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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Give me five (2013)

No, no he dejado de escribir, sólo me he tomado una breve pausa para leer más y mejor. Por eso, apelo a la manida sentencia de "no están todos los que son, pero sí son todos los que están" para dejaros, como hice a finales de 2011, mi lista de los mejores del año que acaba, esperando que el 2014 traiga tan buena cosecha como la presente. Mis mejores deseos literarios para todos:

Narrativa: 1. Prohibido entrar sin pantalones. Juan Bonilla (Seix Barral) / 2. Shakespeare y la ballena blanca. Jon Bilbao (Tusquets) / 3.  Técnicas de iluminación. Eloy Tizón (Páginas de Espuma) / 4. El libro de los pequeños milagros. Juan Jacinto Muñoz Rangel (Páginas de Espuma) / 5. Coral Glynn. Peter Cameron (Libros del Asteroide).

No ficción y otros géneros: 1. El banquete de los genios. Manuel Hidalgo (Península) / 2. La arquitectura del aire. Carlos Marzal (Tusquets) / 3. Mirador. Pilar Pardo (Canto y Cuento) / 4. Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina (Seix Barral) / 5. Instrucciones para fracasar mejor. Miguel Albero (Abada).

lunes, 2 de diciembre de 2013

The Reader´s Diary (XXVII)

El título del ensayo con el que Toni Montesinos se hizo con el XI Premio Internacional de Crítica Literaria Amado Alonso era originalmente El éxito y la rabia. Lecturas emparejadas de narrativa estadounidense. A la hora de publicarlo en la editorial Pre-Textos ha optado por una pequeña modificación: La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana. Modificación menor, pero importante, ya que el autor ha preferido resaltar antes el sentimiento, la pasión que se palpa en la obra de los autores reseñados, que la estructura elegida, el emparejamiento por cuestiones vitales, geográficas o estilísticas de los escritores analizados, cuestión que desarrolla ampliamente en el prólogo. Es más, me atrevería a decir que el término elegido admite una doble lectura, visible nada más comenzar este atractivo viaje por la narrativa norteamericana contemporánea, que no es otra que la pasión con la que Montesinos transita de una costa a otra del continente, mostrándose leído, adulando y criticando para ser honesto consigo mismo, aunque ello le cueste desmontar algunos mitos intocables de la modernidad. El texto del autor del reciente Diario del poeta isleño, al contrario que otras obras similares que exigen complicidad, no excluye a ningún lector, pues se preocupa de aportar datos biográficos y bibliográficos sin caer en el enciclopedismo ni en un didacticismo hueco. Este método le permite a un tiempo informar y opinar, recrear y seducir, y, más importante aún, invitar a la lectura de títulos clásicos y también menos conocidos de autores como Faulkner, Melville, McCullers, Fante, Schulberg, Saroyan, Hammett o Scott Fitzgerald, por citar sólo a algunos. Montesinos deja el último capítulo abierto para buscar líneas de acercamiento o puntos de encuentro entre Paul Auster -de cuya narrativa hace un espléndido análisis en unas pocas páginas- y otros escritores contemporáneos. Pues, como no me cansaré de decir, una novela, un relato o cualquier texto de creación literaria, siempre llama a otro.
La narrativa de Juan Bonilla también se ha caracterizado siempre por llamar a otros textos, citados expresamente por el autor a modo de homenaje -famosas son las búsquedas o rememoraciones bibliográficas de sus personajes-, pero sobre todo por fagocitarse a sí mismo. El corpus literario del escritor jerezano quizá sea uno de los más personales de la narrativa española actual, pues bebe de sí mismo, ramificándose en mil direcciones y adoptando los registros más variados: novela, relato, poesía, artículos, obras de encargo, híbridos de todo ellos... Al afrontar la lectura de su último libro de cuentos, Una manada de ñus (Pre-Textos, 2013), uno tiene la impresión de haber leído algunos pasajes con anterioridad, siente que esa anécdota le suena de otro libro, y sin embargo, asume también que no le importa, que se ensambla perfectamente en su nuevo soporte y lo enriquece, dándonos la razón al afirmar que la obra de Bonilla es una novela en marcha, al modo de decir de Trapiello. Otra constante en la obra del autor de Tanta gente sola, sobre todo de su narrativa breve, es su hábil conjugación de elementos autobiográficos y ficticios. Pero es en Una manada de ñus donde esta querencia se hace más visible. Hay varios relatos que evocan su infancia y adolescencia -y me atrevería a decir que Bonilla camufla poco su pasado, incluso en los nombres propios y las fechas-, como los dedicados a la idolatrada Brooke Shields o al ajedrez, y otros que se acercan a su presente más físico, como el impagable cuento sobre su vivencia del ascenso del Xerez a Primera en un hotel de Berlín, o el que relata los últimos días de un familiar muy cercano en el hospital. En todos ellos, y en otros de gran factura como "El llanto", se aprecia ese paralelismo tan caro al autor entre los ocurrentes -y muy retorcidos a veces- pensamientos de sus personajes y los del propio autor, al que imaginamos calibrando el impacto de sus imágenes, como que un jurado literario se trague página a página aquel libro que nunca premió. Buena prueba de ello es la imagen elegida para su nueva colección, una brillante metáfora para explicar el paso de la adolescencia a la madurez, donde algo de nosotros, al igual que los miembros de la manada menos afortunados, siempre se queda en el camino.

