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miércoles, 11 de marzo de 2020

Películas desaparecidas o no localizadas (VII)

Rodada entre febrero y marzo de 1936 en los estudios Lepanto de Barcelona, El amor gitano estaba producida por Alianza Cinematográfica Española, la delegación española de la UFA de Berlín. La prensa de la época la anunció a bombo y platillo como "la película de las siete estrellas", ya que su elenco protagonista representaba a muy variados registros artísticos: Mapy Cortés y Maruja Sanchiz a la revista moderna, Rodolfo Blanca a la zarzuela, Porfiria Sanchiz y Fernando Cortés a la alta comedia, "Guerrita" al flamenco, y Lolita Sotomayor y "La Yankee" a las variedades. Si las enumeramos, es fácil comprobar que las estrellas fueron finalmente ocho.

Esta fue la única ocasión en que coincidieron en una película las hermanas Porfiria y Maruja. El inminente estallido de la guerra civil y el posterior abandono de su carrera artística por parte de Maruja impidieron que se pudieran encontrar de nuevo sobre un escenario o un plató. El amor gitano fue la tercera y última película del director mejicano Alfonso Benavides y, al igual que sucedió con otras películas de ese periodo inmediatamente anterior al conflicto bélico, fue maltratada por la historia, cargando para siempre con la etíqueta de maldita. De hecho, su estreno se retrasó al 4 de abril de 1937 en el cine Rialto de la capital, pasando sin pena ni gloria debido a las circunstancias especiales del momento.

Lo poco que sabemos de ella es fruto de las escasas críticas o comentarios conservados en la prensa. Estos dan cuenta de un acaramelado baile entre Maruja y el actor Fernando Cortés y de una visión bastante benévola hacia la raza gitana en contraposición al de los "payos", que salen bastante malparados, cuestión esta que ha hecho que algún historiador muestre su extrañeza al hecho de que una productora ligada al régimen nazi diera vía libre a este argumento.

Curiosidades aparte, el filme no salió nada bien parado: "(...) en Amor gitano no hay gitanos ni amor, porque el argumento, aparte de ser ñoño e insípido, carece de continuidad, porque en el film no hay ambiente, todos los personajes son falsos, están fuera de situación, e incluso cuando quiere imitar a las revistas musicales que todos hemos visto, realiza un ´ballet´ en que las figuras parece que hacen gimnasia sueca. Mi querido amigo, el cine no es eso. Y si usted ha querido reflejar en su película el ambiente andaluz, ha fracasado en toda la línea. Andalucía no es así; ni los gitanos tampoco (...)" (La Vanguardia, 27-10-1936).



jueves, 19 de septiembre de 2019

Películas desaparecidas o no localizadas (V)

Usted tiene ojos de mujer fatal fue la segunda adaptación al cine de una obra del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela, un autor muy querido por el cine, ya que sus textos sirvieron de base argumental para dieciséis películas. De hecho, Usted tiene ojos de mujer fatal, dirigida por Juan Parellada y basada en la propia novela del autor Pero... ¿alguna vez hubo once mil vírgenes?, conocería dos versiones posteriores, una de Ramón Peón en 1945 y otra de José María Elorrieta en 1962.

Junto a El amor gitano y Los claveles compone el terceto de filmes desaparecidos de Porfiria Sanchiz antes del estallido de la guerra civil. Aunque su rodaje transcurrió entre los meses de abril y mayo de 1936 en los estudios Lepanto de Barcelona con exteriores en Sitges, la película no pudo ser terminada antes del conflicto, lapidando sus posibilidades de éxito y retrasándose su estreno en la capital de España hasta el 21 de septiembre de 1939. Una de las anécdotas del rodaje fue la visita al set del dramaturgo Jacinto Benavente.

En la película Porfiria interpreta el personaje de Francisca Montánchez, ausente de la novela original, una joven enamorada, como casi todas, del apuesto Sergio, un seductor aparentemente indomable. Para tratar de conquistarle se ofrece a ocupar el puesto vacante de su secretaria. Pero viendo lo infructuoso de su empeño, decide prometerse con Indalecio, el chófer de Sergio, un tanguista argentino aprendiz de seductor que la trata con malos modos.


 En el blog especializado Jardiel en el recuerdo retratan de este modo a su personaje: "Francisca Montánchez es una mujer esbelta, de edad indecisa, elegante y con aire dramático. Natural de Albacete, es algo histérica, y ha nacido para llorar, según dice. Cada vez que hace alguna exclamación invoca a algún santo o alguna virgen".
























viernes, 16 de agosto de 2019

Carlos Saura y Porfiria Sanchiz



En el último tramo de su carrera Porfiria Sanchiz fue reclutada por varios de los más significativos exponentes del llamado Nuevo Cine Español, paliando de algún modo el olvido al que había sido relegada y que la habían obligado a participar en filmes de serie B o rarezas que no estaban a la altura del talento de la actriz. 

Uno de ellos fue el oscense Carlos Saura (1932), quien la llamó para intervenir en dos películas de su primera etapa, Stress es tres, tres (1968) y El jardín de las delicias (1970). En la primera interpreta a Matilde, la tía de Fernando (Fernando Cebrián), una mujer que vive en una casa solitaria en medio del campo y una abnegada defensora de las tradiciones. De hecho, es presentada al espectador totalmente vestida de negro y arrodillada sobre un lecho de piedras rezando. 

El propio director aclaró sus intenciones sobre el personaje: "Lo de la vieja sobre las piedras no es nada excepcional, al menos para mí. Es algo que yo he visto. Tenía una tía que lo hacía, era una beata un poco histérica, con un sentido de la religión de flagelación, autopunitivo. O sea tampoco es tan anormal dentro de un sistema educativo religioso y de vivir aislada en una finca como esa" (citado en BRASÓ, Enrique: Carlos Saura, Madrid, Taller de Ediciones Josefina Betancour, 1974, p. 211). 

Más llamativa fue aún su segunda colaboración con el realizador aragonés, ya que Saura eligió a Porfiria exclusivamente por su voz para una escena en la que tenía que recitar el poema "La marcha triunfal" de Rubén Darío, mientras sobre una pantalla aparecían imágenes del ejército nacional entrando en Madrid durante la guerra civil. Se trataba de otra de las estratagemas urdidas por la familia del amnésico Antonio (José Luis López Vázquez) para que recuperara la memoria y revelara las claves del negocio, sobre todo la de la caja fuerte y la cuenta bancaria en Suiza. Recordando escenas del pasado lo más fidedignamente posible, apelando a sonidos, olores y sentimientos, se trataba de conseguir que Antonio fuera conectando con su memoria personal. 



