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viernes, 24 de julio de 2015

The Reader´s Diary (XLIV)

Kafka non-stop. Ediciones del Subsuelo ha recuperado varios escritos sobre el escritor checo de Nahum N. Glatzer, editor e intérprete de Kafka desde la sede de Schocken Verlag en Nueva York. Glatzer colaboró en la primera edición de los diarios del autor de La metamorfosis y escribió varios ensayos sobre su literatura como "Franz Kafka y el árbol del conocimiento", que se incluye en el presente Los amores de Franz Kafka. Es uno de los textos finales junto a otros que relatan su experiencia traductora y editorial con el autor praguense. Sin embargo, el grueso del volumen lo conforman extractos de sus escritos sobre las diferentes mujeres que, de un modo u otro, mantuvieron relaciones con Kafka. A pesar de que sus cartas a Milena o a Felice están publicadas, al igual que sus diarios -donde aparecen incontables referencias a sus "mujeres"-, Glatzer se ha dedicado a una esforzada labor de síntesis para filtrar fragmentos de misivas y apuntes diarísticos para contextualizar relaciones que, por diferentes razones, fracasaron o no llegaron a buen puerto e influyeron de forma decisiva en la labor creativa del escritor. El resultado ofrece un paisaje más conciso y analítico de la personalidad de Kafka, de sus dificultades para mantener una relación estable con el sexo opuesto, una poda, digamos, en la frondosidad del bosque ya existente.

Para contentarnos mientras Jean Echenoz no publica una nueva novela, Anagrama recupera siete piezas breves del gran miniaturista francés englobadas bajo el título de Capricho de la reina, y publicadas previamente en diferentes revistas de arte. El resultado no decepcionará a sus seguidores, entre los que me encuentro, pero quizá les dejará con ganas de mucho más. Los relatos merecen ser leídos únicamente por su capacidad descriptiva -ejemplar es en este sentido "Veinte mujeres en el parque de Luxemburgo y en el sentido de las agujas del reloj"-, por la facilidad con que Echenoz se saca de la chistera una historia que nos envuelve desde la primera línea con ese estilo suyo tan peculiar que hace avanzar la narración como en sordina, sin que seamos conscientes de ello. Me quedo sobre todo con "Nelson" e "Ingeniería civil", ambos impresionantes por su planteamiento y desenlace.

A Peter Cameron ya le venía siguiendo la pista desde Algún día este dolor te será útil y Coral Glynn. Su editorial española, Libros del Asteroide, recupera ahora una novela anterior, Aquella tarde dorada, sobre un joven profesor universitario de Kansas que, para escribir una biografía sobre un escritor fallecido que le permita disfrutar de una beca de investigación y la publicación de la misma, decide viajar a una mansión perdida de Uruguay para conseguir la autorización de las tres personas que tienen la sartén por el mango: el hermano, la viuda y la amante del escritor. La visita a este lugar cambiará radicalmente la perspectiva del joven y actuará como espejo revelador sobre su futuro.


Con su estilo delicado, rebosante de diálogos brillantes, y capaz de recrear escenarios casi mágicos así como lograr una gran riqueza psicológica hasta en el personaje más secundario, Cameron tiene visos de ser un clásico, con intrigas que pueden recordar los grandes relatos decimonónicos o del siglo veinte, o incluso esos paisajes cinematográficos que acuden a la mente del lector. A mí, en concreto, me han venido imágenes de De repente, el último verano, la adaptación de Tennessee Williams realizada por Mankiewicz con Katherine Hephurn, Montgomery Clift y Elizabeth Taylor. Quizá sea por la habilidad de Cameron para hacernos creer que estamos realmente en una mansión perdida de Uruguay, con esos muebles viejos, esos caminos solitarios y esos personajes que parecen vivir en un universo paralelo. Un gran relato, sin duda. 

miércoles, 24 de junio de 2015

The Reader´s Diary (XLIII)

Coinciden en las librerías dos títulos que novelan sendos episodios amorosos de dos escritores que figuran en primera línea de mi santoral: Franz Kafka y Fernando Pessoa. En el primero de ellos, La grandeza de la vida, el periodista alemán Michael Kumpfmüller se detiene en los últimos años de vida de Kafka y en su relación con la joven Dora Diamant, quince años menor que el escritor y último eslabón de una cadena amorosa llena de sinsabores e indecisiones. Al contrario que la nutrida correspondencia con dos de sus amores anteriores, Milena Jesenská y Felice Bauer, publicada en su integridad, las cartas cruzadas entre Kafka y Dora no se han localizado, por lo que el autor de la presente novela fabula sobre lo que hubiera podido dar de sí partiendo de la pista de sus diarios y de los apuntes desarrollados en la ingente bibliografía sobre el escritor checo. Y lo hace de un modo sencillo y evocador, dibujando entre todos los posibles a un Kafka cercano, carcomido por la tuberculosis, que halla en la bondad e inocencia de Dora el último asidero al que agarrarse, quizá la mujer definitiva de no mediar la catástrofe humana. Una mujer que se desvivió por el escritor, que hizo todo lo posible por hacer sus últimos días más llevaderos, y que hubiera cambiado su episódica fama porque el autor de El proceso se hubiera quedado con ella aunque sólo fuera un día más. Kumpfmüller ha encontrado el tono ajustado a una historia íntima, sin hincar demasiado el diente en la tragedia, permitiéndonos conocer los más que probables detalles de una idílica relación arruinada por la enfermedad.