lunes, 6 de mayo de 2013

The Reader´s Diary (XVI)

Dos recientes lecturas me han traído recuerdos personales relacionados con diferentes etapas de mi vida. Empiezo con el Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateurs, de Miguel Cane (Impedimenta, 2013), una -también- pequeña joya de diseño editorial con magníficas ilustraciones de Ana Bustelo. El joven articulista mejicano, que goza de cierto prestigio en su país por sus escritos cinematográficos y su largo currículum de party boy -no me preguntéis en qué consiste eso-, ha redactado una coqueta monografía de sus filias y devociones cinematográficas con un estilo desenvuelto y ameno, donde caben directores, personajes, pero sobre todo, muchos actores y actrices de todos los tiempos conocidos en su mayoría por buena parte del público, pero también muchos olvidados, secundarios de lujo o sin él, y también fetiches personales del autor. Es inútil, por tanto, juzgar el volumen por sus ausencias y presencias, ya que la intención del autor no es elaborar un exhaustivo diccionario biográfico -para eso, ya hay varias obras de consulta-, sino acercar al espectador con ínfulas de mitómano aquellas figuras que él considera relevantes en el devenir del séptimo arte, o que lo fueron para él en su formación cinematográfica. Los no iniciados se encontrarán por tanto con un arsenal de datos desconocido que mejorará su información sobre determinada figura, mientras que los cinéfilos se recrearán con pasajes ya conocidos ilustrados con una prosa elegante que combina lo didáctico con el apasionamiento, la enseñanza con la pura adoración. Es ahí, en ese carácter híbrido de la obra, donde encuentro cierto paralelismo con mi ya lejano Sopa de cine. Con ese libro también pretendí rendir tributo a algunos de mis iconos referenciales del séptimo arte -Bruce Lee, Paul Naschy, los niños prodigio, etc.-, pero, al mismo tiempo, con un enfoque didáctico e ilustrativo que hiciera accesible la larga historia del cinematógrafo a las nuevas generaciones.
Pero, como decía, no ha sido el único viaje en el tiempo de estos últimos días. En una feria del libro de ocasión me topé hace años con dos volúmenes sueltos de una "Historia universal de la literatura" que, contrariamente a lo que podía sospechar, estaba perfectamente documentada y escrita con un rigor analítico fuera de toda duda. Uno de los tomos dedicaba un capítulo entero a los movimientos literarios rusos de principios del siglo XX, como el acméismo, el futurismo y otros movimientos de vanguardia protagonizados por Blok, Esenin, Ajmatova o Maiakovski. Fue suficiente para que me sintiera fascinado por la forma de encarar la literatura de algunos de ellos en una época especialmente difícil y cambiante, tanto que fue mi tema elegido para un trabajo de la asignatura de Literatura que tuve que hacer en primero de Periodismo. Todavía recuerdo a mi profesora sorprendida por la profusión de datos que había incluído en el trabajo y mi excelso conocimiento de un panorama literario tan lejano a nosotros.
En cuanto me enteré, hace poco más de un mes, que el argumento de la nueva novela de Juan Bonilla, Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral, 2013), giraba en torno a la gigantesca -en todos los sentidos- figura de Maiakovski, me abalancé sobre ella y la devoré. El planteamiento del autor no puede ser más idóneo, ya que se introduce de lleno en la época con una prosa espasmódica, que no da respiro y relega al mínimo los signos de puntuación, imbricando voces narrativas con fragmentos de cartas, poemas y apuntes personales de un narrador omnisciente que también participa de ese tornado de ideas y ese comerse la vida a dentelladas que fue el futurismo, o al menos, el futurismo entendido por Maiakovski. No podía hallarse un vehículo mejor para esos versos salvajes, esas imágenes impactantes que el poeta supo plasmar para la posteridad. Por la novela de Bonilla desfila toda la galería de literatos, políticos, amantes, cineastas y funcionarios que hicieron de aquella Rusia un hervidero cultural y revolucionario. El autor de Nadie conoce a nadie se introduce en un registro menos habitual adoptando ese tono gamberro al que se refiere el marketing editorial, y nosotros se lo agradecemos. Creo que no había otra forma de traspasar el alma de Maiakovski, ese poeta ciclón que, en sus últimos días, antes de que se descerrajara un tiro en el corazón, era consciente de que su fama nunca llegaría a ser la de Gorki. Su clarividencia, como en tantas otras cosas, fue total.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Cervantes en Sanlúcar