Para ello, la furiosa pero al mismo tiempo elegante voz de Porfiria parecía idónea. De hecho, en el libro citado anteriormente, Saura manifestó su intención de lograr un recitado al estilo de Berta Singerman, célebre actriz rusa nacionalizada argentina considerada la primera y única recitadora profesional americana especializada en interpretar a los más importantes autores de la poesía castellana.



miércoles, 5 de junio de 2019

Películas desaparecidas o no localizadas (III)

Senda ignorada (1946) fue el debut en la dirección de José Antonio Nieves Conde (1911-2006), tras ejercer como periodista en publicaciones como Pueblo y Primer Plano, y curtirse previamente en el oficio como guionista y ayudante de dirección en varios títulos. Rodada íntegramente en estudio, la película se ambientó en la Nueva York de la época dorada del cine negro, con un reparto que respondía a nombres norteamericanos hasta el punto de que en algunos países como Bélgica se publicitó como una producción estadounidense. El argumento se centraba en la lucha de un gánster de origen italiano por escapar de la justicia acusado de un crimen que no había cometido.

La crítica de la época valoró positivamente el esfuerzo del realizador por acercarse al estilo de las producciones más representativas de un género tan en boga, sobre todo al tratarse de una primera película: "J. A. Nieves Conde, el joven director, se atreve a situar la acción de esta nueva película española en el ambiente neoyorquino y logra dar la sensación de una producción americana en nuestro idioma. He aquí el raro mérito del plasmador" (ABC, 8-3-1947). La interpretación fue igualmente aplaudida: "El trío masculino se complementa muy bien con la distinción que Alicia Palacios da a su papel y el acertado trabajo de un extenso grupo de actores secundarios, entre los que cuentan Ricardo Merino, José María Rodero, Porfiria Sanchiz, Ramón Martorí, Nicolás Perchicot, Manuel Arbó, Dionisia de las Heras, Ángel de Andrés..." (Primer Plano nº 316, 3-11-1946).

Totalmente desaparecida, se especuló un tiempo con la posibilidad de que hubiera una copia en una filmoteca sueca pero nunca se ha confirmado. Senda ignorada fue la primera película que rodó Porfiria Sanchiz tras su celebrado papel en El escándalo (José Luis Sáenz de Heredia, 1943).


jueves, 5 de mayo de 2016

The Reader´s Diary (XLVII)

Los 80 años de Woody Allen han sido buena excusa para reeditar algunos de los mejores estudios sobre el prolífico y genial director neoyorquino, y también para pergeñar algunos títulos un tanto acomodaticios. El que hoy nos ocupa, Woody Allen, el último genio (Plaza&Janés, 2015), sólo puede entenderse de este modo, pues poco añade a la generosa bibliografía sobre el autor de Manhattan. Natalio Grueso, diplomático y amigo personal del cineasta, relata en primera persona algunas de las conversaciones y situaciones vividas con Allen en sus visitas a España, en algunas de las cuales ejerció como anfitrión. Podría pensarse que la impagable oportunidad de mantener un diálogo con el cineasta de tú a tú diera para juicios sobre algunos de sus trabajos, opiniones curiosas sobre el cine o la vida misma, o cuando menos alguna curiosidad desconocida de un rodaje o de su vida personal. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, Grueso se dedica a transitar por lugares comunes, clichés ya de sobra conocidos por los seguidores del director, sin aportar casi nada significativo sobre su vida y obra. A lo largo y ancho de un libro artificiosamente hinchado -letra grande, papel de gramaje generoso, fotos ilustrativas-, el autor se dedica a piropear al homenajeado en un tono amable que se acerca más al discurso de una cena honorífica. A pesar de no encontrar muchos motivos para la alegría, para los fanáticos del cineasta siempre es un placer regalarse los oídos -ojos en este caso- con los milagros y prodigios de su héroe.

Quizá algo excesivos sean también los honores tributados a Milena Busquets por su novela También esto pasará (Anagrama, 2014). A pesar de tratarse de un excelente trabajo, no hallo motivos para que sea considerado uno de los mejores del año ni de ese frenesí por hacerse con sus derechos de traducción antes de ser publicada. Si la comparo con otra novela reciente, El comensal, de Gabriela Ybarra, por abordar una temática de fondo parecida -la muerte de la madre y ser capaz de contarlo-, la novela de Busquets pierde a los puntos. En ambos casos, la narradora -alter ego de las autoras- hace de tripas corazón y decide echarse el dolor a los hombros en una novela intimista de alta graduación. Salir adelante es la meta. En el caso de Milena Busquets, la sombra alargada de la madre se filtra por un paisaje lleno de huidas físicas -a otros lugares, a otros cuerpos- y mentales, además de prolongarse hasta sus hijos, en los que trata de inocular un escudo protector. El lenguaje es duro, seco, sin concesiones, como si estas cosas no se pudieran contar de otro modo. La autora vacía su pesada mochila ante los ojos receptivos del lector, sin buscar compasión ni aquiescencia, sólo su papel de testigo de una tragedia que, de una forma más o menos cercana, le será conocida. Esta lenta intensa elegía in progress no tiene fisuras, pero tampoco ese armazón irreductible del que gozan las obras maestras.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

The Reader´s Diary (XLVI)

Entre el más de centenar de obras que se publican al año en nuestro país de temática exclusivamente cinematográfica menudean las biografías, los estudios sobre directores, las obras que apenas rebasan el estadio de la curiosidad y los inefables volúmenes donde predomina lo visual, ya se trate de abordar éxitos recientes como apoyo de merchandising o la historia del cine a través de sus títulos más clásicos. Que aparezca, por tanto, un libro como el presente, un enjundioso ensayo que invita a mirar las películas de otra forma, es ya digno de aplauso.

Instrucciones para ver una película (Pasado&Presente, 2015), del crítico David Thomson, es un estimulante ejercicio de cinefilia, pero con la virtud de ser apto para todo tipo de públicos. Su autor nos lleva de paseo a lo largo de diferentes títulos significativos del siglo XX, no tanto por su calidad estética -pues hay de todo, de obras maestras a títulos de fama pasajera e incluso alguno que otro de escasa relevancia-, sino por lo que pueden aportar para el enriquecimiento visual del espectador. De ahí que confronte títulos que aparentemente guardan poco parentesco, descubra el doble fondo de un fotograma o se salga de la pantalla para entrar en la vida real de un actor o director. El caso es ir más allá de la imagen, encontrar los detalles y matices que se nos pueden pasar por alto en el primer visionado, alcanzar la pluralidad de significados y referentes que están presentes delante o detrás de la pantalla para engrandecer la experiencia que supone ver una película y recuperar esas sensaciones que parecen haber fagocitado internet, youtube y otros aparentes enemigos del séptimo arte clásico. Error. Thomson nos convence que hasta en creaciones visuales ideadas expresamente para estos nuevos formatos puede haber una belleza devastadora. La clave está en no quedarse con la primera impresión, sino en "trabajarnos" la imagen. Sólo de esa forma conseguiremos llegar donde el director quiso o donde nunca pensó que pudiéramos llegar.