Caso bien distinto es el de Un amor como éste, en el que Luis Morales (Cáceres, 1971) se vale de la correspondencia entre Fernando Pessoa y Ofelia Queiroz, publicada en su integridad en 2013. Aquí estamos ante otra forma de novelar lo posible. Si Kumpfmüller lo hacía, entre comillas, de la nada, Morales utiliza las misivas de uno y otro para hacer uno de esos ejercicios metaliterarios tan queridos por la literatura reciente -estoy pensando, por ejemplo, en la trilogía de Echenoz, o en lecturas recientes como La pequeña comunista que no sonreía nunca- con el fin de rellenar los huecos de una relación extendida en el tiempo casi quince años, los que median entre 1920, fecha en la que se conocieron en la oficina donde Pessoa trabajaba y 1935, año de la muerte del poeta. Quizá en el plano afectivo, en el de las relaciones amorosas, es donde Kafka y Pessoa se encuentren más próximos. Ambos mantuvieron escasas relaciones que no llegaron a buen puerto, debido sin duda a un lastre personal que les acercaba más al escritorio, a la defensa de su territorio personal, antes que a entregarse en cuerpo y alma al ser amado. No hablamos de una defensa de la castidad, pues ambos reconocen episodios de iniciación en prostíbulos, sino de una incapacidad innata para convivir con una mujer. Quizá para Pessoa la relación con Ofelia llegó tarde -también, como Dora y Kafka, había una gran diferencia de edad-, en una etapa de fertilidad creativa socavada por las servidumbres laborales que le permitían subsistir y una ambigua relación con el mundo editorial que le hizo ser un gran desconocido en vida. Si a ello añadimos su paulatino acercamiento al ocultismo, las desgracias familiares y su maltrecha salud abonada por el alcohol y el tabaco, quizá hallemos las razones del fracaso de una relación trufada de cartas de arrebatadora pasión rayana a veces en lo cursi.
En fin, semejante y suculento material de partida se merecía una gran novela, y Morales la ha escrito hilando fino, convirtiéndose en un trasunto del propio Pessoa, imitando su tan característico estilo, intercalando citas y pasajes de la obra del poeta, y llegando incluso a elucubrar un final alternativo de "comieron perdices" que se agradece como una coda humorística. La pasión del autor por Lisboa -compartida por el que suscribe- juega sin duda a favor de un texto y un homenaje saldados con notable alto.

lunes, 20 de mayo de 2013

Loving the writer

Uno de los pocos peros que se le puede poner a Las ciudades y los escritores (Debate, 2013) es su procedencia televisiva, ajena a la literatura. Los textos de cada capítulo corresponden a los guiones de otros tantos episodios realizados para la serie Lugares con genio con la productora argentina Tranquilo y emitida en varios países del otro lado del Atlántico. No estamos por tanto ante un texto escrito con vocación de libro, por lo que la lectura resulta cuando menos extraña, debiendo el lector reconstruir la parte visual desaparecida, perfectamente visible por otro lado en algunas páginas web. El tono didáctico que preside la serie televisiva se manifiesta, por tanto, de forma explícita en cada capítulo, dedicado a uno o varios escritores según la ciudad elegida. El procedimiento es casi siempre el mismo: una breve semblanza del autor, un recorrido por algunos de los lugares emblemáticos de su vida -viviendas, lugares de trabajo, restaurantes, bibliotecas, tumbas, etc.- y alguna que otra conversación con personas que le trataron o expertos en su obra.
En la excelente nómina seleccionada por el escritor están presentes la Lisboa de Pessoa, la Praga de Kafka, el Edimburgo de Stevenson, el Londres de Virginia Woolf, el Buenos Aires de Borges, el Madrid del Siglo de Oro, el París de Sartre, Beauvoir y Camus, la Bretaña de Chateaubriand, el País Vasco de Baroja o la Irlanda de William Butler Yeats. El texto se ilustra también con las pertinentes citas de los autores, cuando no de poemas íntegros. El letraherido que goza siguiendo la huella de sus escritores de cabecera descubrirá quizá rincones que se le pasaron por alto, o algunos datos curiosos que desconocía. Se impone, no obstante, como antes mencionamos, ese tono explicativo que lastra cualquier posibilidad de llegar más lejos, al corazón mismo de la obra del autor por el que viajamos como un turista con cámara en mano. Para esas empresas más espirituales y emocionantes, sugiero, como ya hice en su día, los libros de Mauricio Wiesenthal o de César Antonio Molina, verdaderas cimas de esa obsesión enfermiza que nos obliga a algunos a rendir tributo a nuestros maestros.

Tumba de Franz Kafka en Praga.

sábado, 27 de abril de 2013

Presenting Vivendi


Reproduzco a continuación el texto de la presentación con la que ayer introduje el libro Ars Vivendi de Tomás Rodríguez Reyes en la Feria del Libro de Jerez. Los juegos malabares consistieron en hacer un diario de lo que es en buena parte un diario, o dicho de otro modo, el diario de una presentación.


