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miércoles, 22 de abril de 2020

Películas desaparecidas o no localizadas (y VIII)


Junto al recitado de un poema de Rubén Darío para Stress es tres, tres (Carlos Saura, 1968), la otra ocasión en la que la peculiar voz de Porfiria Sanchiz fue elegida para el cine fue para el documental Valencia y sus naranjos (Martín Domingo, 1937), producido por la entidad anarquista SUICEP (Sindicato Único de la Industria y Espectáculos Públicos), afín a la CNT.

El documental, de escasos diez minutos de duración, se centraba en la recogida de la naranja, su sistema de almacenamiento, así como su selección y envasado de cara a la exportación. Estaba integrado en un plan de producción junto a Carbón vegetal (Pepe García, 1937) y Solidaridad valenciana (Fernando Roldán, 1937). Además de intereses puramente económicos en un período tan difícil para el cine y el teatro -recordemos que Porfiria se integró durante el conflicto en la compañía de Gaspar Campos-, puede que en la decisión de la actriz de participar en el mismo también pesaran los orígenes valencianos de su familia. Francisco, su padre, había nacido en Gandía y sus ascendientes directos también procedían de la zona. Aunque su voz en off fue la única que se utilizó para el documental, hay datos de que el actor Ángel Álvarez (1906-1983) contribuyó con algunos comentarios que fueron grabados en los estudios Ballesteros, aunque no sabemos si finalmente figuraron en la locución final.

Desconocemos la fecha de estreno con exactitud, pero sabemos que el 11 de abril de 1937 ya se proyectaba en dos pases en el cine Capitol de Madrid. La productora SUICEP amparó también los tres documentales de la serie Estampas guerreras (Armand Guerra, 1937), Hijos del pueblo (Martín Domingo, 1937), Castilla libertaria (Méndez Cuesta, 1937), Frente libertario (Méndez Cuesta, 1938), así como ¡Así venceremos! y Evacuación (Fernando Roldán, 1937).

miércoles, 11 de marzo de 2020

Películas desaparecidas o no localizadas (VII)

Rodada entre febrero y marzo de 1936 en los estudios Lepanto de Barcelona, El amor gitano estaba producida por Alianza Cinematográfica Española, la delegación española de la UFA de Berlín. La prensa de la época la anunció a bombo y platillo como "la película de las siete estrellas", ya que su elenco protagonista representaba a muy variados registros artísticos: Mapy Cortés y Maruja Sanchiz a la revista moderna, Rodolfo Blanca a la zarzuela, Porfiria Sanchiz y Fernando Cortés a la alta comedia, "Guerrita" al flamenco, y Lolita Sotomayor y "La Yankee" a las variedades. Si las enumeramos, es fácil comprobar que las estrellas fueron finalmente ocho.

Esta fue la única ocasión en que coincidieron en una película las hermanas Porfiria y Maruja. El inminente estallido de la guerra civil y el posterior abandono de su carrera artística por parte de Maruja impidieron que se pudieran encontrar de nuevo sobre un escenario o un plató. El amor gitano fue la tercera y última película del director mejicano Alfonso Benavides y, al igual que sucedió con otras películas de ese periodo inmediatamente anterior al conflicto bélico, fue maltratada por la historia, cargando para siempre con la etíqueta de maldita. De hecho, su estreno se retrasó al 4 de abril de 1937 en el cine Rialto de la capital, pasando sin pena ni gloria debido a las circunstancias especiales del momento.

Lo poco que sabemos de ella es fruto de las escasas críticas o comentarios conservados en la prensa. Estos dan cuenta de un acaramelado baile entre Maruja y el actor Fernando Cortés y de una visión bastante benévola hacia la raza gitana en contraposición al de los "payos", que salen bastante malparados, cuestión esta que ha hecho que algún historiador muestre su extrañeza al hecho de que una productora ligada al régimen nazi diera vía libre a este argumento.

Curiosidades aparte, el filme no salió nada bien parado: "(...) en Amor gitano no hay gitanos ni amor, porque el argumento, aparte de ser ñoño e insípido, carece de continuidad, porque en el film no hay ambiente, todos los personajes son falsos, están fuera de situación, e incluso cuando quiere imitar a las revistas musicales que todos hemos visto, realiza un ´ballet´ en que las figuras parece que hacen gimnasia sueca. Mi querido amigo, el cine no es eso. Y si usted ha querido reflejar en su película el ambiente andaluz, ha fracasado en toda la línea. Andalucía no es así; ni los gitanos tampoco (...)" (La Vanguardia, 27-10-1936).



jueves, 5 de septiembre de 2019

Maruja Sanchiz, la starlet efímera (II)

Era cuestión de tiempo. A finales de 1935 Maruja Sanchiz gana el segundo premio del concurso a la bañista más bella y mejor presentada en maillot de Barcelona, un galardón cuando menos curioso que, no obstante, le sirvió para ir escalando posiciones en el complicado y competido mundo de la farándula y la escena artística españolas. Organizado por la revista Crónica, Maruja aprovecha su momento de gloria en la entrevista que le concede a la publicación para declarar sus deseos de emular a una Pávlova o a una Tórtola Valencia, y para dejar claro que no solo es un cuerpo y una cara bonitos, pues atesora en su biblioteca algunas de sus novelas favoritas como Los últimos días de Pompeya.

Pero en aquellos tiempos, que quizá no hayan cambiado tanto, primaba sobre todo el físico, la imagen que se daba ante el público. Reproducimos aquí algunas perlas del reportero sobre su figura y la de Agustina Gratacós, la ganadora del premio: "Líneas finas, fuertes, de andamiaje bien construido; músculos alargados, flexibles, de mujer familiarizada con el agua y con el sol. Maruja y Agustina tienen el tipo elástico de la mujer que puede ser camarada, sin dejar de ser mujer ni un momento. Son bonitas además, que esto, por sí, ya es una ganga, y todavía les falta un rato para llegar a la edad en que los hombres entramos en caja" (Crónica, 10-11-1935).

La artista habla sobre el rodaje de su primera película, ¡Abajo los hombres! (José Mª Castellví, 1936), basada en una opereta de Pierre Clarel, con exteriores en Sant Feliu de Guixols, y cuya acción transcurría a bordo de un barco tripulado solo por mujeres. Con cierto permisivismo erótico para la época y, aunque la crítica no fue muy condescendiente con ella, la película logró aguantar nada menos que 21 semanas en la cartelera madrileña, situándose en sexta posición entre las películas más vistas durante el conflicto bélico.