Aunque Thomson se refiera fundamentalmente a películas, también dedica espacio, como se hace inevitable en la época dorada que vive la ficción televisiva, a varias series de referencia. Algunas de ellas ya han logrado germinar libro propio que las abordan desde diferentes ángulos. La revista Jot Down ha decidido en su tercer monográfico reunir las cien series teen imprescindibles en un desenfadado volumen.100 series juveniles (Jot Down, 2015), que reúne a numerosos colaboradores de la conocida publicación, es un divertido y amable viaje en el tiempo que nos sumerge en series de nuestra infancia, adolescencia, juventud, algunas de las cuales aún perduran en nuestros días. Ahí están series inolvidables de institutos como "Salvados por la campana" o "Parker Lewis nunca pierde", familiares como "Padres forzosos", "Los problemas crecen", "Alf" o "Blossom", infantiles como "Heidi", "Marco" o "Candy Candy", numerosos ejemplos del manga animado y muchas otras de las que guardamos recuerdos con olor a naftalina: "El gran héroe americano", "El coche fantástico", "La familia Addams", etc.

En dos páginas dedicadas a cada una no se puede hacer un análisis minucioso, así que prima el chiste fácil, la nostalgia empedernida y el tono conmovedor. Sin duda, una obra valiosa que nos invita a recordar a esos inefables compañeros de crecimiento que se incrusta y sobresale en la avalancha de títulos que se publican en estas fechas para recordar los símbolos de la generación de los ochenta y noventa. 

lunes, 1 de junio de 2015

Johnny cogió su fusil

Navona reedita en nueva traducción de José Luis Piquero y con epílogo de Javier García Sánchez una de las novelas reconocidas unánimemente como símbolo del pacifismo. Johnny empuñó su fusil, que su propio autor, Dalton Trumbo -uno de los integrantes de los famosos "diez de Hollywood"-, adaptó al cine más de tres décadas después, se publicó sólo dos días antes del estallido de la segunda guerra mundial, circunstancia que jugó en su contra, como recuerda el autor en el prólogo, ya que la gran mayoría de la opinión norteamericana era partidaria de entrar en conflicto, como finalmente sucedería. Incomprendida, por tanto, durante mucho tiempo, y relegada a cierto ostracismo, como le ocurrió en vida al autor y guionista cinematográfico, que se vio obligado a escribir bajo seudónimo por su supuesto apoyo a actividades "antiamericanas", Johnny empuñó su fusil ha ganado con el tiempo y, vista desde la época actual, se erige en un verdadero bastión no sólo del antibelicismo, sino de la libertad y la lucha por la vida.
Su protagonista, postrado en una cama de hospital en estado vegetativo tras recibir el impacto de un obús en las trincheras durante la primera guerra mundial, es un caso médico insólito que sólo dispone de su mente para distinguirse de un cadáver. Con este, también, insólito protagonista, Trumbo construye un relato en tercera persona que se introduce en los pensamientos de la víctima, Joe Bonham, dueño de una vida tranquila hasta el fatídico acontecimiento: un trabajo estable, novia y una familia feliz. Aunque quizá el factor sorpresa se haya perdido al ser la historia de sobra conocida, el mecanismo narrativo elegido por Trumbo no deja de sorprendernos y parecernos dignos de admiración, al trazar dos sendas narrativas que confluyen en el mismo punto de partida, la mente del soldado: por un lado, su tenaz voluntad de identificarse a sí mismo y su capacidad para comunicarse con el exterior, y por otro, los recuerdos biográficos que se van alternando con la narración principal, ya sea en forma de sueños o incisos de su atormentado cerebro.
Sorprende también la elección estilística de Trumbo, que le acerca aún más a ciertos moldes narrativos contemporáneos, al optar por el fluir atropellado de pensamientos que prescinden de comas y puntos para ajustarse al funcionamiento de la angustiada mente del protagonista, logrando pasajes de extremo lirismo que nunca caen en la ternura o la autocompasión fáciles. Valga una muestra: "Empezó a alargar su mano derecha en busca de la cosa pesada que le habían prendido en el camisón y pareció que ya la tocaba con los dedos antes de darse cuenta de que no tenía brazo que estirar ni dedos con que tocar".
Conmovedora hasta límites casi inabarcables, la novela de Trumbo debería ser un clásico de obligada lectura en todos los centros de enseñanza. 

jueves, 5 de marzo de 2015

No te lo puedo creer


"No te puedo creer" es una expresión muy común en Argentina para referirse a una situación anómala, algo con lo que no contábamos y que altera profundamente nuestro estado de ánimo, llevándonos a cometer actos que parecen escapar a nuestro control. Relatos salvajes es un muestrario de situaciones de ese calado: todos los pasajeros de un avión descubren que tienen algo en común con el piloto que gobierna la nave, y al que en su día menospreciaron; una camarera atiende sin dar crédito al hombre que causó el suicidio de su padre; un conductor con prisa debe hacer frente a otro colega desquiciado que se niega a dejarse adelantar; un desactivador de bombas, harto de ver cómo la grúa se lleva su coche una y otra vez sin atender a sus explicaciones, decide darle un escarmiento al gobierno municipal convirtiéndose en un ídolo local; una novia descubre que ha sido engañada por su recién estrenado marido y decide darle un escarmiento en una surrealista celebración; un hombre adinerado decide esconder a su hijo, que ha atropellado mortalmente a una embarazada, colocando en su lugar a su sirviente.
El joven argentino Damián Szifron, que hasta la fecha sólo había dirigido dos películas poco recordadas -El fondo del mar (2003) y Tiempo de valientes (2005)- y participado en varias teleseries, se ha convertido de la noche a la mañana en un nombre a seguir con este film de episodios que tiene, ya desde su clarificador título, coartada para desfasar y provocar cualquier cosa menos la indiferencia. Los diferentes episodios, desde el magnífico prólogo al esperpento final, nos llevan por los territorios de la sorpresa, la desesperación, la rabia, la desvergüenza, la honestidad con uno mismo, la justicia, etc, para desembocar en una catarsis que pone fin a todo y que se revela necesaria para empezar otra vez de cero. Szifron tiene la virtud de hacernos conectar enseguida con el protagonista de la pesadilla y lograr que nos preguntemos si obraríamos como él de encontrarnos en una situación similar. Las imágenes, viscerales, nos sitúan en una dimensión donde ya no hay vuelta atrás y tenemos que apechugar con las consecuencias. Sin duda, una lección de puro cine donde todos los actores rayan a gran nivel. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Retazos algo anodinos