3 de abril de 2013

            La lluvia arrecia al otro lado del escaparate, como si quisiera poner colofón a su larga actuación de esta temporada con una gran fanfarria de truenos y rayos. Los clientes son escasos en un día desapacible y gris. Pero como todos sabemos, los escritores no entienden de días propicios, prefieren la nube permanente sobre su cabeza, ese halo trágico y novelesco que les convierte en personajes de sí mismos. Así apareció Tomás por la librería aquel día, enfundado en un abrigo largo con reminiscencias de Nosferatu, y portando un paraguas rojo por imperativo acuático que, como es lógico en una mente que nunca descansa, olvidó nada más salir.
            Desde que fue padre hace unos meses, Tomás frecuenta menos la librería y se abastece a distancia. En su rostro se trasluce el cansancio de dormir a salto de mata y, a pesar de todo, continuar escribiendo en cuanto tiene un hueco, a horas intempestivas, como Kafka y tantos otros, porque la literatura no perdona a los ociosos, a los que lo dejan para otro día. Cada vez tengo más claro que si ensartáramos a Tomás con una aguja, no saldría sangre, sino tinta, la tinta indeleble de un letraherido constante que arrastra su maldición por el mundo.
            Intuyo que si Tomás ha roto su clausura de padre ermitaño, será por algo importante y no me equivoco. Me pide que presente su nuevo libro, Ars Vivendi, el tercero en tres años, tras El huerto deseado y Escribir la lectura, que también tuve la suerte de presentar, cada uno en su espacio natural, el Huerto en el jardín de la calle Caballeros, y la Lectura en ese templo de las letras que es la Fundación Caballero Bonald. En esta extraña competición que hemos iniciado, la balanza se inclinaría ahora de mi lado, ya que Tomás presentó en dos ocasiones mis Bancos de niebla, así que me tengo que dar prisa para dar algo nuevo a la imprenta y que Tomás le imprima su magisterio.
           

4 de abril de 2013

            Me siento ante el ordenador como aquel personaje de Enrique Vila-Matas en Extraña forma de vida que prepara su intervención a lo largo de toda la novela. Lo más fácil, me digo, sería empezar por la estructura. En Ars vivendi destaca su gran corpus central, un diario poético que abarca el año 2010, y que continúa el ya publicado en Escribir la lectura sobre los años 2008 y 2009. A poco que uno se dirija a la fuente original, su blog Trópicode la Mancha, que con el tiempo ha ido desnudando de accesorios para que se pueda leer como un diario apergaminado, observará que quizá el salón de pasos perdidos de Tomás no tenga tantos metros como el de Trapiello, pero sí que se limpia y se renueva a diario hasta alcanzar la palabra última y definitiva, o sea, ese brillo que sólo relucía en los palacios del imperio austrohúngaro.
            Reconozco, no obstante –y no entiendan esto como un enroque del librero ante la amenaza bien presente del libro electrónico- que el diario de Tomás cobra nueva vida con la impresión en papel, como si las anotaciones de cada día se redimensionaran y alcanzaran un sentido global en un contexto armónico. Hoy en día se publican muchos libros nacidos de blogs, pero pocos pierden su condición volatinera para quedarse en nuestra mirada y nuestra conciencia con la fuerza de un hierro al rojo vivo. Tomás lo consigue. Por eso me leo el Diario poético de un tirón, sin hacer anotaciones, para acabar traspasado de ese espíritu de fervor por la palabra poética. Suprimo la tentación de anotar frases porque serían tantas casi como las páginas que tiene el libro.


6 de abril de 2013

            Tomás abre su libro con un “Dramatis personae: literatura, autor, lector” que se puede entender como una marca de estilo, un sello propio, un aquí estoy yo y mis circunloquios. Le dejo hablar a él: “La vida del poeta no debe aparecer más que en sus poemas o escritos sobre poesía (…) Todo lo demás es superfluo, innecesario, banal, inconsciencia. El poeta encauza su vida en un arte de la vida –ars vivendi-, que entiende que el mundo, al completo, todo él, es un poema y como tal está repleto de ritmos y de símbolos”. Será una constante a lo largo del libro, sentencias como dardos que destrozan el centro de la diana. Seguro que John Keating, el profesor de El club de los poetas muertos, hubiera cambiado gustoso esta veintena de páginas por las de J. Evans Pritchard que anima a arrancar del libro a sus sorprendidos alumnos. Y luego a la cueva, a leer sus poemas ante un círculo de escogidos, los que saben que un poema no puede cambiar el mundo, pero sí mejorarlo.


10 de abril de 2013

            En algún momento, Tomás dice que el diarista escribe siempre el mismo libro, que, como el buitre que acecha su presa, da vueltas en círculo sobre una misma idea hasta descuartizarla en mil pedazos y no dejar más que esquirlas. Sin embargo, aunque el diario parezca bascular sobre los mismos elementos –la poesía y la escritura como forma de conocimiento, como afirmación de la vida-, uno tiene la extraña sensación de enfrentarse a algo nuevo, de que la forma de enunciarlo aporta matices distintos, vetas imposibles en un discurso homogéneo, trenzado con la paciencia de los caligrafistas de épocas pretéritas.

12 de abril de 2013

            En su entrada del 13 de diciembre, Tomás barrunta la posibilidad de escribir una novela, a la que dice haberse acercado sólo con “tentativas más o menos acertadas”. Y razona así: “Como ocurrió con Cervantes o con Machado, hay que dejar que la literatura termine mostrando su presencia en uno indiscutiblemente, sin tener en cuenta la edad o la condición social, sin tener en cuenta las miserias que rodean a lo literario. Escribe y cree en lo escrito, arroja una fidelidad emboscada sobre tu escritura”. Coherente consigo mismo, el poeta esperará su momento. Nadie le podrá parar los pies entonces.

