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jueves, 10 de septiembre de 2015

La noche de los monstruos


De los tres poetas que conforman la época dorada del romanticismo inglés -si partimos de que Wordsworth y Coleridge fueron los adelantados o primeros exponentes-, sin duda es John Keats el que responde más modélicamente a la imagen del ideal romántico fraguada por la cultura occidental, aunque ésta guardara una pálida semejanza con los auténticos postulados del movimiento. Aquejado muy joven de una enfermedad mortal entonces incurable, la leucemia, Keats llevó una vida sosegada y más bien casera, poco dada al derroche viajero y a la euforia amatoria de sus dos compañeros de ecuación: Lord Byron y Percy Bysse Shelley. A pesar de compartir su postrero lugar en la tierra con este último -el Cementerio Acatólico para Extranjeros de Roma-, a Keats no se le conocen turbias historias sentimentales ni episodios vergonzantes que fueron la comidilla de la alta sociedad inglesa. Keats fue el máximo ejemplo del poeta que puso su causa antes que esos estudios de medicina que se vio obligado a cursar. Tuvo un gran amor que casi no pudo paladear por su repentina muerte y que plasmó de manera elegante la directora Jane Campion en Bright Star. Este verano tuve la oportunidad de visitar su tumba, ésa que esconde su nombre y en la que se lee el conocido epitafio: "Aquí yace un joven poeta cuyo nombre fue escrito en el agua". Junto a él, la tumba de su amigo Joseph Severn, que le acompañó en los últimos días, y la del hijo de éste, muerto en extrañas circunstancias. Dijo Oscar Wilde que la tumba de Keats es el lugar más santo de toda Roma, y puedo dar fe de que es cierto, pues la paz que respira, y las sensaciones de humildad, sosiego y belleza que transmite obligan a uno a reverenciarla, a permanecer en silencio preso de una emoción indefinible.


Fiel a su carácter delicado y poco dado a las reuniones sociales, Keats no participó en la famosa noche de Villa Diodati, en la que Byron, Shelley, la mujer de éste, Mary, y Polidori, crearon dos de los mitos más universales del terror moderno: Frankenstein y el vampiro. Por eso, en El verano que nunca llegó (Mondadori, 2015), de William Ospina, adquiere un protagonismo secundario, siendo los actores principales los que se congregaron en esa velada terrorífica, pero no solo ellos, sino sus antepasados y descendientes, pues Ospina más que una novela, traza un ensayo metaliterario sobre aquella noche que parecía predispuesta a los relatos de fantasmas con la intención de aportar algo nuevo a lo ya mucho escrito o, al menos, de dejar plasmada su visión íntima del episodio, visitando los lugares emblemáticos o consultando la bibliografía apropiada. Podríamos decir, en definitiva, que El verano que nunca llegó es la historia personal de Ospina sobre el mito, un mito que parece inagotable y del que se seguirá hablando y escribiendo hasta el fin de los tiempos.

domingo, 18 de enero de 2015

The Reader´s Diary (XXXVIII)

La Antología poética preparada por el profesor Eduardo Sánchez Fernández (Linteo, 2014) nos permite redescubrir a uno de los poetas más olvidados del romanticismo inglés, eclipsado por la inexpugnable fama de su trío más representativo: Byron, Shelley y Keats. Quizá a John Clare no le benefició tener una vida larga -recordemos que sus coetáneos murieron a los 36, 30 y 26 años respectivamente-, ni haber fallecido en el manicomio en el que se llevó varias décadas encerrado. Los temas de su poesía no aspiraban a los retos de los versos de sus compañeros generacionales, todos ellos versados en el mundo clásico, amantes de extravagancias exóticas y de beberse la vida a grandes sorbos o, como en el caso de Keats, capaz de gigantescas metáforas con los elementos más sencillos. Clare era un poeta rural, quizá lo más parecido en Inglaterra a lo que en el siglo XX sería Miguel Hernández, y su poesía no era amiga de grandes hallazgos formales ni estilísticos, sólo de contar la hermosura de las briznas de hierba, de las vacas paciendo, de los amaneceres dominicales, tal comos se aparecían ante sus ojos. Es de elogiar el esfuerzo del profesor Sánchez Fernández por acercarnos algunos de sus mejores piezas. Pero no podemos decir lo mismo de la traducción. Basta comparar la asombrosa diferencia en la traslación de uno de los poemas mayores de Clare, I am, de la presente antología con la incluida en la exquisita Lírica inglesa del siglo XIX que Ángel Rupérez preparó para la editorial Trieste en 1987. Parecen dos poemas distintos. La intensidad que sabe imprimir Rupérez difiere notablemente de la más literal y plana de Sánchez Fernández, incapaz de transmitirnos la emoción que emanaba de los versos de un poeta pegado a la vida aún en sus arrebatos de mayor locura.