Un Oscar fue la escasa recompensa obtenida por Boyhood en la última ceremonia de los premios más importantes del cine. La pregunta es ¿se merecía tan poco? Reconozco mi debilidad por la trilogía que componen Antes de amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer, posiblemente uno de los ejercicios de experimentación más estimulantes del cine contemporáneo, algo que ya intentaron sin éxito respetados cineastas como Peter Bogdanovich y su díptico The lat picture show y Texasville. A Linklater le salió bien la jugada, confrontando a la misma pareja en décadas diferentes para apreciar la evolución de sus sentimientos. Con Boyhood Linklater pretendía llegar aún más lejos, contando en una sola película el crecimiento -físico y emocional- de un niño en un periodo de doce años. Ya sólo por la dificultad de un rodaje de estas características y lo original del atrevimiento merecería nuestro aplauso más encendido. Sin embargo, ¿es suficiente ser original y arriesgado para lograr una gran película? ¿El argumento es lo de menos cuando el protagonismo recae en cuestiones ajenas a la historia?
Ignoro si los académicos se han planteado estos interrogantes, pero soy de la opinión de que una película debe valorarse en su conjunto. Si en la citada trilogía, el guión y la producción se ensamblaban a la perfección relatando a lo largo de veinte años los vaivenes de una relación que sortea problemas de espacio y tiempo, en Boyhood -subtitulada en español, no lo olvidemos, como Retazos de una vida- se nos cuenta de modo bastante lineal episodios desperdigados de la infancia y adolescencia de un joven integrado en una familia desestructurada cuyo principal bastión al que aferrarse es su incombustible madre -Patricia Arquette, premiada con la merecida estatuilla-. No hay más. Quizá Linklater pensó que era suficiente, que la vida es así de sencilla: unos se van y otros llegan, se descubren el amor y el sexo, uno trata de encontrarse a sí mismo, se definen los gustos personales... Pero me sigue faltando algo, como si la historia pidiera a gritos ser zarandeada de vez en cuando, arrojando alguna escena dolorosa o algún episodio conflictivo -no recuerdo ver al pesonaje llorar en toda la película-. Da la impresión de que el realizador de Fast food nation se ha preocupado más del envoltorio que del verdadero regalo que podía haberle hecho al espectador, provocando en ocasiones la sensación de estar ante una película televisiva de sobremesa alargada por meras cuestiones técnicas. Y lo dice, repito, un enamorado del mejor Linklater. 

martes, 17 de febrero de 2015

Hermanos menores


Jaime Rosales (Barcelona, 1970) es uno de esos directores a los que el éxito no se le ha subido a las barbas. Tras recibir tres premios Goya -entre ellos los dos más importantes, película y director- y numerosos galardones nacionales e internacionales por La soledad (2007), ha seguido siendo fiel a su estilo personal e íntimo, desoyendo las más que probables ofertas de un cine más comercial y/o producciones televisivas que han llamado a su puerta. Tras dos propuestas que pasaron de forma casi inadvertida por las salas -Tiro en la cabeza (2008) y Sueño y silencio (2012)-, Rosales ha presentado otro título que tampoco ha gozado de mejor fortuna económica, si bien le ha reportado premios y nominaciones que ya echábamos de menos.
Hermosa juventud mantiene la línea de continuidad con su anterior trabajo en el sentido de dar protagonismo de nuevo a los jóvenes, un segmento social cuya exclusión parece haberse vuelto más patente desde que se iniciaron los años de la crisis. Natalia y Carlos -interpretados de manera conmovedoramente natural por Ingrid García Jonsson y Carlos Rodríguez- son una pareja rabiosamente joven y enamorada cuyos horizontes vitales más lejanos pasan por el día a día: ganar un poco más de dinero con el que sacarse el carnet de conducir, comprarse ropa o una furgoneta para depender de sí mismos; quedar los fines de semana con sus amigos; aprovechar la mínima ocasión para sus encuentros sexuales... En resumen, son una pareja sana que no responde a ciertos elementos descerebrados que protagonizan algunos programas televisivos de éxito: Natalia se esfuerza todos los días por repartir su currículum aunque no se lo acepten, y Carlos es el amo de casa de su impedida madre. La sensación de orfandad, de prisión social, se agudiza
con la noticia de que van a ser padres, circunstancia que hace peligrar la economía familiar de ambos -los padres de Natalia están separados, el padre no trabaja y apenas puede pasarle algo de dinero a una madre que mantiene a otro hijo adolescente-. Cuando la situación ya se hace insostenible, Natalia decide sacrificarse, dejar a su hija y emigrar a Alemania para engrasar la misma cadena de trabajos precarios que ha dejado en España. Ante esta perspectiva, se verá obligada a tomar una decisión dolorosa que golpea al espectador con un final descarnado.
Estos retazos de vida, que podrían ser un reflejo de muchas parejas jóvenes de hoy, son mostrados por Rosales con una asombrosa naturalidad, ajena a artificios y estereotipos. El director está tan pegado a la realidad que no elude recurrir al universo tecnológico que conforman el modus vivendi de la juventud: la pantalla se llena de chateos de wassap, de fotografías de Instagram o de conversaciones por Skype. Elementos que refuerzan si cabe aún más la hiriente verosimilitud de un relato verdaderamente conmovedor.

lunes, 2 de febrero de 2015

El caníbal incomprendido


Como muchos otros estudiantes de periodismo y aspirantes a crítico cinematográfico, recuerdo que uno de mis referentes o tótems -junto a otros, como Carlos Colón, de quien tuve la fortuna de ser alumno- era Carlos Boyero. Boyero era, y sigue siendo, odiado y admirado a partes iguales por cinéfilos, directores, actores, gentes varias del espectáculo, y sus propios colegas de profesión. Uno podrá estar o no de acuerdo con sus, casi siempre, para bien o para mal, demoledoras opiniones, pero hay que reconocerle, por un lado, su contundencia y claridad -nunca se queda a medias tintas en sus juicios- y, por otro, su reticencia a convertirse en lo que podríamos llamar un "adulador" de prestigio, es decir, negarse a formar parte de la camarilla de críticos que bendicen sí o sí al Santo Sanctorum de las películas y directores intocables y/o que vienen revestidos de inmarchitable "qualité" tras su paso por festivales o visionados de la crítica internacional. Sirva este largo preámbulo para, tras recuperar recientemente la aclamada cinta Caníbal (2013) del almeriense Manuel Martín Cuenca, posicionarme al lado de Boyero, uno de los pocos que se atrevió a bajar del pedestal a una película sin duda sobrevalorada. Comparto muchos de los argumentos expuestos por el veterano escribidor, como que el inteligente uso de la elipsis o los curiosos encuadres y largos planos estáticos no son suficientes para acercarnos a un personaje -interpretado por Antonio de la Torre con una gelidez se diría que autoimpuesta- cuyas aristas psicológicas se nos escapan, haciendo que veamos la historia desde fuera, cuando ella misma pedía una inmersión a fondo. Sin entrar en cuestiones argumentales algo inverosímiles como la inexplicable ausencia informativa de la investigación policial de unas desapariciones y crímenes seriados y cometidos en la misma zona, la acción transcurre con una exasperante lentitud provocando desapego en lugar de la necesaria conexión dramática y emocional con un, a priori, protagonista bombón que cualquier actor querría para su currículo. Esa orfandad psicológica del personaje principal -imagino que más matizado en la novela de Humberto Arenal en la que se basa y que no he tenido el gusto de leer- parece querer tamizarse por parte del director con una supuesta simbología religiosa manifestada en desfiles procesionales y el encargo de una hermandad al protagonista -el mejor en su oficio, sastre- cuyos bienintencionados propósitos caen en saco roto.
No es mi intención, por otra parte, desvirtuar los numerosos valores de la cinta -el simple hecho de su realización indica ya una valentía digna de aplauso-, sólo lamentar la oportunidad perdida de tejer una historia inquietante que parece haberse contagiado de ese témpano de hielo sobre el que gira.

