo que tiene la historia del cine español, largas décadas obligado al pluriempleo, a los papeles de gracioso algo sainetesco. Si nos fijamos bien, algo parecido está pasando ahora con las series de televisión, donde el talento de muchos actores prefiere naufragar en aguas conocidas y ricas en sal antes que farandulear por ambientes teatrales o cambiar su imagen en una película de qualité. Afortunadamente, López Vázquez sí se atrevió y tuvimos la suerte de disfrutarlo a ratos.

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Millenium II o ¿por qué no llega más cine sueco a nuestras pantallas? Tampoco hay que sacar los pies del plato. La cinta de Daniel Alfredson no es una maravilla, pero lo mejor que se puede decir de ella, que no es poco, es que está a la altura de la novela de Larsson. Es cierto que algunos personajes apenas están esbozados, como Sonja Modig o el inspector Bublanski, o que algunas cosas están cambiadas -por ejemplo, en la película, Blomvquist, más torpón y lento de reflejos que en la novela, no se preocupa siquiera en adivinar la clave de seguridad del apartamento de Salander-, pero el vigor se mantiene, los actores están bien escogidos, ese clima gélido y angustioso se transmite, las escenas de acción no tienen nada que envidiar a Hollywood... En fin, que esperamos con impaciencia la tercera.
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Amenábar es un buscador de historias, buscador en todos los sentidos, es un hombre que "googlea" continuamente hasta completar el puzzle que tiene en mente. Después de ver Agora, confirmo que es un tipo con talento. A pesar de unos inicios un tanto dubitativos, la película coge fuerza a mitad de la trama y gana enteros en un final impresionante. Se le pueden discutir muchas cosas, como ese afán grandilocuente, ese empeño en elevar los pensamientos de Hipatia hacia el cielo -literalmente- buscando una conexión demasiado evidente, o una excesiva caricaturización en la descripción de las facciones religiosas de la época. Sin embargo, lo que podría parece a priori su apuesta más convencional, la doble historia de amor, es lo que infunde aliento y poesía a una historia que facilmente podría habérsele escapado de las manos.

sábado, 18 de julio de 2009

Un ángel en mi mesa


Hubo una vez un chico llamado Ángel González Muñiz, huérfano de padre, con un hermano asesinado por los falangistas, una hermana que sufrió sus represalias en su trabajo y una madre abnegada que luchó lo indecible por el porvenir de todos ellos. Contada así, la historia de este libro, que no es una biografía al uso ni una novela convencional, podría parecer sencilla, pero en realidad es todo lo contrario. Desde el cariño de una amistad de muchos años y el respeto hacia uno de sus maestros, García Montero -a quien no le gusta mucho prodigarse por los territorios de la narrativa pese a sus notables aciertos- ha hilvanado un retrato tierno escrito en compañía del fantasma cercano de Ángel González, con quien dialoga como si éste último estuviera leyendo lo que el primero va escribiendo en lo que es todo un acierto, un original planteamiento que encuentra correspondencia en los fantasmas del padre y abuelo del niño Ángel, que se le aparecen en momentos claves de su vida. Una vida, por otro lado, y por voluntad expresa del fallecido, que se detiene cuando el autor de Nada grave se traslada a Madrid para ganarse la vida como periodista a principios de los 50.

De este modo, el enorme poeta que es Luis García Montero se desmelena entrando a saco en la prosa poética, en largos párrafos de enumeraciones que beben de la nostalgia, de los tiempos duros de la guerra y las tragedias más cercanas, logrando una cadencia casi musical donde los datos van cayendo en el mullido colchón de un aguafuerte sentimental que parece más improvisado de lo que es. Para no ser un narrador, los recursos de García Montero son poderosos: le gusta perderse en personajes secundarios, dando a entender que muchos de ellos podrían tener su propia historia encuadernada como la de Ángel, juega siempre con la ironía sin demorarse en unos ataques ideológicos que podrían haberle perdido, y va adelante y atrás en el tiempo según la narración lo exija. Tomado de unos versos de Ángel González, este título es una invitación al recuerdo, a entrar al trapo en una infancia y juventud difíciles, de las que marcan al hombre posterior. Sé que García Montero ha escrito esta novela-biografía porque se la debía a Ángel, pero quizá debería plantearse que los buenos lectores también tenemos derecho a que se prodigue más y sin condiciones de ningún tipo.