En otro sentido y, cambiando totalmente de tercio, también se me queda corto el que creemos último capítulo de las andanzas de los héroes cervantinos que sobrevivieron a Don Quijote. Si guardo un excelente recuerdo de Al morir Don Quijote, El final de Sancho Panza y otras suertes me ha resultado algo cansina, innecesaria al fin y al cabo, pues todo había quedado dicho en la anterior. Proseguir con las aventuras del escudero, el bachiller, el ama y la sobrina se me antoja como una secuela cinematográfica sin más fundamento que el enorme amor que, a todos nos consta, Trapiello profesa a los grandes clásicos hispánicos. Pero ello no basta para hacer una gran novela, a pesar del notable esfuerzo de su autor por recuperar el lenguaje de la época y urdir un marco espacial rigurosamente verosímil fruto de sus numerosas lecturas. Conseguir igualar el resultado de su predecesora era, nunca mejor dicho, una empresa quijotesca.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Se dice de este Diario secreto 1836-1837 (Funambulista, 2011) que fue el texto más buscado en Rusia durante casi siglo y medio. Aunque su autoría no está del todo demostrada, de confirmarse a más de uno se le podría caer un mito. Al igual que ha sucedido recientemente con la Poesía licenciosa de Espronceda o, en su día, con los Borbones en pelota de los hermanos Bécquer, el hallazgo de estos documentos, concebidos sin duda más como divertimento o desagravio propio que para una posible publicación, han hecho estragos en la idealizada imagen que muchos tenían del romanticismo. El idolatrado hijo de la gran Rusia, Alexander Pushkin (1799-1837), tuvo tiempo en sus treinta y ocho años de vida para ejercer a conciencia un libertinaje que no tiene nada que envidiar al de Casanova. Pushkin tenía necesidad permanente de la vagina femenina -cito textualmente: "Mi intenso estudio sobre la vulva no me ha permitido comprender por qué surgen sentimientos tan fuertes con sólo mirarla"- y coleccionó amantes de todas las edades, frecuentaba los prostíbulos, lo hacía con sus propias doncellas e incluso con miembros de su propia familia, participando, por supuesto, en orgías desenfrenadas.
Sin embargo, tal derroche de facultades no impedía que estuviera apasionadamente enamorado de su mujer, Nataly, y que no soportara que ésta flirteara con un apuesto soldado, al que se vio obligado a retar en el duelo que provocaría su muerte: Pushkin no era amigo de disparar el primero y, aún así, se había salvado en los numerosos enfrentamientos por cuestiones de honor que había disputado.
La narración que nos presenta Funambulista recoge sus pensamientos desde un año atrás hasta casi el día anterior al fatídico duelo que segaría su vida. La injerencia en su cómoda vida del posible amante de su esposa le lleva a redactar un diario en el que justifica las razones de su comportamiento, describe sin escatimar detalles algunas escenas de sus amoríos, y reflexiona sobre cuestiones como la pasión, el matrimonio y, por supuesto, el sexo. Como confiesa en algún pasaje del libro, el autor de La hija del capitán no quería que nadie, ni los más cercanos, leyeran este catálogo de perversiones y bajezas; de ahí, probablemente, que no cuidara demasiado el estilo literario y no tuviera problemas en repetirse una y otra vez. Leyendo este curioso memorándum da la impresión de que es más importante lo que sucede en los márgenes del diario, en la vida real, que lo que Pushkin nos cuenta, exhausto de placer y de vivir al límite, a modo de reposo del guerrero.
Por si a alguien no le había quedado claro con las licenciosas vidas de otros ilustres románticos como Byron o Shelley, cualquier prejuicio entonces se soslayaba con más facilidad que en nuestros tiempos. ¿Siempre nos quedará John Keats?

miércoles, 26 de agosto de 2009

Huellas literarias



Siempre me ha fascinado el turismo literario. Visitar las casas natales o en las que vivieron algún tiempo los escritores, los enclaves en los que se inspiraron para sus creaciones, los cafés que frecuentaban, sus tumbas... Es un turismo -un tanto fetichista, por qué no decirlo- que hay que hacer en solitario o con una pareja que comparta tu pasión, como es mi caso o el de mi buen amigo Tomás Rodríguez Reyes, que estuvo hace poco en Trieste siguiendo los pasos de Rilke. Le envidio. Yo lo más cerca que he estado del autor de los Sonetos a Orfeo ha sido en el Museo Rodin de París, edificio que albergó anteriormente el Hotel Biron donde estuvo residiendo el poeta, y en la habitación 208 del hotel Reina Victoria de Ronda, que mantiene prisionero el halo rilkeano para quien quiera visitarla.