martes, 2 de diciembre de 2014

The Reader´s Diary (XXXVII)

Hoy abordo tres libros que de un modo u otro hacen de la nostalgia su principal emblema: nostalgia por la cacharrería y pasatiempos de nuestra infancia, nostalgia por el cine clásico de Hollywood, y nostalgia por aquellas temporadas en las que el Athletic de Bilbao todavía ganaba títulos. Este último, Un soviético en la catedral, del periodista Eduardo Rodrigálvarez, se enmarca en la curiosa colección de libros de bolsillo "Hooligans ilutrados" de Libros del KO, que reúne textos de periodistas y aficionados de equipos señeros de nuestra liga con el ánimo de remarcar unas señas de identidad que a los verdaderos hinchas -no a los que se han hecho notar desgraciadamente en días recientes- nos hacen seguirlos contra viento y marea, de acuerdo con aquel grito que podría representar a todas las aficiones verdaderas: "Viva er Betis... manque pierda". Bilbaíno durante mucho tiempo afincado en Madrid, Rodrigálvarez evoca sus años de infancia en los que se afanaba en ser un extremo zurdo a pesar de ser diestro, y rememora los gloriosos años del Athletic de su famosa delantera, y también aquel equipo que fue capaz de ganar las dos últimas ligas con Clemente. Desde entonces, el Botxo sólo ha podido celebrar un subcampeonato y ver muy de cerca un trofeo que siempre se le escapaba, siendo especialmente dolorosa la derrota sufrida en Bucarest con Bielsa al frente. El autor de Un soviético en la catedral, título nada azaroso como el lector podrá comprobar, deseñtraña en breves pinceladas cómo el hincha del Athletic se rinde antes a un sentimiento que a un triunfo, porque éste ya va incluido en el anterior.
Aquellas dos ligas, la 82-83 y la 83-84, también las viví yo con la oreja pegada al carrusel deportivo, a pesar de ser testigo de sonoras derrotas en directo en los estadios que estaban a nuestro alcance, el Ramón de Carranza, el Sánchez Pizjuán y el Benito Villamarín -todavía recuerdo el deseo de que me tragara la tierra ante un público que se caía rendido ante un incomensurable Gordillo-. Y es que uno siempre tiende a recordar la infancia como un paraíso feliz, ajeno a las desgracias y sinsabores que luego nos deja la madurez, quizá porque entonces la inocencia podía a la tristeza. Javier Ikaz y Jorge Díaz son conscientes de ello, y por eso han alargado el éxito de su anterior libro con una segunda parte que también se ha ramificado en disco y promete ser trilogía, al modo de Papel y plástico, otra saga que comparte su mismo espíritu. Yo fui a EGB 2 (Plaza&Janés) hará nuevamente las delicias de los que vivimos aquellos años en los que los profesores fumaban en clase, sólo había dos cadenas de televisión, no se podía llamar por teléfono para avisar de un retraso, y los juegos del Spectrum tardaban cinco minutos en cargarse. Parcelando la nostalgia en áreas temáticas, los autores despliegan un emotivo aparato iconográfico que nos provocará más de un respingo -¡ése lo tenía yo!-, y que se adereza con cuestionarios que probarán nuestra memoria y un juego de mesa.
En los cines de mi infancia proyectaban con frecuencia clásicos que se alternaban con los estrenos. No era raro salir del colegio y ver una cartelera que anunciaba Ben-Hur, Los diez mandamientos o Siete novias para siete hermanos. Clásicos que hoy todos recordamos gestados en el sistema de los estudios de Hollywood, un universo rutilante, pero que también escondía bajo la alfombra sus trapos sucios, léase caza de brujas entre otros episodios vergonzantes. Profesionales, actores y directores fueron represaliados por su sabida o supuesta simpatía con los comunistas. Robert Rossen fue uno de ellos, aunque luego tratara de limpiarse sin conseguirlo del todo. Primero eficaz guionista -El lobo de mar, Un paseo bajo el sol-, y luego excelente director -Cuerpo y alma, El político, El buscavidas, Lilith-, Rossen fue pionero en la preservación de la independencia del autor frente al estudio. Su lucha contra un sistema que atenazaba la libertad creativa provocó que sólo llegara a dirigir diez películas y que algunas, como Alejandro Magno, sufrieran amputaciones y acabaran desvirtuadas. Quizá por este currículum tan breve, Rossen sea hoy un director injustamente olvidado y digno de la reivindicación que ha hecho José Antonio Jiménez de las Heras en la colección "Cineastas" de Cátedra. Un análisis pormenorizado de cada film en los que participó de uno u otro modo, así como un incisivo acercamiento a un proceso inquisitorial que marcaría toda su vida, son virtudes de una obra digna de alabanza.

sábado, 8 de noviembre de 2014

The Reader´s Diary (XXXVI)