Pero las buenas noticias no se acaban aquí, ya que la hermana pequeña de Porfiria es contratada como tiple en el Teatro Cómico de Barcelona, debutando el 21 de noviembre con la revista Mujeres de fuego, a la que seguiría Las de armas tomar. 

Su actuación no es de las que dejan indiferentes al respetable, sobre todo al masculino claro: "Marujita, espléndida figura, atrayente belleza, simpatía a raudales, personalidad inconfundible (...) pose totalmente vampiresca, caída de ojos, labios sensuales, poca ropita... y bien aprovechada. Bueno, a otra cosa, que nos mareamos" (Enrique Tost, El Mundo Deportivo, 19-1-1936).

viernes, 16 de agosto de 2019

Carlos Saura y Porfiria Sanchiz



En el último tramo de su carrera Porfiria Sanchiz fue reclutada por varios de los más significativos exponentes del llamado Nuevo Cine Español, paliando de algún modo el olvido al que había sido relegada y que la habían obligado a participar en filmes de serie B o rarezas que no estaban a la altura del talento de la actriz. 

Uno de ellos fue el oscense Carlos Saura (1932), quien la llamó para intervenir en dos películas de su primera etapa, Stress es tres, tres (1968) y El jardín de las delicias (1970). En la primera interpreta a Matilde, la tía de Fernando (Fernando Cebrián), una mujer que vive en una casa solitaria en medio del campo y una abnegada defensora de las tradiciones. De hecho, es presentada al espectador totalmente vestida de negro y arrodillada sobre un lecho de piedras rezando. 

El propio director aclaró sus intenciones sobre el personaje: "Lo de la vieja sobre las piedras no es nada excepcional, al menos para mí. Es algo que yo he visto. Tenía una tía que lo hacía, era una beata un poco histérica, con un sentido de la religión de flagelación, autopunitivo. O sea tampoco es tan anormal dentro de un sistema educativo religioso y de vivir aislada en una finca como esa" (citado en BRASÓ, Enrique: Carlos Saura, Madrid, Taller de Ediciones Josefina Betancour, 1974, p. 211). 

Más llamativa fue aún su segunda colaboración con el realizador aragonés, ya que Saura eligió a Porfiria exclusivamente por su voz para una escena en la que tenía que recitar el poema "La marcha triunfal" de Rubén Darío, mientras sobre una pantalla aparecían imágenes del ejército nacional entrando en Madrid durante la guerra civil. Se trataba de otra de las estratagemas urdidas por la familia del amnésico Antonio (José Luis López Vázquez) para que recuperara la memoria y revelara las claves del negocio, sobre todo la de la caja fuerte y la cuenta bancaria en Suiza. Recordando escenas del pasado lo más fidedignamente posible, apelando a sonidos, olores y sentimientos, se trataba de conseguir que Antonio fuera conectando con su memoria personal. 



Para ello, la furiosa pero al mismo tiempo elegante voz de Porfiria parecía idónea. De hecho, en el libro citado anteriormente, Saura manifestó su intención de lograr un recitado al estilo de Berta Singerman, célebre actriz rusa nacionalizada argentina considerada la primera y única recitadora profesional americana especializada en interpretar a los más importantes autores de la poesía castellana.



martes, 2 de julio de 2019

Maruja Sanchiz, la starlet efímera (I)

Sin duda uno de los hallazgos más felices en la investigación para escribir el libro Porfiria Sanchiz. La tigresa escondida en la almohada (Shangrila, 2019) fue la aparición de Maruja Sanchiz, hermana de la actriz y también dedicada al mundo del espectáculo. Nacida en 1917 en Barcelona, en uno de los muchos destinos a los que su padre Francisco fue enviado como ingeniero, Maruja fue aún más precoz que Porfiria en subirse a un escenario, si bien su carrera fue mucho más efímera.

Tras formarse en la compañía de Irene López Heredia, la primera aparición suya de la que tenemos constancia fue como vicetiple en la opereta Luna de mayo para la compañía Martínez Penas, que sirvió para inaugurar la temporada en el Teatro de La Zarzuela el 21 de septiembre de 1934.
Maruja representaba todo lo opuesto a Porfiria: si esta era tímida, Maruja era desenvuelta y muy extrovertida, dada a conceder entrevistas y a dejarse ver por la noche madrileña en multitud de eventos.

En aquellos años finales de la Segunda República una de las mejores plataformas para ascender en el mundo del espectáculo eran los concursos de misses que proliferaban a lo largo y ancho del país. Maruja aprovechó su belleza física, que no cesaron de alabar los cronistas "piroperos" de la época, para ganar terreno hacia la gran pantalla. Ya en febrero de 1935 es seleccionada entre las veinte damas elegidas para hacerse con el premio "Señorita Voz 1935" que, con el patrocinio de la productora Cifesa, convocaba el periódico madrileño del mismo nombre con la idea confesa de convertir a la ganadora "en una estrella de cine, una belleza fotogénica, expresiva, dinámica...". Sobre el pie de foto "¿Será esta la Señorita Voz?" el rotativo publica cuatro imágenes de cuatro de las aspirantes al premio, y una de ellas será la de Maruja Sanchiz. El premio recayó en la joven Isabelita Pradas y le sirvió para protagonizar junto a Miguel Ligero la película Soy un señorito de Florián Rey.

No obstante, a Maruja el concurso le sirvió para empezar a ser conocida y fue elegida junto a otras futuras promesas por la revista "Blanco y Negro" para ilustrar el reportaje fotográfico "Diálogos de ahora y siempre" con textos de Vicente Vega y fotos de V. Muro.



Muy poco después, el 20 de mayo, queda en la terna final de "Miss Zarzuela" junto a Aurora Sáez y Carmen Areas, que resultará la ganadora. Maruja siente que cada vez está más cerca del triunfo. Su gran momento parece estar a punto de llegar.

lunes, 24 de junio de 2019

Películas desaparecidas o no localizadas (IV)

La tienda de antigüedades (1949) fue la segunda película del director José María Elorrieta tras La ciudad de los muñecos (1945). No existen muchas referencias sobre ella, ya que estuvo tan poco tiempo en cartel desde su estreno el 20 de febrero de 1950 en el cine Ideal de Madrid, que los críticos casi no pudieron reseñarla. Tan solo el juicio posterior de Fernando Méndez-Leite en su Diccionario del cine español (1965) nos permite considerar su valía: "pese a ciertas ingenuidades, no desagrada el relato folletinesco, siguiéndose con curiosidad las peripecias de una intrépida muchachita, que nos recuerda ciertas heroínas del cine hollywoodiense".

