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Entrevista capotiana a Almudena Fernández Ostolaza
Hace 6 horas
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La Antología poética preparada por el profesor Eduardo Sánchez Fernández (Linteo, 2014) nos permite redescubrir a uno de los poetas más olvidados del romanticismo inglés, eclipsado por la inexpugnable fama de su trío más representativo: Byron, Shelley y Keats. Quizá a John Clare no le benefició tener una vida larga -recordemos que sus coetáneos murieron a los 36, 30 y 26 años respectivamente-, ni haber fallecido en el manicomio en el que se llevó varias décadas encerrado. Los temas de su poesía no aspiraban a los retos de los versos de sus compañeros generacionales, todos ellos versados en el mundo clásico, amantes de extravagancias exóticas y de beberse la vida a grandes sorbos o, como en el caso de Keats, capaz de gigantescas metáforas con los elementos más sencillos. Clare era un poeta rural, quizá lo más parecido en Inglaterra a lo que en el siglo XX sería Miguel Hernández, y su poesía no era amiga de grandes hallazgos formales ni estilísticos, sólo de contar la hermosura de las briznas de hierba, de las vacas paciendo, de los amaneceres dominicales, tal comos se aparecían ante sus ojos. Es de elogiar el esfuerzo del profesor Sánchez Fernández por acercarnos algunos de sus mejores piezas. Pero no podemos decir lo mismo de la traducción. Basta comparar la asombrosa diferencia en la traslación de uno de los poemas mayores de Clare, I am, de la presente antología con la incluida en la exquisita Lírica inglesa del siglo XIX que Ángel Rupérez preparó para la editorial Trieste en 1987. Parecen dos poemas distintos. La intensidad que sabe imprimir Rupérez difiere notablemente de la más literal y plana de Sánchez Fernández, incapaz de transmitirnos la emoción que emanaba de los versos de un poeta pegado a la vida aún en sus arrebatos de mayor locura.
Se dice de este Diario secreto 1836-1837 (Funambulista, 2011) que fue el texto más buscado en Rusia durante casi siglo y medio. Aunque su autoría no está del todo demostrada, de confirmarse a más de uno se le podría caer un mito. Al igual que ha sucedido recientemente con la Poesía licenciosa de Espronceda o, en su día, con los Borbones en pelota de los hermanos Bécquer, el hallazgo de estos documentos, concebidos sin duda más como divertimento o desagravio propio que para una posible publicación, han hecho estragos en la idealizada imagen que muchos tenían del romanticismo. El idolatrado hijo de la gran Rusia, Alexander Pushkin (1799-1837), tuvo tiempo en sus treinta y ocho años de vida para ejercer a conciencia un libertinaje que no tiene nada que envidiar al de Casanova. Pushkin tenía necesidad permanente de la vagina femenina -cito textualmente: "Mi intenso estudio sobre la vulva no me ha permitido comprender por qué surgen sentimientos tan fuertes con sólo mirarla"- y coleccionó amantes de todas las edades, frecuentaba los prostíbulos, lo hacía con sus propias doncellas e incluso con miembros de su propia familia, participando, por supuesto, en orgías desenfrenadas.
de Lord Byron quien, tras visitar Lisboa y Sintra, estuvo de paso por Cádiz y Jerez. Poco antes de leer estas páginas supe gracias a otro buen amigo, José Luis Jiménez, que ahora acaba de cumplirse el bicentenario de aquella célebre visita, que tuvo lugar el 29 de julio de 1809, y de la que el poeta dejó constancia en su obra La peregrinación de Childe Harold. Byron tomó aposentos en la vivienda de su pariente Jacobo Arturo Gordon Smythe, hoy Casa de las Atarazanas, y conservada en buen estado en la céntrica Plaza de San Andrés junto al colegio Compañía de María. ¡Cuántas veces habría pasado yo por allí sin tener noticia de este hecho! Eso me ha demostrado que a veces los recuerdos literarios pueden estar en los lugares más insólitos y que, a veces, no hay que buscarlos sino que vienen a buscarte. Aunque efímero, el fantasma negro de Byron sigue rondando por este noble caserón.
ectores con su fuga temprana. Peró ahí radica el quid de la cuestión: si hay que tomar partido, ¿es preferible morir en la cúspide de la fama o dejar una obra que se revalorize con el fallecimiento del autor y lo convierta en una estrella post-mortem? Dicho de otro modo, ¿elegiríamos el síndrome Valentino o el efecto Van Gogh? En el primer caso el autor pudo vanagloriarse de lo que fue, mientras que en el segundo son los herederos y testaferros los que reciben las prebendas, sin importarles lo más mínimo que el público, por efecto de un boca a boca imparable y masivo, se equivoque en los títulos de las obras de sus antepasados o piensen que estos aún viven y pregunten cuándo publicará la próxima aventura de, por ejemplo, Mikael Blomkvist.