13 de abril de 2013

            La reciente muerte de José Luis Sampedro me hace recordar una anécdota que se cuenta del escritor. Enfrascado en una animosa tertulia con amigos y literatos, con el vino y las viandas circulando con alegría, Sampedro reparó en un joven que, ajeno al tumulto, escribía en un cuaderno en una mesa apartada del bar en cuestión. Intrigado por su comportamiento, el escritor le invitó a sumarse a la fiesta. El interpelado le respondió invitándole a que se sumara a la suya. La anécdota cuenta que, conmovido por la respuesta, Sampedro, descuidando a su vociferante compañía, se sentó a conversar con el joven, que no era otro que Manuel Rivas, con quien desde entonces inició una larga amistad.
            Así veo yo a Tomás, encastillado en sus libros de caballerías, cuaderno en ristre, ojeroso y pensativo, buscando esa palabra salvadora por la que merece la pena vivir, huyendo “de las capillas culturales, de los saraos literarios, de las comilonas que se preparan en los trabajos para celebrar la indecencia (…) No hay nada más allá de escribir. Escribir, en sí, es ya una acción que completa una vida y que sustancia la de toda una generación de hombres. Incluso la de toda una especie. Incluso la de una divinidad. Leer. Escribir”.

16 de abril de 2013

            Anoche tuve un sueño extraño. La presentación del libro de Tomás había terminado y nos fuimos a celebrarlo a un bar en forma de torreón, en el que los clientes se agolpaban en los descansillos de las escaleras de madera. Esquivando cuerpos, bolsos y copas, ascendimos hasta el final, truncado por una antigua puerta que Tomás abrió con una enorme llave. Ésta daba paso a una azotea que, al parecer, sólo se abría para las presentaciones de los libros de Tomás, aunque, por más que me insistían, yo no recordaba haber estado nunca. Nos sentamos todos en sillas de enea a lo largo de una mesa en la que sólo se permitía beber manzanilla. Quizá por eso mis recuerdos se vuelven más confusos, y sólo evoco con seguridad una pantalla de cine en la que se proyectaba una película folclórica ambientada en Andalucía y en pésimo estado de conservación. En algún momento, me pareció ver un fotograma de Tomás tocado con un sombrero cordobés, pero no podría certificarlo.
            Me pregunto si el sueño será la forma que tiene mi mente de decirle a Tomás que el cine también podría tener cabida en sus escritos, si sus disquisiciones sobre la imagen y la palabra podrían encontrar acomodo en el que Gorki llamó “el reino de las sombras”.

18 de abril de 2013

Me acabo de enterar que a la hora de la presentación se estará jugando el Bilbao-Barcelona. Posiblemente cuando esté pronunciando estas palabras ya nos hayan metido cuatro o cinco. Sí, uno es del Athletic de toda la vida, a pesar de los disgustos, y pertenece a ese nutrido grupo de escritores que ven factible la alianza entre pluma y balón. Tomás no. Tomás es de los escritores de pura cepa, entregado a su única pasión, sístole y diástole de un corazón de vocales. Tomás es su propio árbitro, el gol y la garganta del aficionado cantándolo, la rúbrica de un verso perfecto.


21 de abril de 2013

            En la penúltima parte de su libro, titulada “Arias antiguas”, Tomás da rienda suelta a su pasión por la música clásica y nos ofrece pequeñas piezas a modo de breve muestrario de su polifonía genérica: la prosa poética, el aforismo –“Puede que morir no sea más que dejar de oír el ritmo del mundo”-, o la poesía, dejando caer como si nada la próxima publicación de un nuevo poemario. ¿Descansará su mente alguna vez?


24 de abril de 2013
Leo la crónica del discurso que ofreció Caballero Bonald en la concesión del Cervantes y celebro que fuera el único de los protagonistas no abucheado. Los poetas todavía pueden vivir en el anonimato. Todos creen que su lucha es ajena a la vida de ahí fuera, pero ahí está el autor de Diario de Argónida para desmentirlo: la poesía es “ese engranaje de vida y pensamiento que tanto amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó”. La poesía corrige las erratas de la historia, nos defiende contra sus “averías”, y nos sirve de consuelo para sus trastornos y desánimos... Doy por hecho que Tomás suscribiría estas palabras del maestro, y que el propio Bonald haría lo propio con estas de Tomás: “Toda una vida, o al menos, una veta sentimental de una vida, cabe en un poema. Tal es la dilatación que provoca la palabra poética en la realidad, tal es su poderosa y letal posición sobre el mundo, que lo desbroza y transforma en un solo verso, acaso, en una palabra que brote plena”.

27 de abril de 2013

            Ha llegado el día y aún no tengo claro qué voy a decir del libro de Tomás, porque es un libro inabarcable –lo abarca todo y más-, inagotable –sus lecturas son infinitas-, inexplicable –tanta profundidad en tan poca vida-, inasible –se cae de las manos porque quema-, pero también, lamentablemente, invisible, desmarcado de esa procesión mediática reservada a los grandes nombres, del desfile de modelos de la industria editorial, de los escaparates de libros de aumento. Sus pequeñas dimensiones parecen idóneas para la colección en la que se encuadra, los inklings, entusiastas de la literatura que la concebían casi como algo sagrado. Quizá por ello debería plantearme empezar mi intervención rezando. Será la única forma de ponerme a la altura del libro. Oremos, pues.
Gracias

