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viernes, 24 de julio de 2015

The Reader´s Diary (XLIV)

Kafka non-stop. Ediciones del Subsuelo ha recuperado varios escritos sobre el escritor checo de Nahum N. Glatzer, editor e intérprete de Kafka desde la sede de Schocken Verlag en Nueva York. Glatzer colaboró en la primera edición de los diarios del autor de La metamorfosis y escribió varios ensayos sobre su literatura como "Franz Kafka y el árbol del conocimiento", que se incluye en el presente Los amores de Franz Kafka. Es uno de los textos finales junto a otros que relatan su experiencia traductora y editorial con el autor praguense. Sin embargo, el grueso del volumen lo conforman extractos de sus escritos sobre las diferentes mujeres que, de un modo u otro, mantuvieron relaciones con Kafka. A pesar de que sus cartas a Milena o a Felice están publicadas, al igual que sus diarios -donde aparecen incontables referencias a sus "mujeres"-, Glatzer se ha dedicado a una esforzada labor de síntesis para filtrar fragmentos de misivas y apuntes diarísticos para contextualizar relaciones que, por diferentes razones, fracasaron o no llegaron a buen puerto e influyeron de forma decisiva en la labor creativa del escritor. El resultado ofrece un paisaje más conciso y analítico de la personalidad de Kafka, de sus dificultades para mantener una relación estable con el sexo opuesto, una poda, digamos, en la frondosidad del bosque ya existente.

Para contentarnos mientras Jean Echenoz no publica una nueva novela, Anagrama recupera siete piezas breves del gran miniaturista francés englobadas bajo el título de Capricho de la reina, y publicadas previamente en diferentes revistas de arte. El resultado no decepcionará a sus seguidores, entre los que me encuentro, pero quizá les dejará con ganas de mucho más. Los relatos merecen ser leídos únicamente por su capacidad descriptiva -ejemplar es en este sentido "Veinte mujeres en el parque de Luxemburgo y en el sentido de las agujas del reloj"-, por la facilidad con que Echenoz se saca de la chistera una historia que nos envuelve desde la primera línea con ese estilo suyo tan peculiar que hace avanzar la narración como en sordina, sin que seamos conscientes de ello. Me quedo sobre todo con "Nelson" e "Ingeniería civil", ambos impresionantes por su planteamiento y desenlace.

A Peter Cameron ya le venía siguiendo la pista desde Algún día este dolor te será útil y Coral Glynn. Su editorial española, Libros del Asteroide, recupera ahora una novela anterior, Aquella tarde dorada, sobre un joven profesor universitario de Kansas que, para escribir una biografía sobre un escritor fallecido que le permita disfrutar de una beca de investigación y la publicación de la misma, decide viajar a una mansión perdida de Uruguay para conseguir la autorización de las tres personas que tienen la sartén por el mango: el hermano, la viuda y la amante del escritor. La visita a este lugar cambiará radicalmente la perspectiva del joven y actuará como espejo revelador sobre su futuro.


Con su estilo delicado, rebosante de diálogos brillantes, y capaz de recrear escenarios casi mágicos así como lograr una gran riqueza psicológica hasta en el personaje más secundario, Cameron tiene visos de ser un clásico, con intrigas que pueden recordar los grandes relatos decimonónicos o del siglo veinte, o incluso esos paisajes cinematográficos que acuden a la mente del lector. A mí, en concreto, me han venido imágenes de De repente, el último verano, la adaptación de Tennessee Williams realizada por Mankiewicz con Katherine Hephurn, Montgomery Clift y Elizabeth Taylor. Quizá sea por la habilidad de Cameron para hacernos creer que estamos realmente en una mansión perdida de Uruguay, con esos muebles viejos, esos caminos solitarios y esos personajes que parecen vivir en un universo paralelo. Un gran relato, sin duda. 

miércoles, 24 de junio de 2015

The Reader´s Diary (XLIII)