Creo que ya he comentado por aquí en alguna ocasión mi fascinación por los cementerios de cierto valor escultórico. Cada vez que visito una ciudad europea, trato de acercarme a alguno. Así, a bote pronto recuerdo el de Montparnasse en París, el de Vysehrad en Praga o el de la Iglesia de San Pedro en Salzburgo. El recuerdo de los que se fueron presenta múltiples variantes según el arco temporal y geográfico en el que nos situemos, abarcando desde las momificaciones y pirámides de Egipto a las coloridas tumbas de los camposantos mejicanos. Todo un espectro -nunca mejor dicho- de posibilidades que oscilan entre la sobriedad y el barroquismo, pero cuya intención final es, al fin y al cabo, dejar testimonio del finado, de la indiferencia, cariño o veneración que se le tributa. Y sin duda, si pudiéramos establecer una subcategoría especial dentro del casi infinito catálogo de cementerios repartidos por la geografía mundial, ésa sería la de los osarios, cuya morbosidad linda ya con el género de terror. El imperio de la muerte. Historia cultural de los osarios (Ullmann, 2014) es un espectacular volumen que recoge la evolución de una forma de enterramiento mantenida a lo largo de los siglos cuyo carácter tétrico no puede ocultar su belleza estética.
Haciendo alarde de una exigente documentación y arropado por excelentes fotografías, grabados y dibujos, Paul Koudounaris nos regala un trabajo exuberante que traza un itinerario de la evolución de los osarios, planteados como aviso de lo que nos espera, como derroche de amor incontenible o como rincón maldito que hay que ocultar a la vista. Uno, que ha tenido oportunidad de ver la "Capilla de los Huesos" de la Iglesia de San Francisco de Évora, no podía imaginar la larga historia de huesos y calaveras perpetrada en su gran mayoría por artistas anónimos. En fin, una delicia visual no apta para espíritus proclives al susto fácil.
Es inevitable. A todos nos llega nuestra hora. Aunque Kirk Douglas, el último gran mito del Hollywood clásico junto a las hermanas Joan Fontaine y Olivia de Havilland, parece empeñado en ser centenario. A punto de cumplir 98 años, el otrora protagonista de tantos títulos inolvidables ha sido capaz de pergeñar un texto de emotiva sinceridad que nos retrotrae a la complicada génesis, producción y estreno de Espartaco, uno de los rodajes más conflictivos situado ya en el ocaso de los grandes estudios. De hecho, fue un exponente del cambio que empezaba a operarse en Hollywood, pues la produjo Douglas con su propia productora, entonces una práctica poco habitual. Entrando a saco en sus recuerdos sin omitir nombres y episodios desagradables, Douglas rememora la difícil gestación de un proyecto de apariencia megalómana que tuvo que competir con otro paralelo encabezado por Yul Brynner, pero que acabó imponiéndose gracias a su tesón por apoyarse en un reparto multiestelar y en el guión del masacrado Dalton Trumbo. Pues sí, Yo soy Espartaco (Capitán Swing, 2014) ofrece otra lectura, la de la despiadada caza de brujas que arrinconó el talento de muchos profesionales de la industria por ser simpatizantes comunistas o sospechosos de serlo. El libro, que cuesta no leer de un tirón, está plagado de anécdotas, de amistades bigger than life, de muchos, muchos roces -con el meticuloso Kubrick todo podía pasar-, y, sobre todo, de una pasión por el oficio cinematográfico que se palpa en cada línea.

lunes, 27 de octubre de 2014

Marismas de niebla

Hará ya casi un par de años que dejaba plasmada aquí mi admiración por la anterior película de Alberto Rodríguez, Grupo 7 (2012). Al igual que entonces la Academia de Cine Español se decidía para llevar a los Oscars por la apuesta menos descarnada, más exquisita visualmente y sumamente original de Blancanieves, ahora vuelve a hacerlo con la espléndida pero menos arriesgada propuesta de David Trueba, Vivir es fácil con los ojos cerrados. También he dejado muestras en esta misma bitácora de mi debilidad por sendos trabajos, pero no dejo de cuestionarme por las razones de que los académicos prefieran taparse la cara ante la realidad y optar por soluciones más políticamente correctas con la esperanza de poder conectar mejor con el tan archiconocido espíritu sensible de la Academia americana, tan propenso a la lágrima fácil. La isla mínima ha superado con creces las más entusiastas expectativas generadas tras Grupo 7, pero no deja de ser cierto que la aspereza y falta de concesiones en el tratamiento de su poderosa trama difiere mucho del acostumbrado en Hollywood en películas que han tocado temas similares, caso de Mystic river o Sleepers. Ya desde esos fastuosos planos aéreos de las marismas sevillanas, Alberto Rodríguez nos advierte que no hay escapatoria posible, que lo que va a suceder a continuación no saldrá del estrecho y opresivo marco geográfico del pueblo en cuestión, erizado de obstáculos, recelos, miradas hoscas y desconfiadas, engaños y dobles fondos.
La pareja de policías encargada de la investigación -heredera de algunas míticas conjunciones de esta especie de subgénero criminal- es otro de los grandes aciertos de Rodríguez, en cuyo carácter y forma de proceder podemos ver el enfrentamiento de dos Españas distintas, la que agonizaba o expiraba y la que renacía gracias a los nuevos aires democráticos. A ellos prestan un impecable trabajo Raúl Arévalo y un inconmensurable Javier Gutiérrez, en un registro al que nos tiene poco acostumbrados. Casi podemos sentir físicamente su malestar por los sucesivos descubrimientos, su frustración, su rebelión contra un pacto de silencio y una espiral de locura que amenaza con dejarles fuera de juego. La isla mínima transpira incomodidad y desazón, y entronca con las señas de identidad del mejor cine negro, dejándonos para guardar en la retina algunas imágenes ya antológicas. Con directores como Alberto Rodríguez, el cine español tiene un seguro de vida. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

The Reader´s Diary (XXXV)

Los últimos datos facilitados por el Ministerio de Turismo confirman a Andalucía como una de las regiones más visitadas por los extranjeros. Resulta innecesario citar aquí los numerosos atractivos de su geografía, clima, gastronomía y festividades y tradiciones culturales, pues son bendecidos y pregonados por todos los rincones del planeta. Nuestra comunidad autónoma siempre ha sido una tierra de promisión, de escape, una especie de paraíso del que siempre queda algo por explotar. Y eso bien lo sabían actores, políticos, escritores, cineastas, altos dignatarios o miembros de la aristocracia. Cuerpos celestes. Estrellas, gobernantes y bohemios de viaje por Andalucía (Ézaro, 2014), del periodista Francisco Reyero, recopila una treintena de retratos de personajes que, por diversas circunstancias -pasión, oportunidades laborales o puro azar-, visitaron Andalucía para dejar su rutilante impronta en las hemerotecas.
Segmentando su enjundiosa búsqueda -lo duro de proyectos de este tipo es la criba, pues podían haber figurado otros muchos como el cineasta Jean Negulesco, que murió en Marbella- por categorías profesionales, Reyero relata con un estilo brioso y ocurrente las curiosas peripecias de multitud de personajes que recorrieron las diferentes provincias, y donde tienen cabida los escándalos de Frank Sinatra en la Costa del Sol, las correrías nocturnas de Peter O´Toole durante el rodaje de Lawrence de Arabia, los flirteos amorosos de Ava Gardner, o la fugaz estancia de Diana de Gales. De estas y otras personalidades como Jacqueline Kennedy, Steven Spielberg, Grace Kelly, Fidel Castro, Margaret Thatcher, Paul Bowles o el Sha de Persia, se ofrecen, además del apunte más literario, otro puramente informativo de los días y lugares elegidos y entregados a la posteridad. Un completo dossier fotográfico culmina la valía de una obra que se hacía necesaria.
Un muestrario de carácter bien distinto, aunque centrado también en la geografía, es el reflejado por Ciudades de cine (Cátedra, 2014), voluminoso estudio en el que colaboran numerosos especialistas y que pretende otorgar entidad bibliográfica a las ciudades más filmadas o queridas por el cinematógrafo -aun cuando en muchos casos hayan sido recreadas en estudio o en otra ciudad-. París, Berlín, Nueva York, Shanghai, Madrid, Viena, Roma, Lisboa, Barcelona, San Francisco, Nueva Delhi, Buenos Aires, Venecia o Sevilla asoman por las páginas de un libro que desglosa su transposicion a la pantalla a lo largo de diferentes etapas, desmenuza sus símbolos más socorridos, y trata de determinar cuál ha sido su repercusión en el séptimo arte, en la retina de un espectador al que se puede hacer soñar pero también engañar. Aliñado con profusión de imágenes y notas aclaratorias, este manual está llamado a convertirse en una valiosa obra de referencia para cinéfilos e interesados.