viernes, 18 de enero de 2013

Magia con doble fondo


No hace mucho comentaba en este mismo blog un modesto librito que había aparecido sobre el famoso circo Barnum. Los entresijos del mundo editorial son tan insondables que mis palabras parecen haber sido escuchadas con la reciente publicación de El gran salto. La asombrosa historia del circo, de Raúl Eguizábal (Península). En esta voluminosa, documentada y valiosa obra se traza un recorrido historiográfico por el llamado mayor espectáculo del mundo rescatando números imposibles y fascinantes, personajes y artistas muchos de los cuales merecerían su propia biografía, concepciones diferentes según el ámbito geográfico, numerosas anécdotas dignas de recordar y familias y empresarios, como el citado Barnum, que apostaron su fortuna y su vida por avivar la ilusión de niños y mayores. El abultado campo de investigación, que comprende desde los primeros conatos circenses en las cortes monárquicas o en el lejano oriente hasta las novísimas propuestas del Circo del Sol, requería, por supuesto, meter la tijera, pero también una estructura que delimitara las diferentes propuestas que puede ofrecer la carpa. De este modo, Eguizábal divide su trabajo -profusamente ilustrado además con fotografías, dibujos, recortes de prensa o programas de mano- en una serie de categorías o especialidades que le permiten no dejar ningún cabo suelto y poner orden en la confusa y tupida maraña de cachivaches y aparejos que arrastran los carromatos de un pueblo a otro: tenemos a los acróbatas y trapecistas, a los domadores, a los caballistas, a los magos e ilusionistas, a los forzudos, a los hombres bala, a los lanzadores y, por supuesto, a los freaks o fenómenos de feria. Evitando la prolijidad y los excesos, Eguizábal sabe ser ameno logrando esa mágica concordancia entre continente y contenido tan difícil de obtener a veces.
Algo de magia tiene también el último libro de Benjamín Prado. Si el relato debe atesorar la difícil virtud de tener las palabras precisas, el aforismo es, quizá junto al haiku, el género literario que más se puede parecer a un juego de ilusionismo donde el mínimo error puede hacer, como en el circo, que el equilibrista se trastabille o el domador sufra el desagradable arañazo del león. Condensar una idea o un sentimiento en apenas una o dos frases provocando la sorpresa, la emoción y el puro goce estético es un logro que sólo está al alcance de muy pocos. Entre los más grandes podríamos citar a Canetti, Rilke o Kafka, y ya en la literatura española contemporánea me quedo con Lorenzo Oliván o Enrique Baltanás, cuyo libro también comenté por aquí. Nada menos que quinientos aforismos reúne Prado en Pura lógica (Hiperión, 2012), repartidos de centena en centena para dar descanso al lector y dejar que saboree como debe perlas como las que nos regala: "No hay peor ahogado que el que se hunde en lo superficial", Acariciarla era ir desdoblando un mapa", "Invadir es quedarse con los problemas de los enemigos", "No persigas lo que no quieras que te alcance", o "Una historia nunca puede escapar del sitio en el que ocurrió". En el debe de la edición, sólo anotar el desliz en la repetición de algún aforismo o la intrusión de alguna cruel errata que desvirtúa el efecto pretendido al hacerse notar demasiado en un espacio tan reducido.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Viajar sentados

Sólo por el magnífico título elegido, este libro de César Antonio Molina debería figurar por derecho propio en nuestra cabecera. Lugares donde se calma el dolor (Destino, 2009) pertenece a esa rara especie de libros inclasificables que puedes abrir por cualquier página dejándote llevar por los dedos mágicos del azar. El resultado es idéntico en cualquier caso: una prosa exquisita, elegante, plagada de referencias culturales que nos obligarían a tomar nota de todo lo que leemos hasta descubrir que estamos escribiendo el mismo libro de C.A. Molina. Encuadrable en ese subgénero de los libros de viajes que honran la memoria de los escritores y sus obras -recuerdo ahora, por ejemplo, el Libro de réquiems de Wiesenthal, las Tumbas de poetas y pensadores de Nooteboom, o la Macedonia de rutas de Rivero Taravillo- esta voluminosa obra del no menos prolífico ex ministro y ex director del Instituto Cervantes goza de la siempre difícil facultad de tocar la sensiblidad de los letraheridos, aquellos que vamos rastreando las huellas de nuestros autores predilectos por dondequiera que nos lleven nuestros pasos.
La Trieste de Rilke, la Praga de Kafka y Orten, la Petrópolis donde se suicidó Zweig, el San Petersburgo de Pushkin, la Roma en la que agonizó Keats, el Nueva York de Henry James, el pequeño cementerio de Montmartre donde yace Truffaut... Lugares todos de peregrinación que hay que recorrer sin prisas ayudados por esta guía de viaje con vocación de biblia. Valga un ejemplo. Uno, que no pudo visitar la casa-museo Pushkin en la que murió el poeta tras batirse en duelo, tiene ahora la sensación de haber saldado su deuda gracias a la incisiva y evocadora pluma de Molina, quien recrea con tal minuciosidad de detalles la habitación que uno ya no podría decir que nunca estuvo allí.

lunes, 2 de julio de 2012

The reader´s diary (VIII)

El que siga este blog sabrá que Kafka es uno de sus invitados ineludibles en cuanto surge la mínima ocasión. Ya se trate de una reedición de alguna de sus obras, de una nueva mirada a la inagotable Praga, o de una reciente publicación sobre el escritor checo, uno no puede esconder sus simpatías ante uno de los letraheridos con el que siente más afinidad. Por eso, y por mucho que se haya escrito y quede por escribir sobre Kafka, algunos todavía pueden aportar luz en ese universo de claroscuros que germinó el autor de En la colonia penitenciaria. Pietro Citati es uno de ellos, y en Kafka (Acantilado, 2012), libro que algunos críticos han reseñado como la biografía de un santo, demuestra su reverencia y pasión ante una figura apasionante, plena de recovecos tan angostos e impredecibles como los pasajes praguenses. Apoyándose en sus diarios y en su correspondencia con sus amadas, Citati penetra en el tuétano de sus obras más célebres poniéndolas en relación con una vida casi obligatoriamente eremita.
Tampoco fue muy larga ni feliz la existencia del poeta checo Jirí Orten, nacido cinco años antes de la muerte de Kafka para perpetuar en el tiempo ese rastro de sangre y crueldad que se extiende entre el final de una guerra y el principio de otra. Algunos han comentado que Orten tuvo la suerte de eludir el martirio de los campos de concentración, pero viendo su final -atropellado por una ambulancia alemana que no le socorrió al ser judío y denegándole el acceso a todos los hospitales de Praga-, no sabemos si el calificativo es apropiado. Tras la publicación de sus diferentes cuadernos diarísticos por Pre-Textos -Sólo al atardecer (1996)- faltaba que alguien se atreviera a dar el paso y sorteara la laguna de su quehacer poético, rubricada en cuatro libros en vida y dos póstumos, una herencia bastante fecunda para sus escasos veintidós años. Traducidos por Clara Janés, Bajo la tierra (Salto de Página, 2012) reúne su libro Elegías y algunos de sus mejores poemas, escritos desde esa perspectiva desesperanzada y rabiosamente melancólica que le convirtieron en uno de los poetas checos más alabados.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Un centenar de pequeñas joyas