Protagonizada en sus principales papeles por José María Seoane y Rosita Yarza, el resto del elenco lo integraron Valeriano Andrés, Manuel Dicenta, Ángel de Echenique, Julia Pachelo, Porfiria Sanchiz -que sustituyó a la inicialmente prevista Guillermina Grin-, Ángel Ter, Trini Montero y una jovencísima Maruja Díaz. La película se ambientaba en el Madrid de 1882 donde una joven llamada Isabel (Rosita Yarza) encuentra alojamiento en la casa de su tío, que alberga también una tienda de antigüedades, y donde viven más inquilinos que no reciben su visita con buenos ojos, ya que puede dar al traste con su organización, dedicada a fines fraudulentos.

Junto a Noche de celos (1950), La tienda de antigüedades (1949) se puede considerar la otra película maldita que protagonizó Porfiria con el cambio de una década que también arrojaría dos proyectos frustrados de los que hablaré en otra entrada.


miércoles, 5 de junio de 2019

Películas desaparecidas o no localizadas (III)

Senda ignorada (1946) fue el debut en la dirección de José Antonio Nieves Conde (1911-2006), tras ejercer como periodista en publicaciones como Pueblo y Primer Plano, y curtirse previamente en el oficio como guionista y ayudante de dirección en varios títulos. Rodada íntegramente en estudio, la película se ambientó en la Nueva York de la época dorada del cine negro, con un reparto que respondía a nombres norteamericanos hasta el punto de que en algunos países como Bélgica se publicitó como una producción estadounidense. El argumento se centraba en la lucha de un gánster de origen italiano por escapar de la justicia acusado de un crimen que no había cometido.

La crítica de la época valoró positivamente el esfuerzo del realizador por acercarse al estilo de las producciones más representativas de un género tan en boga, sobre todo al tratarse de una primera película: "J. A. Nieves Conde, el joven director, se atreve a situar la acción de esta nueva película española en el ambiente neoyorquino y logra dar la sensación de una producción americana en nuestro idioma. He aquí el raro mérito del plasmador" (ABC, 8-3-1947). La interpretación fue igualmente aplaudida: "El trío masculino se complementa muy bien con la distinción que Alicia Palacios da a su papel y el acertado trabajo de un extenso grupo de actores secundarios, entre los que cuentan Ricardo Merino, José María Rodero, Porfiria Sanchiz, Ramón Martorí, Nicolás Perchicot, Manuel Arbó, Dionisia de las Heras, Ángel de Andrés..." (Primer Plano nº 316, 3-11-1946).

Totalmente desaparecida, se especuló un tiempo con la posibilidad de que hubiera una copia en una filmoteca sueca pero nunca se ha confirmado. Senda ignorada fue la primera película que rodó Porfiria Sanchiz tras su celebrado papel en El escándalo (José Luis Sáenz de Heredia, 1943).


miércoles, 15 de mayo de 2019

Películas desaparecidas o no localizadas (II)

Noche de celos fue la cuarta y última película como director del pintor, escenógrafo y guionista Fernando Mignoni (1884-1971). Conocida también durante su tortuoso rodaje -interrumpido en varias ocasiones por falta de película virgen- como Volver a vivir o La silla de la muerte, está considerada como una película maldita en la historia del cine español, ya que, una vez terminada a principios de 1950, su estreno se retrasó más de un año después, recibiendo los varapalos de la crítica: "Argumento absurdo que lleva a remolque todo lo demás. Situaciones falsas. Vulgaridad" (Dígame); "No hay ni un destello de arte en toda la película. Todo es rematadamente malo" (El Alcázar).



La acción se desarrolla en una casa donde viven un juez y su esposa paralítica. Para asistir a esta el matrimonio contrata a una dama de compañía, que tiene un turbio pasado que se va desvelando poco a poco. Porfiria Sanchiz incorpora a Vicenta, una criada del servicio doméstico. En dos de las escasas fotos que se conservan de la película se la identifica al fondo de la escena, en un plano secundario como era habitual en sus apariciones, pero haciendo gala de esa mirada intrigante suya tan característica. Los papeles principales del reparto fueron para José María Seoane, María Jesús Valdés, Gina Montes, Montserrat Blanch y Rafael Bardem, varios de los cuales ya habían coincidido con Porfiria sobre las tablas. El misterio en torno a Noche de celos se extiende a su argumento, escrito por Ángel A. Álvarez a partir de un cuento de José Castedo nunca localizado y de quien no se sabe absolutamente nada.














jueves, 9 de mayo de 2019

Las casas de Porfiria Sanchiz

La vida de Porfiria Sanchiz, sobre todo en su infancia, adolescencia y juventud, estuvo condicionada por el empleo de su padre Francisco, ingeniero de profesión, reclamado por buena parte de las compañías de electricidad que implantaban entonces la red a lo largo y ancho de la península y en los territorios insulares. De ahí el carácter nómada de esos primeros años de la futura actriz, cambiando de domicilio con bastante asiduidad, sin asentarse en ningún sitio. Me queda aún la tarea pendiente de concretar fechas y lugares de residencia para ir cerrando el círculo sobre ese itinerario que discurre por Barcelona, Puertollano, Málaga, Sevilla o Tenerife.

Me centraré ahora en las tres viviendas quizá más significativas de su vida. Porfiria nace en la madrugada del 15 de junio de 1909 en el número 13 de la céntrica calle Bolsa, entonces llamada Infanta Doña Eulalia. Por su cercanía con el corazón de la ciudad, la plaza del Cabildo y la calle Ancha, este primer tramo de la calle lo ocupaba la clase media, profesionales del sector del comercio, médicos, corredores, cosecheros, militares... mientras que el segundo tramo, que se extendía hasta el barrio marinero, lo componían las casas de las familias más humildes.