La consecución del último Premio Cervantes por parte de José Manuel Caballero Bonald ha sido una satisfacción para muchos de los que los conocemos desde hace años. Sabido es que Pepe es un enamorado del paisaje sanluqueño y de la inigualable visión que ofrece de Doñana. En su día tuve oportunidad de entrevistarle en su chalé de Montijo para el suplemento cultural Mosaico que entonces capitaneaba junto a mi hermano Félix J. Meses después lo hice de nuevo para La Ronda del Libro, el periódico literario de la Feria del Libro de Cádiz que dirigió mientras fue posible el bueno de José Manuel Benítez Ariza. Caballero Bonald estaba en plena efervescencia literaria. Acababa de publicar Diario de Argónida y estaba metido de lleno en la redacción de su segundo tomo de memorias, La costumbre de vivir; por si fuera poco, su Fundación en Jerez era casi una realidad. Permitidme retroceder en el tiempo y transcribir algunos fragmentos de ambas conversaciones:

"Las primeras novelas de García Márquez y de Vargas Llosa eran ejemplares y poco a poco -sobre todo Vargas Llosa a partir de La tía Julia y el escribidor- han ido en decadencia franca: Los cuadernos de don Rigoberto no me gusta nada y tampoco Noticia de un secuestro. Creo que esos novelistas han ido decreciendo, desmereciendo de su obra anterior, y otros no existieron nunca. Pero estas son opiniones personales: yo ya tengo mucha edad para callarme. Por ejemplo, Ernesto Sábato me parece un escritor hinchado por no sé qué razones en España: alguna vez he dicho que me parece un apocalíptico en versión rioplatense. No me interesa, como tampoco Cabrera Infante, que es un especialista en juegos de palabras. Los grandes maestros novelísticos para mí han sido Rulfo, Carpentier y Onetti, y los tres, incomparables en el siglo XX español, que enlazan con Valle Inclán, ya están muertos. Los novelistas del ´boom´ o han muerto o van declinando".

"Sigo siendo crítico con Jerez. Lo que pasa es que yo criticaba un Jerez que ya no existe: el Jerez de mis novelas es el de hace treinta o cuarenta años, el del franquismo, donde las grandes familias bodegueras eran todavía omnipotentes. La propia dinámica de la historia ha hecho cambiar estas familias. Pero cuando hay cosas que no me gustan en Jerez, lo sigo diciendo tanto en mi obra como en las conversaciones. Lo de la Fundación me halaga, porque tendré un sitio para depositar mi archivo documental: fotografías, papeles, correspondencia... Además, a través de ellas se canalizará toda la actividad cultural de Jerez, tanto en el terreno de exposiciones de pintura como en conciertos de música o ciclos de conferencias y seminarios. Además me han dicho indirectamente que van a comprar la casa donde nací -el nº 17 de la calle Caballeros, que derribaron para construir un banco y que hoy es una oficina de agricultura de la Junta- para que sea la sede de la Fundación, y eso me parece casi un sueño".