Para muchos lectores de novelas (la gran mayoría), ensayo o poesía, el nombre de Ángel Olgoso seguramente no les dirá nada. Pero para la no muy abultada -aunque persistente- cofradía de los lectores de cuentos, se ha convertido en casi una institución a la que venerar con cada libro que publica. Granadino del 61, ha publicado ocho libros de cuentos; con el anterior, Los demonios del lugar (Almuzara), ganador del I Premio Internacional de Relatos de Terror Villa de Maracena, su nombre emergió ligeramente del anonimato al ser elegido libro del año por La Clave y Literaturas.com y quedar finalista del Premio Andalucía de la Crítica, en cuya selección anual se hace raro que aparezca un libro de relatos.

Páginas de Espuma, que sigue empeñada en completar un catálogo propio de cada vez más quilates, ha dado a la imprenta lo último de Olgoso, un libro de cien microrrelatos de título inquietante, La máquina de languidecer, y no menos sugerente portada. El contenido no les decepcionará. Moviéndose entre el relato de dos líneas y el de página y media, Olgoso ha confeccionado un verdadero catálogo de torturas tangibles, donde lo macabro, un feroz romanticismo, el juego metaliterario -memorable el dedicado, por ejemplo, a Kafka-, las referencias culturales, lo onírico y una prosa de cuidada factura donde no sobre un adjetivo juegan un papel determinante. La plasticidad de las imágenes que ofrece, su querencia por el final sorprendente y esclarecedor, su habilidad para escoger los títulos -una suerte también de microrrelatos en sí mismos- y lo que me atrevo a llamar la porosidad barroca que desprende su prosa, son ya una invitación permanente a la relectura. Si a ello añadimos que la ironía y el humor consiguen filtrarse por el fascinante universo de sus cuentos, sólo nos queda reconocer que la de Olgoso es una de las colecciones de relatos más importantes del año que acaba. Como muestra, un botón: "Nos dimos la mano impulsivamente. La suya -un objeto mustio y de tacto desagradable- apenas latía cuando, de regreso, casi al anochecer, corría a guardarla en la fresquera" (Intercambio).

martes, 29 de septiembre de 2009

¿Gregor cansa?


Por lo menos a un servidor no, es más, agradezco que con regular periodicidad aparezcan en el mercado reediciones de sus obras o libros que apuesten por desentrañar o cuando menos explorar la fulgurante trayectoria vital y literaria de uno de los genios del siglo XX. Si hace poco comentaba aquí la publicación en Minúscula de Kafka va al cine, la bibliografía sobre el escritor checo vuelve a crecer con la exquisita reedición de Un médico rural en Impedimenta -que incluyen las pequeñas prosas de Contemplaciones, uno de los pocos libros publicados en vida del autor-, el curioso Kafka vino hacía mí (Acantilado), recopilación de recuerdos de amigos y personajes que conocieron al escritor, y el presente El mundo formidable de Franz Kafka, traducción poco afortunada, por cierto, de la frase de Kafka que inspira el título original: "The tremendous world I have inside my head". A todos ellos habría que sumar el aún reciente Praga en tiempos de Kafka editado por Bruguera.

Hoy por hoy, resulta difícil encontrar un escritor que haya generado por igual tanta influencia y misterio en la literatura contemporánea. Sólo hay que echar un vistazo a los títulos que han tomado prestado el nombre del autor de El proceso o que se inspiran en la profunda huella que dejó. Se me ocurren a botepronto los siguientes: Kafka en la orilla (Murakami), Conversaciones con Kafka (Gustav Janouch), La maldición de Kafka (Achmat Dangor), K. (Roberto Calasso), y en el ámbito español, Kafka y la muñeca viajera (Jordi Sierra i Fabra) y El amigo de Kafka (Manuel Moyano).