Mis investigaciones para localizar la casa natal en el archivo del catastro municipal fueron infructuosas, ya que la principal dificultad estribaba en saber, en caso de seguir en pie, qué número ocupaba en la numeración actual de la calle. La respuesta la encontré por pura casualidad en el libro Arquitectura del veraneo y su época en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), 1900-1950, de la investigadora Ana Mª Gómez Díaz-Franzón. En el capítulo 5.9 titulado "Otros edificios singulares en el casco urbano", y, en concreto, en el apartado "Casas en calle Bolsa y Trasbolsa", al hablar de la Casa Argüeso (actual Bolsa, 29), dice lo siguiente: "Un año después -1899-, el mismo Juan de Argüeso reformará la casa aledaña, entonces Bolsa, 13, que aún conserva las molduras de los huecos superiores decoradas con frisos de palmetas de carácter modernista". El azar depara a veces estas sorpresas. De ahí el agradecimiento que le dedico a Ana en mi libro.

Más dudas plantea el número 19 de la calle Gaztambide, en el barrio madrileño de Chamberí, donde Francisco instala su despacho y la familia su nueva residencia en 1929. Según la referencia catastral localizada en la sede electrónica del catastro del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, el edificio de viviendas del número 19 se construye en 1932, por lo que las hipótesis plausibles son que se edificara sobre el anterior o que la numeración cambiara como en el caso de Sanlúcar.




La tercera casa, posiblemente donde Porfiria residiera más tiempo, se corresponde con el número 2 del pasaje General Mola, llamado anteriormente Sud-América, perpendicular con la actual calle Príncipe de Vergara. Gracias al anuario editado por el Sindicato Nacional del Espectáculo tenemos constancia de que Porfiria vivió allí al menos desde 1955 hasta su fallecimiento en 1983.

jueves, 2 de mayo de 2019

Películas desaparecidas o no localizadas (I)

Son varias las películas desaparecidas de Porfiria Sanchiz o de las que no he podido localizar ninguna copia. También se ha dado el caso de no poder visionarla por encontrarse muy deteriorado el negativo, como me ocurrió con Hamelín (1968), localizada en la Filmoteca Española. Los claveles (1936) pertenece a ese escaso veinte por ciento de títulos invisibles en una filmografía que abarca 48 películas.
Realizada por Santiago Ontañón a partir de la zarzuela homónima escrita por Anselmo C. Carreño y Luis Fernández de Sevilla, con música de José Serrano, estrenada en 1929, se rueda entre noviembre y diciembre de 1935 en Barcelona, y, al estar producida por una empresa valenciana, la PCE (Productora Cinematográfica Española), se estrena en la capital levantina el 7 de enero, retrasándose el estreno nacional en Madrid al 3 de febrero.
Los claveles se inserta en el que podríamos llamar subgénero "zarzuelero" que consistió, sobre todo en los años dorados del cine mudo y en los primeros del sonoro, en filmar zarzuelas que habían cosechado gran éxito de público. Porfiria interpreta en la película a Paca, amiga y compañera de trabajo de Rosa, maestra de obreras de la fábrica de perfumes Los Claveles. Su actuación sería reconocida en algunos medios: "La interpretación revela el entusiasmo existente entre nuestros artistas por incorporarse al cinema. Muchos de ellos hay ya que han irrumpido en el lugar acotado a los triunfadores, llevando como primordial cualidad su sinceridad en la labor. Sinceridad que, a veces, tiene una vitalidad tan extraordinaria, que llega a suplir y aún a aventajar al genio. En Los claveles realizan un cometido de resultado alentador Amparo Bosch, María Arias, Porfiria Sanchiz, Mario Gabarrón y Ramón Cebrián" (El Liberal de Murcia, 7-4-1936).


miércoles, 24 de abril de 2019

El padre de la artista

Francisco Sanchiz Cucart (Gandía, 1875- ...), padre de la actriz Porfiria Sanchiz, fue un ingeniero muy reconocido en su época cuya actividad estuvo relacionada sobre todo con la implantación de la electricidad en España. Por ese motivo fue contratado por la Compañía Andaluza de Electricidad para instalar la red eléctrica en Sanlúcar, que sustituiría al alumbrado por gas. Su estancia en la localidad propició que allí naciera la futura actriz el 15 de junio de 1909.
La acuciante demanda de profesionales para la floreciente energía motivó que Francisco fuera reclamado en diferentes ciudades de toda España. En 1912 le situamos como ingeniero de la Sociedad Eléctrica Moderna de Jerez, y tenemos constancia de su paso por Cádiz, Sevilla, Málaga, Barcelona y Puertollano, donde Porfiria estuvo interna en un colegio religioso.
En 1928 Francisco es contratado por la Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riegos, S.A. (CICER) para implantar la red eléctrica en Tenerife y Las Palmas, donde llegó a exponer sus planos del trazado eléctrico en un escaparate de la ciudad. Tras este periplo insular, la familia se instalará definitivamente en Madrid, donde Francisco abrirá su propio despacho en el número 19 de la calle Gaztambide del barrio de Chamberí.
Hombre inquieto y muy trabajador, no descartamos que tuviera el arrojo de participar en un pequeño papel -quizá camarero- en la película La hija de Juan Simón (José Luis Saénz de Heredia, 1935), en cuyo reparto figura un tal Francisco Gaztambide -¿la calle de su despacho para ocultar su apellido?- de quien no se conocen más películas.


viernes, 12 de abril de 2019

Porfiria Sanchiz y Jacinto Benavente

Si a algún dramaturgo estuvo ligada especialmente la carrera de Porfiria Sanchiz ese fue Jacinto Benavente (1866-1954), uno de los autores más representados en las primeras décadas del siglo. De hecho, en la temporada en que debuta nuestra actriz, la 1930-31, Benavente llegó a tener 28 obras suyas en los escenarios.
El primer encuentro entre ambos fue con motivo de una función de homenaje al autor organizada por la Confederación Nacional de Maestros el 22 de enero de 1931 en el Teatro Cómico de Madrid. La obra representada fue Despedida cruel. Menos de dos meses después, ya integrada en la compañía de Margarita Xirgu, Porfiria incorporará el personaje de María Antonia en la obra De muy buena familia, estrenada el 11 de marzo en el Teatro Muñoz Seca.
El 18 de enero de 1935, formando parte de la compañía Díaz de Artigas-Collado, estrenará No juguéis con esas cosas en el Teatro Eslava en una velada con espectadores ilustres como el doctor Gregorio Marañón o los escritores Eduardo Marquina, Edgar Neville y Federico García Lorca. Ya en plena guerra civil, y con la compañía de Gaspar Campos, lleva a escena Los malhechores del bien (Barral, 8-7-1938).