"A lo mejor me he excedido en ciertas cosas, y esos excesos hoy no los hubiera cometido. Pero son cosas muy íntimas. En general, estoy contento con lo que he hecho y volvería a hacer muchas cosas otra vez. Uno se equivoca y tropieza con la misma piedra muchas veces. Además, es mejor que se equivoque solo a que lo haga a través de consejos ajenos".


"Hay gente joven que viene muy bien dispuesta, que escribe bien, y que si se olvida de ciertos manejos e incitaciones comerciales impuestas por la moda (hacer una novela realista de éxito fácil, directo e inmediato) y de la desmedida ambición de ingresar de inmediato en las nóminas de los libros más vendidos, y recapacitan, saldrán adelante con éxito. Citaría a Felipe Benítez Reyes, Juan Manuel de Prada, Antonio Soler, Juan Bonilla o a ese gran prosista que es Luis García Montero, siempre oculto por su poesía. Pero también he dicho que para mí los grandes artistas del idioma actual son prácticamente desconocidos para el gran público y la gente casi no habla de ellos. Siempre pongo el máximo ejemplo de Manuel de Lope".

miércoles, 1 de agosto de 2012

The reader´s diary (X)

Aunque entre una y otra existan diferentes gradaciones, básicamente hay dos grandes modos de biografiar, de contar la vida de otro: la biografía pura y dura, que se ciñe en orden cronológico a las fechas más significativas y a las obras más relevantes dejadas por el homenajeado, y la biografía literaria, la que, apoyándose en algunos datos conocidos de la persona en cuestión, elabora una trama narrativa donde la ficción convive con la realidad para ofrecernos un personaje más que una persona. Ambas son formulaciones válidas para lograr el mismo objetivo: acercarnos a una vida lo suficientemente interesante como para merecer el esfuerzo.
En el primer grupo podría encuadrarse El tiempo es un sueño pop (RBA), biografía de Juan Bonilla sobre Terenci Moix que mereció el último premio Gaziel. Acostumbrado a lidiar con todo tipo de géneros, o quizá sería mejor decir, a imbricarlos unos con otros para lograr extraños híbridos de ensayo y ficción, Juan Bonilla demuestra con este solvente trabajo que también es capaz de imponer su estilo a un proyecto más académico de los que suele atacar con su ocurrente y chispeante pluma. Envuelto en su capa de periodista -entrevistó a Moix en el sevillano hotel Alfonso XIII revelando que las entrevistas con el escritor no podían ser cualquier cosa- y amigo, Bonilla deja más espacio en su volumen para los primeros pasos del Moix escritor, su titubeante acceso al mundo literario en una Barcelona vanguardista, y esas primeras novelas en las que ofreció lo mejor de sí mismo. Menos campo deja para el Moix más popular, el de El amargo don de la belleza o El arpista ciego, quizá porque todos conocemos más esa historia de vedette y tiple amante de figurar en cualquier sarao televisivo. Bonilla entra al trapo en sus creaciones, las sopesa y las valora en su justa medida, hablando también de proyectos frustrados, de encargos, de pasajes delirantes y cruentos en su agitada vida, de una memoria cinematográfica enciclopédica que envidiaría el mismo Georges Sadoul... Además del conocimiento de su propia persona, Bonilla recurre al valioso testimonio de su hermana Ana María Moix, a críticas de suplmentos y revistas, o a la imprescindible correspondencia. El resultado, un libro que nos acerca al Moix más íntimo y también al más extrovertido, y que a buen seguro el homenajeado habría aprobado con creces.
Los amores oscuros (Temas de Hoy) pertenece, en cambio, al segundo grupo de biografías. Tomando como punto de partida la revelación hallada en el estudio de Agustín Penón sobre el último amor de Federico García Lorca, el también jerezano Manuel Francisco Reina -contando con testimonios del propio Juan Ramírez de Lucas, de amigos íntimos de la pareja, cartas y documentos inéditos- narra los últimos años del poeta tal como pudieron haber ocurrido a raíz de estas revelaciones, situando como protagonista al joven amor del poeta, quien desde la cama de un hospital decide contar su vida a la doctora que le atienda y, de paso, también al lector. Situándose en esta perspectiva amorosa, pero sin caer en el folletín lacrimógeno, Reina nos introduce en ese Madrid de la República donde la cultura hervía por cada rincón, pero también en esa capital que empezaba a resquebrajarse con los desafueros de los descontentos, precipitando esa guerra que acabaría con todo, también con ese amor oscuro que navegaba a contracorriente, condenado de antemano. Emocionante y con gran poder evocativo, Los amores oscuros nos confirma el talento de un joven narrador que ya había dado suficientes muestras en creaciones anteriores.