Esta nueva aproximación del polaco Louis Begley no vendrá a aclarar el porqué de este asombroso legado, pues su intención no es pergeñar el clásico y sesudo estudio sobre la compleja psicología del escritor praguense. Tan sólo aproximarse a algunas cuestiones esenciales que marcaron su vida como el judaismo, el sexo femenino o la figura paterna para extraer de sus diarios, sus cartas o sus obras literarias algunas claves que refuercen la idea de la prosa de Kafka como un magma volcánico que se extendía a todo lo que salía de su angustiada pluma. Kafka tenía miedo, más bien terror, al compromiso marital: de hecho, lo rompió dos veces con uno de sus amores, Felice Bauer, y una con la episódica Julie. De su repudio a la carne habla en sus diarios y a través de sus personajes. Sin embargo, es sabido que frecuentaba burdeles y que tuvo algún desahogo amoroso en algún hotel. La tuberculosis que con poco más de treinta años empezó a arruinar su vida le hizo replegarse aún más sobre sí mismo y ganarse entre sus allegados la imagen de un joven arisco, tortuoso, ambivalente y extraordinariamente difícil de tratar. De lo que no cabe duda es que de no haber experimentado tanto sufrimiento, la obra de Kafka, a pesar de su brevedad, no alcanzaría esa visceralidad que ha penetrado a lo largo de los años en lectores de todo el mundo. Ésa es la tesis de Begley quien, con un estilo ameno punteado continuamente por pasajes de escritos del autor, ofrece un acercamiento conmovedor a la figura de un Kafka atormentado y siempre al borde de la locura. Sus seguidores se lo agradecemos.

martes, 21 de abril de 2009

El viaje interior

Cuando estuve en Praga hace tres años tuve la intención de visitar la tumba de Franz Kafka en el cementario judío nuevo de Zizkov, en las afueras de la ciudad, pero una apretada agenda de lugares de interés agotaron mi estancia quedándome, como diría Freud, con un deseo reprimido. Sin embargo, semanas después, poniendo por escrito las mejores experiencias del viaje tuve la extraña sensación de haber estado allí, frente a una lápida gris que parecía transmitir con su lejana ubicación y sobriedad la sensación de soledad y aislamiento que acompañaron al escritor toda su vida. Quizá fueron las visitas a su casa natal, hoy transformada en una tienda de recuerdos del autor, al entonces recién inaugurado Kafka Museum, o al paseo por las calles que solía frecuentar. Lo cierto es que jamás estuve en aquel cementerio, pero era como si hubiera estado.

Me vienen estas reflexiones a propósito de la relectura de El libro del desasosiego de Pessoa, donde transmutado en Bernardo Soares el escritor portugués dice así en uno de sus célebres fragmentos: "La idea de viajar me provoca náuseas. Ya he visto todo lo que nunca había visto. Ya he visto todo lo que todavía no he visto (...) ¿Viajar? Para viajar basta con existir. Voy de día en día, como de estación a estación, en el tren de mi cuerpo, o de mi destino, asomado a las calles y a las plazas, a los gestos y a los rostros, siempre iguales y siempre diferentes como, al final, lo son todos los paisajes (...) La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos". Pessoa recuerda a un chico que trabajaba en su oficina que se dedicaba a coleccionar folletos turísticos de los lugares más variopintos hasta aprendérselos de memoria, y le evoca como "el único viajero con alma verdadera que he conocido".

Dando un salto en el tiempo llegamos a Alain de Botton que, al principio de su ya clásico El arte de viajar se expresa de este modo: "Y, sin embargo, no faltaron las ocasiones en las que yo también sentí que no podía haber viajes más formidables que los provocados en la imaginación al quedarse en casa y pasar lentamente las páginas de papel biblia de la Guía Mundial de Horarios de British Airways". Sin embargo, la tesis principal de su libro es que el arte de viajar está en la mirada del que lo hace, en sus motivos, expectativas o estado emocional previo a y durante la marcha. O como él mismo concluye: "Podemos seguir viendo cipreses más allá de los cuadros de Van Gogh".

En cualquier caso, tanto Pessoa como De Botton parecen estar de acuerdo en que son la imaginación y la disposición del viajero (físico o no) las que están en correspondencia directa con el placer o la gratificación que el viaje le puede reportar. Son muchos los ejemplos de escritores que viajaron y recorrieron mundos casi sin moverse de su asiento, protagonizando en primera persona un viaje interior que dura ya siglos y donde el equipaje, la capacidad para soñar y recrear lo que no hemos visto o nunca veremos, está, como diría Felipez Benítez Reyes, siempre abierto.