Integrada en la compañía del Teatro Español que tantos éxitos le deparará, Porfiria vuelve a encontrarse con Benavente en La losa de los sueños, estrenada el 8 de febrero de 1941, y en la reposición de Sin querer, que tuvo lugar el 6 de marzo. Todavía tendría una oportunidad más de enfrentarse a los textos del insigne dramaturgo con la representación de Al S. de S.M.I., estrenada por el Teatro Nacional de Cámara y Ensayo el 27 de junio de 1955 en el Teatro María Guerrero, incorporando a Catalina de Rusia.



jueves, 5 de mayo de 2016

The Reader´s Diary (XLVII)

Los 80 años de Woody Allen han sido buena excusa para reeditar algunos de los mejores estudios sobre el prolífico y genial director neoyorquino, y también para pergeñar algunos títulos un tanto acomodaticios. El que hoy nos ocupa, Woody Allen, el último genio (Plaza&Janés, 2015), sólo puede entenderse de este modo, pues poco añade a la generosa bibliografía sobre el autor de Manhattan. Natalio Grueso, diplomático y amigo personal del cineasta, relata en primera persona algunas de las conversaciones y situaciones vividas con Allen en sus visitas a España, en algunas de las cuales ejerció como anfitrión. Podría pensarse que la impagable oportunidad de mantener un diálogo con el cineasta de tú a tú diera para juicios sobre algunos de sus trabajos, opiniones curiosas sobre el cine o la vida misma, o cuando menos alguna curiosidad desconocida de un rodaje o de su vida personal. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, Grueso se dedica a transitar por lugares comunes, clichés ya de sobra conocidos por los seguidores del director, sin aportar casi nada significativo sobre su vida y obra. A lo largo y ancho de un libro artificiosamente hinchado -letra grande, papel de gramaje generoso, fotos ilustrativas-, el autor se dedica a piropear al homenajeado en un tono amable que se acerca más al discurso de una cena honorífica. A pesar de no encontrar muchos motivos para la alegría, para los fanáticos del cineasta siempre es un placer regalarse los oídos -ojos en este caso- con los milagros y prodigios de su héroe.

Quizá algo excesivos sean también los honores tributados a Milena Busquets por su novela También esto pasará (Anagrama, 2014). A pesar de tratarse de un excelente trabajo, no hallo motivos para que sea considerado uno de los mejores del año ni de ese frenesí por hacerse con sus derechos de traducción antes de ser publicada. Si la comparo con otra novela reciente, El comensal, de Gabriela Ybarra, por abordar una temática de fondo parecida -la muerte de la madre y ser capaz de contarlo-, la novela de Busquets pierde a los puntos. En ambos casos, la narradora -alter ego de las autoras- hace de tripas corazón y decide echarse el dolor a los hombros en una novela intimista de alta graduación. Salir adelante es la meta. En el caso de Milena Busquets, la sombra alargada de la madre se filtra por un paisaje lleno de huidas físicas -a otros lugares, a otros cuerpos- y mentales, además de prolongarse hasta sus hijos, en los que trata de inocular un escudo protector. El lenguaje es duro, seco, sin concesiones, como si estas cosas no se pudieran contar de otro modo. La autora vacía su pesada mochila ante los ojos receptivos del lector, sin buscar compasión ni aquiescencia, sólo su papel de testigo de una tragedia que, de una forma más o menos cercana, le será conocida. Esta lenta intensa elegía in progress no tiene fisuras, pero tampoco ese armazón irreductible del que gozan las obras maestras.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

The Reader´s Diary (XLVI)

Entre el más de centenar de obras que se publican al año en nuestro país de temática exclusivamente cinematográfica menudean las biografías, los estudios sobre directores, las obras que apenas rebasan el estadio de la curiosidad y los inefables volúmenes donde predomina lo visual, ya se trate de abordar éxitos recientes como apoyo de merchandising o la historia del cine a través de sus títulos más clásicos. Que aparezca, por tanto, un libro como el presente, un enjundioso ensayo que invita a mirar las películas de otra forma, es ya digno de aplauso.

Instrucciones para ver una película (Pasado&Presente, 2015), del crítico David Thomson, es un estimulante ejercicio de cinefilia, pero con la virtud de ser apto para todo tipo de públicos. Su autor nos lleva de paseo a lo largo de diferentes títulos significativos del siglo XX, no tanto por su calidad estética -pues hay de todo, de obras maestras a títulos de fama pasajera e incluso alguno que otro de escasa relevancia-, sino por lo que pueden aportar para el enriquecimiento visual del espectador. De ahí que confronte títulos que aparentemente guardan poco parentesco, descubra el doble fondo de un fotograma o se salga de la pantalla para entrar en la vida real de un actor o director. El caso es ir más allá de la imagen, encontrar los detalles y matices que se nos pueden pasar por alto en el primer visionado, alcanzar la pluralidad de significados y referentes que están presentes delante o detrás de la pantalla para engrandecer la experiencia que supone ver una película y recuperar esas sensaciones que parecen haber fagocitado internet, youtube y otros aparentes enemigos del séptimo arte clásico. Error. Thomson nos convence que hasta en creaciones visuales ideadas expresamente para estos nuevos formatos puede haber una belleza devastadora. La clave está en no quedarse con la primera impresión, sino en "trabajarnos" la imagen. Sólo de esa forma conseguiremos llegar donde el director quiso o donde nunca pensó que pudiéramos llegar.