martes, 8 de julio de 2014

The Reader´s Diary (XXXIV)

Desde que trabajo en el sector de las librerías me he encontrado con clientes de toda condición y pelaje. De hecho, es opinión socorrida el que para conocer a tipos "raros" sólo hay que ponerse tras el mostrador de una librería. En estos años he visto de todo: desde personas que se dedicaban a coleccionar diccionarios de todos los idiomas del planeta a otras que adquirían novelitas rosa en inglés con la no confesada intención de sentirse protagonista de esas cascadas de lujuria y romanticismo con galanes musculosos en castillos idílicos. Otros, más serios pero igual de obstinados, recolectaban material bibliográfico para sus tesis o estudios personales sin ánimo de publicación. Un cliente de este grupo se dedicaba a la caza y captura de todo libro que, ya fuera de forma ficcionada o no, abordara el espinoso tema del suicidio, un tema fascinante sin duda, y por el que uno, presa fácil de la menlancolía, siente también interés.
 Para ambos acaba de publicar Toni Montesinos Melancolía y suicidios literarios (Fórcola, 2014), un entretenido y documentado viaje al abismo, al punto de no retorno que dirían otros. La nómina de letraheridos que recurrieron a ese último recurso es tan amplia que daría para escribir un diccionario -y de hecho, lo hay, publicado por Noa Laleila en 1994, pero no se limita a lo literario-. Montesinos repasa los más célebres -pero también algunos más desconocidos- desde la antigüedad a nuestros días, sin dejar de lado las creaciones que afrontaron el tema -muchas de ellas canónicas, como el Werther, o buena parte de las tragedias de Shakespeare-, ni la evolución que en la sociedad y la filosofía ha recorrido el suicidio a lo largo de los tiempos, siempre en esa delgada línea divisoria que une la cobardía con el valor, la desesperación con el miedo a subvertir la ley divina.
Cierto oscurantismo rodea también a la película London after midnight, una de las colaboraciones del tándem Tod Browning-Lon Chaney rodadas en el ocaso del cine mudo. Salvando la alemana Nosferatu, sobre la que también planea el misterio sobre su extravagante protagonista -Max Schreck-, la cinta de Browning fue la primera película de vampiros producida en los estudios de Hollywood. En su día su estreno pasó desapercibido y desde hace décadas siempre sobrevuela en los círculos cinéfilos la posible aparición de una copia. El mejicano Augusto Cruz ha decidido profanar la oscuridad y lanzar su propia teoría con la obsesiva búsqueda de la copia que inicia un ex-investigador de la CIA por encargo de un octogenario coleccionista de reliquias cinéfilas. Londres después de medianoche (Seix Barral, 2014) puede despistar, ya que empieza con cierto aire inocente y una construcción algo esquemática, pero el autor sorprende luego con la aparición de algunas subtramas y un extraño enriquecimiento del estilo que nos hacen plantearnos si la novela no ha sido retomada en épocas distintas. Otro misterio más, como el de la película.

lunes, 14 de abril de 2014

Woody de 10

Próximo ya a ingresar en el club de los octogenarios, Woody Allen nos sigue regalando una película al año, bien es cierto que no todas de la misma calidad, aunque casi todas con algún detalle aprovechable digno de uno de los creadores cinematográficos imprescindibles de la edad contemporánea -si están pensando en Vicky Cristina Barcelona y el beso entre Scarlett Johansson y Penélope Cruz, pues sí-. Después de la magistral Midnight in Paris, Allen pareció tomarse un descanso con A Roma por amor, una poco más que entretenida comedia que podía hacernos creer que el genio de Brooklyn ya había dicho todo lo que tenía que decir. Sin embargo, Blue Jasmine viene a desmentirlo radicalmente con su aire de obra maestra sorprendente e incontestable. Que se quedara fuera de las principales categorías en la última ceremonia de los Oscars -salvando el premio a Cate Blanchett- viene a confirmar la ceguera de la Academia a la hora de valorar los trabajos del ejercicio anual. Para quien, como este espectador, acudió al cine sin información previa de la película, la apuesta fue reconfortante, ya que se encontró con el Woody de los mejores tiempos, con un guión sin fisuras pletórico de diálogos y situaciones vibrantes, y un montaje que alterna pasado y presente con una inteligencia incisiva. Las obsesiones del director norteamericano vuelven a estar presentes en Blue Jasmine con una fuerza inusitada: el sexo, la inestabilidad emocional, el dinero, la familia, etc. El universo personal de Allen lo cincela un elenco protagonista que raya a enorme altura, desde la ya citada Blanchett a la impresionante Sally Hawkins, pasando por Alec Baldwin o secundarios con momentos estelares como Bobby Cannavale o Andrew Dice Clay. Quizá estemos ante una de las historias más ásperas y duras del Woody Allen de los últimos años, con el desolador personaje incorporado por Blanchett, cuyo especial carácter interfiere de un modo u otro en todos los que se le acercan. Un acerado retrato de la sociedad norteamericana, que puede leerse también como una velada crítica a la "cultura del pelotazo" y a la dura resaca posterior. Y otra joya que añadir a la lista de míticas películas ambientadas en San Francisco, donde transcurre la acción en presenteMagic in the moonlight, que llegará aquí seguramente después del verano.
. Impacientes, en fin, por ver

