No he tenido oportunidad de ver las dos películas anteriores de Ben Affleck, pero el reciente visionado de Argo me motiva desde ya a recuperarlas. Sobra decir de qué va la película pasados varios meses desde su estreno, en los que la cinta ha tenido tiempo de acumular premios que acreditan su calidad. Un argumento tan original y, sobre todo, tan poco conocido de la historia reciente de Estados Unidos, uno de esos apetecibles bombones por los que la necesitada industria hollywoodiense suspira largamente, corría el riesgo de caer en el espectáculo fácil, en esa autocomplacencia norteamericana tan propia de los grandes estudios. Affleck, sin embargo, sabe moderar el entusiasmo para contar una historia al modo clásico, sin grandilocuencia ni aspavientos, con las dosis justas de suspense, tragedia y divertimento: sí, las ráfagas de humor de Argo no desentonan en el marco de esta oscura y enrevesada trama de intereses políticos, religiosos y territoriales. Aunque a veces el joven director peque de cierto maniqueísmo en el abordaje de algunas escenas y el tratamiento de algunos personajes, el desarrollo de la acción goza de un brío inusitado, recordando por momentos a otra imprescindible película de conspiraciones políticas, la británica In the loop. Con Argo Affleck se ha ganado a pulso el reconocimiento de crítica y público, el mismo que perdió hace años en su faceta interpretativa, algo que dudo mucho recupere asumiendo el personaje del hombre-murciélago en la próxima entrega del superhéroe en la pantalla.
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