Aunque Thomson se refiera fundamentalmente a películas, también dedica espacio, como se hace inevitable en la época dorada que vive la ficción televisiva, a varias series de referencia. Algunas de ellas ya han logrado germinar libro propio que las abordan desde diferentes ángulos. La revista Jot Down ha decidido en su tercer monográfico reunir las cien series teen imprescindibles en un desenfadado volumen.100 series juveniles (Jot Down, 2015), que reúne a numerosos colaboradores de la conocida publicación, es un divertido y amable viaje en el tiempo que nos sumerge en series de nuestra infancia, adolescencia, juventud, algunas de las cuales aún perduran en nuestros días. Ahí están series inolvidables de institutos como "Salvados por la campana" o "Parker Lewis nunca pierde", familiares como "Padres forzosos", "Los problemas crecen", "Alf" o "Blossom", infantiles como "Heidi", "Marco" o "Candy Candy", numerosos ejemplos del manga animado y muchas otras de las que guardamos recuerdos con olor a naftalina: "El gran héroe americano", "El coche fantástico", "La familia Addams", etc.

En dos páginas dedicadas a cada una no se puede hacer un análisis minucioso, así que prima el chiste fácil, la nostalgia empedernida y el tono conmovedor. Sin duda, una obra valiosa que nos invita a recordar a esos inefables compañeros de crecimiento que se incrusta y sobresale en la avalancha de títulos que se publican en estas fechas para recordar los símbolos de la generación de los ochenta y noventa. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

The Reader´s Diary (XLV)

Que la vida de Frank Sinatra fue turbulenta no hace falta que venga nadie a descubrírnoslo. No es esa la intención del periodista Francisco Reyero, quien ya abordó episódicamente los escándalos del crooner en la Costa del Sol en su libro Cuerpos celestes (Ézaro, 2014), autor de Nunca volveré a ese maldito país (Fundación José Manuel Lara, 2015), memorándum de las diferentes estancias y correrías del cantante por el paisaje franquista español. Concebido al modo de los hoy desaparecidos teletipos periodísticos, la obra de Reyero es un exhaustivo trabajo de investigación gestado tras laboriosa pulsación de archivos y hemerotecas digitales amén de entrevistas con gacetilleros, fotógrafos y gente de la farándula que en algún momento se cruzó con el oscarizado astro. No se trata aquí de opinar sobre los desmanes, amoríos ni la bravura sexual de Sinatra, sino de dar fe de sus idas y venidas, motivadas casi siempre -rodajes aparte- por el cordón umbilical que le unió como un yugo al animal más bello del mundo, Ava Gardner, y que culminarían en un desencuentro absoluto rematado con la sentencia que da título al volumen. No esperen, sin embargo, la típica crónica fría y distante, pues Reyero se gusta con un estilo desenfadado y punzante, cronista certero de unos años que, desde luego, nunca volverán.

Certera se muestra también Sara Mesa en Cicatriz (Anagrama, 2015), novela de aparente sencillez que encierra más complejidad y capas textuales de lo descrito en su argumento: la relación de una pareja que se conoce por internet, él cleptómano confeso por vocación, ella humilde trabajadora receptora de sus desinteresados regalos. Sin hacer alardes estilísticos en una prosa muy temperada, Mesa consigue que la historia nos atrape desde el inicio y que nos impliquemos emocionalmente con ambos protagonistas, flagrantes testimonios de la despiadada soledad de la época actual, islas remotas que acaban juntándose casi por inercia. No nos equivoquemos: no estamos ante la típica historia de encuentro y/o desengaño amoroso, sino ante una feroz radiografía de la sociedad que vivimos -tecnología mediante- y las diferentes formas de afrontarla. Mesa consigue plenamente su objetivo: lograr que el resultado del duelo amoroso de la pareja nos importe bien poco, ya que las grandes virtudes de esta modesta novela residen en el trayecto, en los mensajes subterráneos que atesora.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Un gángster con alma de ángel

Junto a Humphrey Bogart y Edward G. Robinson, James Cagney (1899-1986) formó la primera línea de "tipos duros" del Hollywood clásico. Como ellos, también tuvo problemas a lo largo de toda su carrera para despojarse de esa imagen que le caracterizaba siempre con una pistola en la mano y un rictus endurecido que te hacía desear no cruzarte con él en una calle solitaria. A pesar de su baja estatura, su anómalo cabello pelirrojo, la energía de sus movimientos y su atropellada forma de hablar, casi como una metralleta, le convirtieron, tras unos inicios dubitativos, en el actor ideal para incorporar al gángster, al fuera de la ley, en una época -primeros años 30- que los había convertido en una especie de mitos para el público de las salas norteamericanas. Su papel más recordado de esta etapa sería el de Tom Powers en y El enemigo público (1931) con la famosa escena del pomelo aplastado sobre el rostro de Mae Clarke. Aunque la Warner, el estudio al que estuvo más vinculado pero contra el que luchó denodadamente por imponer sus condiciones sentando un precedente en las mejoras laborales de los actores y en su progresiva independencia de los estudios, trató de sofocar esa pasión por el lado peligroso de la vida logrando que Cagney se enfundara el uniforme de policía -G-Men, contra el imperio del crimen (1935)-, lo cierto es que fue incapaz de desligar al actor del poderoso icono cimentado en personajes como los de Ángeles con caras sucias (1938), Los violentos años 20 (1939) o la postrera Al rojo vivo (1949).

Miembro de una familia numerosa criada por su infatigable madre en el humilde barrio de Yorkshire, Cagney, como muchos personajes que luego incorporaría en la gran pantalla, se tuvo que fajar en la calle para sacar adelante a los suyos. Entre sus muchos trabajos, uno le dejaría una huella especial, el de bailarín, llegando a ser un consumado practicante, afición que, a la postre, le serviría para reportarle su único Oscar por su interpretación en Yanqui Dandy (1942). Sería este el momento culminante de una larga trayectoria a la que luego se añadirían westerns, películas de acción y comedias como la memorable Un, dos, tres (1961) de Billy Wilder, demostrando que su versatilidad artística abarcaba todos los géneros -antes de Errol Flynn, Cagney fue el actor elegido para hacer de Robín de los Bosques en el clásico de Michael Curtiz y William Keighley de 1938-.

Estas y muchas otras curiosidades las relata con profusión de detalles Jaime Boned en una extensa biografía, la primera publicada en castellano sobre el actor americano, situado en octavo lugar en el olimpo de las grandes leyendas del cine americano dada a conocer por el American Film Institute en 1999. James Cagney, el gángster eterno (T&B, 2015) escarba en la bibliografía publicada sobre el actor en Estados Unidos para ir desglosando sus opiniones personales, sus episodios familiares, su atípica vida social -contrariamente a la vida de muchas estrellas, Cagney no gustaba de trasnochar ni de saraos, y sólo se reunía cada cierto tiempo con un club selecto de amigos entre los que se encontraban Spencer Tracy o Frank McHugh-, e introducirse en todos sus rodajes, los preparativos, los estrenos, y la repercusión crítica que tuvieron. Sólo algunas expresiones poco afortunadas chirrían en una obra muy completa que viene a llenar uno de los muchos huecos que todavía faltan en la historiografía del cine del Hollywood clásico.

lunes, 27 de abril de 2015

Relatos en 35 mm.