viernes, 25 de febrero de 2011

Las perlas enterradas


Con cada edición de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, la Universidad de Sevilla tiene de unos años a esta parte la loable costumbre de publicar un libro que, presentado como un complemento más de la cita, enriquezca la misma con nuevas investigaciones o visiones de la historia sevillana relacionada en mayor o menor medida con el mundo del libro. Al publicado en la edición anterior, el interesante Enfermos del libro, de Miguel Albero, se suma ahora este Un mundo de libros, una antología, llamésmola, de bibliófilos, ya que la encargada de la edición, la profesora Yolanda Morató -autora también de algún capítulo-, aglutina en sus páginas los recorridos de diferentes autores por las librerías de viejo y de anticuario de medio mundo.
Tras un prólogo de Juan Manuel Bonet, del que también se nos ofrecen sus escrupulosas pesquisas por las jugosas trastiendas parisinas, este viaje quijotesco, algo enfebrecido, se inicia en la ciudad hispalense, con gran tradición en el universo del libro viejo. El más veterano Fernando Ortiz traza la visión de las librerías que fueron, mientras Juan Bonilla traza una cartografía de las que siguen, un recorrido animado por sus habituales ocurrencias y episodios memorables. En Madrid, Jesús Marchamalo bucea en los libros dedicados, mientras el imprescindible Andrés Trapiello saluda a sus proveedores habituales casi como uno más de la casa. De hecho, si uno pasea por la Cuesta Moyano, cree adivinar siempre la sombra del escritor leonés. El recorrido europeo prosigue con el impagable Iwasaki, que comprueba si son verdades los mitos y leyendas que circulan sobre la Shakespeare and Company, continúa con el vagabundeo letraherido de Morató por Londres, con el abrazo protector que siente Emilio Quintana en las librerías de Estocolmo, y culmina con el apasionante paseo de Eva Díaz Pérez por las fascinantes Praga y Budapest, dueñas de rincones ignotos impregnados de belleza decimonónica.
Cruzamos el charco y llegamos a América con un divertido viaje de Bonilla por librerías latinoamericanas buscando tesoros ocultos a precio de saldo, y un no menos desternillante relato de otro buscador, José María Conget, al que casi siempre se le adelanta el librero anticuario por excelencia de nuestro país, Abelardo Linares. Esta odisea de tinta gastada y papel amarillento culmina con las visiones de Morató sobre Nueva Orleans, la de Garriga Vela sobre Caracas y la de Miguel Alberto sobre Buenos Aires. Todos ellos nos ofrecen claves y lugares que no podemos dejar de pasar por alto, y nos recuerdan que a veces una buena edición de aquel libro que creíamos perdido bien merece que nos dejemos un poco de vida.

lunes, 1 de junio de 2009

Las muñecas rusas


Como ya comentaba aquí mismo hace unos días al abordar su antología poética, la escritura de Juan Bonilla es uno de los más perfectos ejemplos en nuestras letras de lo que se ha dado en llamar universo propio. Como a él mismo le gusta confesar en alguna entrevista, es autor de un sólo libro de poemas, de ensayos y de relatos publicados en varios volúmenes. Su última entrega cuentística, Tanta gente sola (Seix Barral), no es ninguna excepción. Los nueve relatos que conforman este nuevo volumen de esa obra en marcha procrean entre sí mismos compartiendo personajes y anécdotas narrativas, hasta el punto de que el que cierra el volumen titulado El lector de Perec, vuelve a ahondar en la profunda huella que dejó el libro Je me souviens del autor francés en la memoria de Bonilla, quien a su vez ya lo dejó claro en el tomo que también tituló de este modo y que publicó en la colección Calembé de Algaida.