martes, 25 de febrero de 2014

Harold Ramis, atrapado en el tiempo

Harold Ramis murió ayer en la más absoluta tranquilidad. Siempre me gusta decir esto cuando nos deja alguien que ha legado para la historia alguna obra digna de alabanza, aunque como en el caso del difunto realizador, actor, guionista, productor y compositor, fuera sólo una. Atrapado en el tiempo (1993) -El día de la marmota en su traducción original-, escrita al alimón con Danny Rubin, puso en órbita a un director que hasta entonces no había hecho apenas nada reseñable tras las cámaras -tres comedias desenfadadas en la línea de sus trabajos como actor: El club de los chalados (1980), Las vacaciones de una chiflada familia americana (1983), y Club Paraíso (1986)- y era más conocido por su faceta interpretativa, sobre todo por su caracterización de científico despistado en Los cazafantasmas (1984), a pesar de contribuir al guión de algunas de las cintas emblemáticas del cine universitario de finales de los 70 -Desmadre a la americana (1978)-.
Por todos es sabido que destacar en el tan acotado campo de experimentación que impone el cine de consumo norteamericano no es empresa fácil, y Harold Ramis lo consiguió con esta pequeña película merced a un guión a prueba de balas que sacaba el máximo partido -happy end incluído- a una historia sencilla y entrañable, preñada de buenos sentimientos y moralidad positiva enlazando con el espíritu de Frank Capra. La regeneración del personaje de Phil Connors -interpretado por Bill Murray en uno de los mejores papeles de su carrera-, condenado a vivir siempre el mismo día en la pequeña localidad de Punxsutawney, se nos presenta sin aspavientos ni cursilerías, sin caer en ese infantilismo gamberro de guiones previos ni en los clichés de la comedia romántica que pronto iba a empezar a hacer estragos con títulos como Algo para recordar. Ayudado por un elenco interpretativo excelente hasta en los secundarios de una frase -el propio Ramis se adjudicó un papelito como el médico que examinaba a Phil- y por una banda sonora ajustada como un guante al espíritu de la historia, Ramis conseguiría con Atrapado en el tiempo su pequeña obra maestra y, sobre todo, la recompensa de ser tomado en serio por primera y quizá última vez. A pesar de lo estimable de algunos trabajos posteriores -Mis dobles, mi mujer y yo (1996), Una terapia peligrosa (1999) o La cosecha de hielo (2005)-, empañados por otros francamente deleznables -Al diablo con el diablo (2000)-, Ramis nunca conseguiría alcanzar las cotas de factura clásica que mantiene más de veinte años después de su realización. Ignoro si él compartirá este juicio. De ser así, me lo imagino con una sonrisa de oreja a oreja esperando un día sí y otro también la salida de la marmota que vaticinará que el invierno seguirá siendo igual de largo. 

viernes, 21 de febrero de 2014

Familia descafeinada


Haciendo honor a su título, La gran familia española podría haber sido una de las grandes comedias del cine español del año. Sin embargo, creo que a Daniel Sánchez Arévalo le han traicionado sus propias marcas de estilo, esas costuras que ahora se hacen evidentes. A falta de ver Gordos, su segunda película, su corta filmografía ha ido decreciendo en interés para el que suscribe. Si Azuloscurocasinegro fue uno de los debuts más prometedores del reciente cine nacional con una historia que basculaba entre lo turbador y lo romántico, Primos fue un pasatiempo muy divertido que trataba de bucear en la nostalgia de los años dorados y las ocasiones perdidas sin llegar a entrar a matar, como se diría en el argot taurino. La gran familia española retoma esa idea del divertimento, de la fiesta perpetua con sus descubrimientos y sinsabores, con el telón de fondo del partido que dio a la selección española su primer mundial -sí, soy de los optimistas que piensan que no será el último-. Toda la acción transcurre en ese día, como si el director quisiera remarcar su apego a la realidad, a los difíciles tiempos que vivimos en los que las alegrías deportivas nos sirven de refugio para capear el temporal.
Cinéfilo consumado, Sánchez Arévalo bebe también del cine clásico exhibiendo sus recuerdos personales de Siete novias para siete hermanos. Lo que podría haber sido un homenaje confeso, se torna aquí en un abuso injustificado para contar una historia que se podría haber despachado con mucha menos parafernalia. Las idas y venidas sentimentales de los personajes nos suenan ya repetidas y el humor sólo asoma en ocasiones muy puntuales. Prueba de esa cierta autocomplacencia en la que parece haber caído el realizador es el papel que le adjudica a Raúl Arévalo, un habitual en sus películas, una especie de cameo con aires de "charlotada" que no aporta nada al conjunto, y sí revela, en cambio, muchas de sus intenciones.
Visto lo visto, comparto -sin que sirva de precedente- la opinión de los académicos de arrinconar La gran familia española y celebrar Vivir es fácil con los ojos cerrados como la gran triunfadora del año. 

lunes, 3 de febrero de 2014

La última sesión

No hace mucho hablaba aquí de la publicación de La última sesión, la espléndida novela de Larry McMurtry que dio pie a la no menos espléndida película de Peter Bogdanovich. Me refería entonces, tanto en un caso como en otro, al poder evocador de una imagen para reflejar la infancia, el paso del tiempo, esos momentos irrecuperables que atesoramos como piedras preciosas en el estuche cerrado de nuestra memoria. El símbolo de un cine que cierra, una pantalla en la que nunca más se proyectarán imágenes, es una de las más poderosas armas para cerrar los ojos y echar la vista atrás, para percatarnos de que el tiempo ha pasado otra vez demasiado rápido.
A pesar de ser un cinéfilo y un eterno nostálgico no he tenido la oportunidad de asistir a una de esas últimas sesiones, seguramente porque nunca me ha pillado en el sitio oportuno ni lo he sabido con la suficiente antelación. Otros amigos y compañeros cinéfilos sí han gozado de ese momento, como Rafael Garófano, de quien recuerdo incluso una fotografía de la última vez que se bajó la persiana en un cine de Cádiz, creo que el Andalucía, o Salvador Daza, que estuvo en la última proyección del Teatro Principal de Sanlúcar de Barrameda. Cines míticos, testigos de una época lejana, de los que apenas van quedando representantes en Andalucía: ahora sólo me viene a la mente el Cervantes de Sevilla. En estos tiempos
tenemos que conformarnos con los cierres de las multisalas, las cuales y, aunque pudiera parecer impensable hace unos años, también van cayendo como consecuencia de la endémica crisis que atraviesa la exhibición cinematográfica en nuestro país. En Jerez ocurrió hace poco con los cines Ábaco Cinebox, cuya empresa propietaria ha ido clausurando paulatinamente las 450 pantallas que tenía repartidas por todo el territorio nacional.
No era la última sesión ni tampoco el último día, pero allí acudimos para ser testigos de la crudeza de la realidad: éramos cuatro personas en la sala en pleno día del espectador y habiéndose anunciado en la prensa el inminente cierre del local, destinado seguramente a la ampliación del centro comercial en el que se inserta.
La película de David Trueba no tenía ninguna culpa. Vivir es fácil con los ojos cerrados quizá sea uno de sus títulos más logrados junto a La buena vida, la película con la que debutó en la dirección. Trueba también es un nostálgico y un soñador, como su trío protagonista, que no se conforma con la agria realidad de la España franquista y trata de buscar alternativas rebelándose contra lo establecido. Capitaneados por un soberbio Javier Cámara, marchan a la búsqueda de un imposible, un Grial llamado John Lennon, a quien, contra todo pronóstico, encuentran para convertirlo en la gran aventura de su vida, esa historia que contarán a sus nietos, y que Trueba nos ha contado a nosotros para demostrarnos que los sueños pueden hacerse realidad si uno es tenaz y abre bien los ojos. Si no sería demasiado fácil.