Está al caer ya en las librerías la antología "Relatos en 35 mm.", una miscelánea de cuentos que abordan el hecho cinematográfico con Andalucía como referente. Me enorgullece decir que estoy en la nómina de los 17 autores elegidos, junto a Cristina Cerrada, María Zaragoza, Juan Varo Zafra, Loli Pérez, Javier Márquez Sánchez, Isabel Merino, José Iglesias Blandón, Sandra R. Fernández, José Carlos Carmona, Inmaculada Reina, Salvador Navarro, Clara Astarloa, Sonsoles Yovanka, Pedro Pablo Picazo, Elena Marqués y Antonio Rivero Taravillo. El prólogo y la iniciativa es de José Luis Ordóñez, al frente de la editorial El Sendero.

Este es el enlace directo a su página de facebook: https://www.facebook.com/relatosen35mm En breve se anunciarán las presentaciones por los diferentes rincones andaluces. 

martes, 2 de diciembre de 2014

The Reader´s Diary (XXXVII)

Hoy abordo tres libros que de un modo u otro hacen de la nostalgia su principal emblema: nostalgia por la cacharrería y pasatiempos de nuestra infancia, nostalgia por el cine clásico de Hollywood, y nostalgia por aquellas temporadas en las que el Athletic de Bilbao todavía ganaba títulos. Este último, Un soviético en la catedral, del periodista Eduardo Rodrigálvarez, se enmarca en la curiosa colección de libros de bolsillo "Hooligans ilutrados" de Libros del KO, que reúne textos de periodistas y aficionados de equipos señeros de nuestra liga con el ánimo de remarcar unas señas de identidad que a los verdaderos hinchas -no a los que se han hecho notar desgraciadamente en días recientes- nos hacen seguirlos contra viento y marea, de acuerdo con aquel grito que podría representar a todas las aficiones verdaderas: "Viva er Betis... manque pierda". Bilbaíno durante mucho tiempo afincado en Madrid, Rodrigálvarez evoca sus años de infancia en los que se afanaba en ser un extremo zurdo a pesar de ser diestro, y rememora los gloriosos años del Athletic de su famosa delantera, y también aquel equipo que fue capaz de ganar las dos últimas ligas con Clemente. Desde entonces, el Botxo sólo ha podido celebrar un subcampeonato y ver muy de cerca un trofeo que siempre se le escapaba, siendo especialmente dolorosa la derrota sufrida en Bucarest con Bielsa al frente. El autor de Un soviético en la catedral, título nada azaroso como el lector podrá comprobar, deseñtraña en breves pinceladas cómo el hincha del Athletic se rinde antes a un sentimiento que a un triunfo, porque éste ya va incluido en el anterior.
Aquellas dos ligas, la 82-83 y la 83-84, también las viví yo con la oreja pegada al carrusel deportivo, a pesar de ser testigo de sonoras derrotas en directo en los estadios que estaban a nuestro alcance, el Ramón de Carranza, el Sánchez Pizjuán y el Benito Villamarín -todavía recuerdo el deseo de que me tragara la tierra ante un público que se caía rendido ante un incomensurable Gordillo-. Y es que uno siempre tiende a recordar la infancia como un paraíso feliz, ajeno a las desgracias y sinsabores que luego nos deja la madurez, quizá porque entonces la inocencia podía a la tristeza. Javier Ikaz y Jorge Díaz son conscientes de ello, y por eso han alargado el éxito de su anterior libro con una segunda parte que también se ha ramificado en disco y promete ser trilogía, al modo de Papel y plástico, otra saga que comparte su mismo espíritu. Yo fui a EGB 2 (Plaza&Janés) hará nuevamente las delicias de los que vivimos aquellos años en los que los profesores fumaban en clase, sólo había dos cadenas de televisión, no se podía llamar por teléfono para avisar de un retraso, y los juegos del Spectrum tardaban cinco minutos en cargarse. Parcelando la nostalgia en áreas temáticas, los autores despliegan un emotivo aparato iconográfico que nos provocará más de un respingo -¡ése lo tenía yo!-, y que se adereza con cuestionarios que probarán nuestra memoria y un juego de mesa.
En los cines de mi infancia proyectaban con frecuencia clásicos que se alternaban con los estrenos. No era raro salir del colegio y ver una cartelera que anunciaba Ben-Hur, Los diez mandamientos o Siete novias para siete hermanos. Clásicos que hoy todos recordamos gestados en el sistema de los estudios de Hollywood, un universo rutilante, pero que también escondía bajo la alfombra sus trapos sucios, léase caza de brujas entre otros episodios vergonzantes. Profesionales, actores y directores fueron represaliados por su sabida o supuesta simpatía con los comunistas. Robert Rossen fue uno de ellos, aunque luego tratara de limpiarse sin conseguirlo del todo. Primero eficaz guionista -El lobo de mar, Un paseo bajo el sol-, y luego excelente director -Cuerpo y alma, El político, El buscavidas, Lilith-, Rossen fue pionero en la preservación de la independencia del autor frente al estudio. Su lucha contra un sistema que atenazaba la libertad creativa provocó que sólo llegara a dirigir diez películas y que algunas, como Alejandro Magno, sufrieran amputaciones y acabaran desvirtuadas. Quizá por este currículum tan breve, Rossen sea hoy un director injustamente olvidado y digno de la reivindicación que ha hecho José Antonio Jiménez de las Heras en la colección "Cineastas" de Cátedra. Un análisis pormenorizado de cada film en los que participó de uno u otro modo, así como un incisivo acercamiento a un proceso inquisitorial que marcaría toda su vida, son virtudes de una obra digna de alabanza.

sábado, 8 de noviembre de 2014

The Reader´s Diary (XXXVI)