El turismo literario exige una documentación previa al viaje que te evite encontrarte cerrada la casa de Victor Hugo en la plaza de los Vosgos parisina o te indique el acceso a la escondida tumba de Robert Graves en Cala Deiá. Por eso, cuando alguien se dedica a facilitarte expresamente el camino hay que agradecérselo. Si anotáramos en un cuaderno todos los lugares citados en el Libro de Réquiems de Mauricio Wiesenthal (Edhasa, 2009), tendríamos que dedicar casi el resto de nuestra vida a ponerlo en práctica. El autor de El esnobismo de las golondrinas -otro arcón de pistas literarias para los más aventureros- evoca la historia cultural europea de los últimos siglos trazando una biografía dibujada que evoca lugares, objetos, cementerios, paseos y encuentros que nos llevan de un personaje a otro con absoluta facilidad. Viajero incansable, Wiesenthal conoció a algunos de los protagonistas, a sus descendientes o a personas que pudieron contarle detalles de los numerosos autores que recorren las páginas de esta especie de biblia de los letraheridos que podría venderse perfectamente en un pack con esas Tumbas de poetas y pensadores de Cees Nooteboom, otra joya imprescindible para los mochileros de libro en mano.


Una de las vidas recreadas por Wiesenthal es la de Lord Byron quien, tras visitar Lisboa y Sintra, estuvo de paso por Cádiz y Jerez. Poco antes de leer estas páginas supe gracias a otro buen amigo, José Luis Jiménez, que ahora acaba de cumplirse el bicentenario de aquella célebre visita, que tuvo lugar el 29 de julio de 1809, y de la que el poeta dejó constancia en su obra La peregrinación de Childe Harold. Byron tomó aposentos en la vivienda de su pariente Jacobo Arturo Gordon Smythe, hoy Casa de las Atarazanas, y conservada en buen estado en la céntrica Plaza de San Andrés junto al colegio Compañía de María. ¡Cuántas veces habría pasado yo por allí sin tener noticia de este hecho! Eso me ha demostrado que a veces los recuerdos literarios pueden estar en los lugares más insólitos y que, a veces, no hay que buscarlos sino que vienen a buscarte. Aunque efímero, el fantasma negro de Byron sigue rondando por este noble caserón.

jueves, 26 de marzo de 2009

Larra-Larsson: unidos en la ¿desgracia?



Además de la anecdótica similitud en el inicio de su apellido, dos figuras tan aparentemente distantes en tiempo y lugar como nuestro Mariano José de Larra y el sueco Stieg Larsson podrían estar unidos por algo más que su profesión periodística. Si establecemos la barrera de los 50 años como frontera para pasar a la otra vida antes de tiempo, de forma antinatural, ya sea consciente o inconscientemente (léase suicidio, enfermedad, accidente, etc.), los autores de El doncel de don Enrique el doliente y Los hombres que no amaban a las mujeres coincidieron en quebrar las expectativas de muchos lectores con su fuga temprana. Peró ahí radica el quid de la cuestión: si hay que tomar partido, ¿es preferible morir en la cúspide de la fama o dejar una obra que se revalorize con el fallecimiento del autor y lo convierta en una estrella post-mortem? Dicho de otro modo, ¿elegiríamos el síndrome Valentino o el efecto Van Gogh? En el primer caso el autor pudo vanagloriarse de lo que fue, mientras que en el segundo son los herederos y testaferros los que reciben las prebendas, sin importarles lo más mínimo que el público, por efecto de un boca a boca imparable y masivo, se equivoque en los títulos de las obras de sus antepasados o piensen que estos aún viven y pregunten cuándo publicará la próxima aventura de, por ejemplo, Mikael Blomkvist.


Viene todo esto a cuento de la lectura de la última biografía de Larra escrita por su tataranieto, Larra, biografía de un hombre desesperado (Aguilar), que narra los apenas diez años que ejerció como tal el escritor. Larra se quitó la vida a los 28 años. Sólo en su siglo XIX y en el XX podríamos citar una amplia nómina de literatos que se fueron dejando una obra corta pero suficientemente importante como para ser recordada forever: desde su contemporáneo Espronceda (34 años) a los estandartes del romanticismo inglés, Lord Byron (36), Shelley (30), y Keats (26), pasando por -me dejado llevar por las preferencias personales, qué le voy a hacer-: Jack London (40), Kafka (41), John Kennedy Toole (31), Esenin (30), Blok (41), Pushkin (38), Bécquer (34), las hermanas Brontë Charlotte (39), Emily (30) y Anne (29), etc.


Muchas veces la temprana tragedia no lleva aparejado el futuro estrellato, pues sólo la distancia de los años y el análisis crítico de la obra legada justificarán el ensalzamiento. Quizá de vivir Larsson el estallido de su trilogía hubiera sido el mismo, pero el saberle ya "indefenso" le confiere una aureola de romanticismo trasnochado e ídolo pop que envidiaría si pudiera el mismísimo Larra.