viernes, 10 de abril de 2009

Los cines oscuros de Praga






Aunque de Kafka ya parece haberse dicho casi todo, su corta obra sigue siendo tan hermética y sujeta a tantas interpretaciones como quieran los críticos y editores de sus remozadas novelas, cuentos y prosas diversas. No será Kafka va al cine (Minúscula, 2008) el libro que venga a cambiar esa tónica pero sí al menos el que ofrezca una visión cuando menos novedosa de la compleja personalidad del escritor. Si bien la mayoría de las anotaciones aquí reunidas proceden de los diarios y cartas ya publicados del escritor checo, nunca antes habían coincidido para alumbrar las opiniones que el autor de El proceso vertió sobre ese oficio del siglo XX, que diría Cabrera Infante, al que su temprana muerte en 1924, con apenas 40 años, ni siquiera pudo escuchar hablar.
No sabemos cómo habría recibido Kafka los primeros gorjeos de Al Jolson ni la poco varonil voz del galán John Gilbert, arrinconado por el sonoro como un trasto viejo, pero nos quedan sus frecuentes visitas a los cines de Praga, Milán o Berlín, sus impresiones sobre los primeros documentales sociales, los seriales de misterio o las comedias ingenuas de las primeras décadas del séptimo arte.
El autor de la presente edición no ha querido hacer una tesis sobre el tema, pues no procedería extraer conclusiones definitivas sobre algunos comentarios sueltos que el escritor arrojó en sus notas sin intención literaria alguna, pero sí se preocupa de reproducir los fragmentos más esclarecedores e insertarlos en el contexto de esa Europa cuya creciente modernidad se podía visualizar en los propios noticiarios del cinematógrafo. De este modo, a las citas de Kafka acompaña extractos de críticas aparecidas en la prensa, fotografías ilustrativas, anuncios de sesiones o pasajes de los escritos del amigo y futuro mentor del escritor Max Brod.
No es la primera vez que la recepción por parte de los literatos de un invento que vieron nacer con sus propios ojos despierta el interés de los investigadores. A los ya casi pequeños clásicos en este sentido –Los escritores frente al cine (Fundamentos, 1981) y Gente del 98: arte, cine y ametralladora (1989)- habría que sumar dentro del ámbito español los más recientes Los escritores del 98 y el cine (Fancy, 1999), Proyector de luna. La generación del 27 y el cine (Anagrama, 1999), Viento de cine. El cine en la poesía española de expresión castellana, 1900-1999 (Hiperión, 2002) y 98 y 27: dos generaciones ante el cine (Centro de Profesores y Recursos de Cuenca, 2005).
Sin llegar al optimismo de un Jack London en el primer libro citado –“ningún lenguaje es capaz de imprimir las cosas en la conciencia de manera tan vívida” (1915)-, Kafka halla en la oscuridad de la sala –ese “reino de las sombras” del que también habló Gorki- el remanso de paz necesario, esa “soledad en reflexión” para unos pensamientos que cabalgaban siempre de forma atropellada por los territorios de la indecisión y el sufrimiento. En sus cartas a su eterna prometida Felice Bauer detiene sus comentarios para hacer referencia a una película, comparar su angustia vital con la que representa algún personaje de la gran pantalla, e incluso para arrojar una lanza a favor de la poderosa expresividad del teatro en detrimento de la “extrema inutilidad del despliegue de facultades” que brinda el cine a los grandes actores: “Max, he visto una representación de Hamlet, o mejor dicho, he oído a Bassermann. ¡Por Dios!, durante ratos enteros adquirí yo el rostro de otra persona, de tanto en cuanto tenía que apartar los ojos del escenario y mirar a un palco vacío para recomponerme”.
Gracias al trabajo de Zischler sabemos la fascinación que sintió Kafka ante el Panorama del Emperador, invento basado en las fotografías estereoscópicas que convivió con el cine en sus primeros años y que le hizo exclamar: “¿por qué no hay una unión de cine y estereoscopio de esta guisa?”, o sus reflexiones sobre sus orígenes tras visionar la película propagandista judía Regreso a Sión un año antes de su final: “Vi que si de alguna manera quería seguir viviendo, yo tenía que hacer algo radical y quise irme a Palestina. Seguramente no habría sido capaz, no tengo la suficiente preparación, tanto en un sentido hebreo como en otros, pero tenía que agarrarme a alguna esperanza”.
Quizá el complemento perfecto a la lectura de esta obra sea visitar el Franz Kafka Museum de la calle Cihelna de Praga, entre cuyos muchos atractivos se encuentra la proyección de un montaje audiovisual que hubiera hecho las delicias del propio escritor.

jueves, 26 de marzo de 2009

Larra-Larsson: unidos en la ¿desgracia?



Además de la anecdótica similitud en el inicio de su apellido, dos figuras tan aparentemente distantes en tiempo y lugar como nuestro Mariano José de Larra y el sueco Stieg Larsson podrían estar unidos por algo más que su profesión periodística. Si establecemos la barrera de los 50 años como frontera para pasar a la otra vida antes de tiempo, de forma antinatural, ya sea consciente o inconscientemente (léase suicidio, enfermedad, accidente, etc.), los autores de El doncel de don Enrique el doliente y Los hombres que no amaban a las mujeres coincidieron en quebrar las expectativas de muchos lectores con su fuga temprana. Peró ahí radica el quid de la cuestión: si hay que tomar partido, ¿es preferible morir en la cúspide de la fama o dejar una obra que se revalorize con el fallecimiento del autor y lo convierta en una estrella post-mortem? Dicho de otro modo, ¿elegiríamos el síndrome Valentino o el efecto Van Gogh? En el primer caso el autor pudo vanagloriarse de lo que fue, mientras que en el segundo son los herederos y testaferros los que reciben las prebendas, sin importarles lo más mínimo que el público, por efecto de un boca a boca imparable y masivo, se equivoque en los títulos de las obras de sus antepasados o piensen que estos aún viven y pregunten cuándo publicará la próxima aventura de, por ejemplo, Mikael Blomkvist.


Viene todo esto a cuento de la lectura de la última biografía de Larra escrita por su tataranieto, Larra, biografía de un hombre desesperado (Aguilar), que narra los apenas diez años que ejerció como tal el escritor. Larra se quitó la vida a los 28 años. Sólo en su siglo XIX y en el XX podríamos citar una amplia nómina de literatos que se fueron dejando una obra corta pero suficientemente importante como para ser recordada forever: desde su contemporáneo Espronceda (34 años) a los estandartes del romanticismo inglés, Lord Byron (36), Shelley (30), y Keats (26), pasando por -me dejado llevar por las preferencias personales, qué le voy a hacer-: Jack London (40), Kafka (41), John Kennedy Toole (31), Esenin (30), Blok (41), Pushkin (38), Bécquer (34), las hermanas Brontë Charlotte (39), Emily (30) y Anne (29), etc.


Muchas veces la temprana tragedia no lleva aparejado el futuro estrellato, pues sólo la distancia de los años y el análisis crítico de la obra legada justificarán el ensalzamiento. Quizá de vivir Larsson el estallido de su trilogía hubiera sido el mismo, pero el saberle ya "indefenso" le confiere una aureola de romanticismo trasnochado e ídolo pop que envidiaría si pudiera el mismísimo Larra.