Creo que ya he comentado por aquí en alguna ocasión mi fascinación por los cementerios de cierto valor escultórico. Cada vez que visito una ciudad europea, trato de acercarme a alguno. Así, a bote pronto recuerdo el de Montparnasse en París, el de Vysehrad en Praga o el de la Iglesia de San Pedro en Salzburgo. El recuerdo de los que se fueron presenta múltiples variantes según el arco temporal y geográfico en el que nos situemos, abarcando desde las momificaciones y pirámides de Egipto a las coloridas tumbas de los camposantos mejicanos. Todo un espectro -nunca mejor dicho- de posibilidades que oscilan entre la sobriedad y el barroquismo, pero cuya intención final es, al fin y al cabo, dejar testimonio del finado, de la indiferencia, cariño o veneración que se le tributa. Y sin duda, si pudiéramos establecer una subcategoría especial dentro del casi infinito catálogo de cementerios repartidos por la geografía mundial, ésa sería la de los osarios, cuya morbosidad linda ya con el género de terror. El imperio de la muerte. Historia cultural de los osarios (Ullmann, 2014) es un espectacular volumen que recoge la evolución de una forma de enterramiento mantenida a lo largo de los siglos cuyo carácter tétrico no puede ocultar su belleza estética.
Haciendo alarde de una exigente documentación y arropado por excelentes fotografías, grabados y dibujos, Paul Koudounaris nos regala un trabajo exuberante que traza un itinerario de la evolución de los osarios, planteados como aviso de lo que nos espera, como derroche de amor incontenible o como rincón maldito que hay que ocultar a la vista. Uno, que ha tenido oportunidad de ver la "Capilla de los Huesos" de la Iglesia de San Francisco de Évora, no podía imaginar la larga historia de huesos y calaveras perpetrada en su gran mayoría por artistas anónimos. En fin, una delicia visual no apta para espíritus proclives al susto fácil.
Es inevitable. A todos nos llega nuestra hora. Aunque Kirk Douglas, el último gran mito del Hollywood clásico junto a las hermanas Joan Fontaine y Olivia de Havilland, parece empeñado en ser centenario. A punto de cumplir 98 años, el otrora protagonista de tantos títulos inolvidables ha sido capaz de pergeñar un texto de emotiva sinceridad que nos retrotrae a la complicada génesis, producción y estreno de Espartaco, uno de los rodajes más conflictivos situado ya en el ocaso de los grandes estudios. De hecho, fue un exponente del cambio que empezaba a operarse en Hollywood, pues la produjo Douglas con su propia productora, entonces una práctica poco habitual. Entrando a saco en sus recuerdos sin omitir nombres y episodios desagradables, Douglas rememora la difícil gestación de un proyecto de apariencia megalómana que tuvo que competir con otro paralelo encabezado por Yul Brynner, pero que acabó imponiéndose gracias a su tesón por apoyarse en un reparto multiestelar y en el guión del masacrado Dalton Trumbo. Pues sí, Yo soy Espartaco (Capitán Swing, 2014) ofrece otra lectura, la de la despiadada caza de brujas que arrinconó el talento de muchos profesionales de la industria por ser simpatizantes comunistas o sospechosos de serlo. El libro, que cuesta no leer de un tirón, está plagado de anécdotas, de amistades bigger than life, de muchos, muchos roces -con el meticuloso Kubrick todo podía pasar-, y, sobre todo, de una pasión por el oficio cinematográfico que se palpa en cada línea.

lunes, 22 de septiembre de 2014

The Reader´s Diary (XXXV)

Los últimos datos facilitados por el Ministerio de Turismo confirman a Andalucía como una de las regiones más visitadas por los extranjeros. Resulta innecesario citar aquí los numerosos atractivos de su geografía, clima, gastronomía y festividades y tradiciones culturales, pues son bendecidos y pregonados por todos los rincones del planeta. Nuestra comunidad autónoma siempre ha sido una tierra de promisión, de escape, una especie de paraíso del que siempre queda algo por explotar. Y eso bien lo sabían actores, políticos, escritores, cineastas, altos dignatarios o miembros de la aristocracia. Cuerpos celestes. Estrellas, gobernantes y bohemios de viaje por Andalucía (Ézaro, 2014), del periodista Francisco Reyero, recopila una treintena de retratos de personajes que, por diversas circunstancias -pasión, oportunidades laborales o puro azar-, visitaron Andalucía para dejar su rutilante impronta en las hemerotecas.
Segmentando su enjundiosa búsqueda -lo duro de proyectos de este tipo es la criba, pues podían haber figurado otros muchos como el cineasta Jean Negulesco, que murió en Marbella- por categorías profesionales, Reyero relata con un estilo brioso y ocurrente las curiosas peripecias de multitud de personajes que recorrieron las diferentes provincias, y donde tienen cabida los escándalos de Frank Sinatra en la Costa del Sol, las correrías nocturnas de Peter O´Toole durante el rodaje de Lawrence de Arabia, los flirteos amorosos de Ava Gardner, o la fugaz estancia de Diana de Gales. De estas y otras personalidades como Jacqueline Kennedy, Steven Spielberg, Grace Kelly, Fidel Castro, Margaret Thatcher, Paul Bowles o el Sha de Persia, se ofrecen, además del apunte más literario, otro puramente informativo de los días y lugares elegidos y entregados a la posteridad. Un completo dossier fotográfico culmina la valía de una obra que se hacía necesaria.
Un muestrario de carácter bien distinto, aunque centrado también en la geografía, es el reflejado por Ciudades de cine (Cátedra, 2014), voluminoso estudio en el que colaboran numerosos especialistas y que pretende otorgar entidad bibliográfica a las ciudades más filmadas o queridas por el cinematógrafo -aun cuando en muchos casos hayan sido recreadas en estudio o en otra ciudad-. París, Berlín, Nueva York, Shanghai, Madrid, Viena, Roma, Lisboa, Barcelona, San Francisco, Nueva Delhi, Buenos Aires, Venecia o Sevilla asoman por las páginas de un libro que desglosa su transposicion a la pantalla a lo largo de diferentes etapas, desmenuza sus símbolos más socorridos, y trata de determinar cuál ha sido su repercusión en el séptimo arte, en la retina de un espectador al que se puede hacer soñar pero también engañar. Aliñado con profusión de imágenes y notas aclaratorias, este manual está llamado a convertirse en una valiosa obra de referencia para cinéfilos e interesados.