Si a ello añadimos que en los cuentos de Bonilla juega un papel predominante la propia literatura como protagonista todo apunta a una feliz identificación con esas muñecas rusas que proponen un juego interminable, en este caso, entre el lector y el autor. Está el relato de homenaje a Perec pero también el protagonizado por un poeta que es invitado a declamar en una despedida de soltera, el niño que aspira a ser incluido en el libro Guinness de los Records como un especialista en fracasar en buena parte de los mismos, y, por supuesto, el joven que quiere llevar a la realidad un relato de Borges para salvar a su primo, sin duda, el más redondo de todos, y una pieza que justifica por sí sola la lectura del libro. Muy ingenioso, como casi todo lo que procede de Bonilla, es En la azotea, un posible homenaje al film The Truman Show, con vuelta de tuerca final, y francamente evocador El cromo de Boronat. Interesantes son también Todos contra Urbano -una curiosa parodia de los concursos televisivos de sabelotodos- y Fregoli, que retoma una idea ya avanzada en las páginas de Nadie conoce a nadie, la posibilidad de ver el rostro de la amada en cualquiera que se cruza en nuestro camino. El más flojo del conjunto me parece Alma cargada por el diablo, que no pasa de la simple anécdota.

En definitiva, en Tanta gente sola Bonilla vuelve a demostrar sus dotes de hombre orquesta especializado en reciclar su repertorio para que siempre suene distinto. Y eso no es poco.

sábado, 23 de mayo de 2009

Cordura de dios

Puestos a jugar, juguemos. Pongamos que el Miguel Albero que firma el prólogo de la antología de la poesía de Juan Bonilla es un trasunto de él mismo, posibilidad que él mismo revela en su texto, y no un lector desprejuiciado como osa presentarse. Estaríamos ante otro juego metaliterario más de un letraherido acostumbrado a hacer de la escritura un continuo guiño al lector avisado. Pongamos que Bonilla ha puesto en boca de Albero lo que muchos críticos y colegas de pluma piensan de la poesía del jerezano: que siempre ha sido un arte menor en su producción, incapaz de elevarse a la categoría solemne que define al género, y que, por consiguiente, atreverse a hacer una antología de su "dudosa" trayectoria poética raye en la ostentación gratuita cuando no en el ridículo. ¿Bonilla se reiría así de los que piensan de este modo o quizá de sí mismo?


Soy de la opinión de que el autor de Nadie conoce a nadie -novela que, por cierto, y al igual que Cansados de estar muertos, se obvia en la solapa biográfica, quizá en otro juego de escapismo- nunca ha dado tanta importancia a los géneros, siendo de hecho su obra posiblemente una de las más compactas de la literatura española actual, volviendo perentoria cualquier división que pretenda establecer estilos y categorías diferentes según se trate de prosa, poesía o ensayo. El que haya leído con un poco de atención a Bonilla sabe que sus relatos parecen a veces artículos, que sus artículos parecen a veces relatos, que sus novelas esconden pequeños cuentos en su interior, y que sus poemas son historias rimadas que bien podrían pasar por una columna de opinión.


Digo todo esto porque Defensa personal, la antología publicada ahora por Renacimiento en su estupenda colección, no es ninguna pieza menor en la carrera de Bonilla, sino un aldabón más que se integra de modo coherente en una obra ya abundante que, aunque a veces parezca beber de sí misma, no deja de sorprender por su facilidad para hacer de la ocurrencia un momento sublime. Además de los conocidos Partes de guerra, El belvedere y Buzón vacío, se incluyen aquí los poemas de Tos fingida, aparecidos sólo en una plaquette, y Li-po-timias, publicados en la revista Sibila, una serie de haikus en cuyo embite Bonilla sale muy favorecido. Como muestra, dos perlas: "En el tejado / la pelota embarcada / sueña un partido", "Extraña música: / los pájaros son notas / sobre los cables".


Sólo se echan de menos los dos poemarios infantiles, el ya clásico Multiplícate por cero y el muy reciente Los invisibles, que bien podrían haber completado una entrega ya de por sí sumamente apetitosa. La poesía de Bonilla, como ya dijimos antes, rehuye la solemnidad a conciencia, aunque ello no implique renunciar a los grandes temas, abunda en el coloquialismo, en el decir llano y directo que invita a segundas lecturas, a la trama oculta en su aparente desnudez: "No me deja dormir el ruido que hace / el tiempo al caminar, / arrastrando cadenas que están hechas / con sueños de los que ya se han dormido". Me temo que los puristas se sentirán de nuevo defraudados y ratificarán su opinión. Yo, sin embargo, prefiero que la poesía me mire a la cara y me diga verdades a medias. Si no, como el propio Bonilla dice en algún verso, todo sería una cuestión de onanismo.