Coinciden en las librerías dos títulos que novelan sendos episodios amorosos de dos escritores que figuran en primera línea de mi santoral: Franz Kafka y Fernando Pessoa. En el primero de ellos, La grandeza de la vida, el periodista alemán Michael Kumpfmüller se detiene en los últimos años de vida de Kafka y en su relación con la joven Dora Diamant, quince años menor que el escritor y último eslabón de una cadena amorosa llena de sinsabores e indecisiones. Al contrario que la nutrida correspondencia con dos de sus amores anteriores, Milena Jesenská y Felice Bauer, publicada en su integridad, las cartas cruzadas entre Kafka y Dora no se han localizado, por lo que el autor de la presente novela fabula sobre lo que hubiera podido dar de sí partiendo de la pista de sus diarios y de los apuntes desarrollados en la ingente bibliografía sobre el escritor checo. Y lo hace de un modo sencillo y evocador, dibujando entre todos los posibles a un Kafka cercano, carcomido por la tuberculosis, que halla en la bondad e inocencia de Dora el último asidero al que agarrarse, quizá la mujer definitiva de no mediar la catástrofe humana. Una mujer que se desvivió por el escritor, que hizo todo lo posible por hacer sus últimos días más llevaderos, y que hubiera cambiado su episódica fama porque el autor de El proceso se hubiera quedado con ella aunque sólo fuera un día más. Kumpfmüller ha encontrado el tono ajustado a una historia íntima, sin hincar demasiado el diente en la tragedia, permitiéndonos conocer los más que probables detalles de una idílica relación arruinada por la enfermedad.

Caso bien distinto es el de Un amor como éste, en el que Luis Morales (Cáceres, 1971) se vale de la correspondencia entre Fernando Pessoa y Ofelia Queiroz, publicada en su integridad en 2013. Aquí estamos ante otra forma de novelar lo posible. Si Kumpfmüller lo hacía, entre comillas, de la nada, Morales utiliza las misivas de uno y otro para hacer uno de esos ejercicios metaliterarios tan queridos por la literatura reciente -estoy pensando, por ejemplo, en la trilogía de Echenoz, o en lecturas recientes como La pequeña comunista que no sonreía nunca- con el fin de rellenar los huecos de una relación extendida en el tiempo casi quince años, los que median entre 1920, fecha en la que se conocieron en la oficina donde Pessoa trabajaba y 1935, año de la muerte del poeta. Quizá en el plano afectivo, en el de las relaciones amorosas, es donde Kafka y Pessoa se encuentren más próximos. Ambos mantuvieron escasas relaciones que no llegaron a buen puerto, debido sin duda a un lastre personal que les acercaba más al escritorio, a la defensa de su territorio personal, antes que a entregarse en cuerpo y alma al ser amado. No hablamos de una defensa de la castidad, pues ambos reconocen episodios de iniciación en prostíbulos, sino de una incapacidad innata para convivir con una mujer. Quizá para Pessoa la relación con Ofelia llegó tarde -también, como Dora y Kafka, había una gran diferencia de edad-, en una etapa de fertilidad creativa socavada por las servidumbres laborales que le permitían subsistir y una ambigua relación con el mundo editorial que le hizo ser un gran desconocido en vida. Si a ello añadimos su paulatino acercamiento al ocultismo, las desgracias familiares y su maltrecha salud abonada por el alcohol y el tabaco, quizá hallemos las razones del fracaso de una relación trufada de cartas de arrebatadora pasión rayana a veces en lo cursi.
En fin, semejante y suculento material de partida se merecía una gran novela, y Morales la ha escrito hilando fino, convirtiéndose en un trasunto del propio Pessoa, imitando su tan característico estilo, intercalando citas y pasajes de la obra del poeta, y llegando incluso a elucubrar un final alternativo de "comieron perdices" que se agradece como una coda humorística. La pasión del autor por Lisboa -compartida por el que suscribe- juega sin duda a favor de un texto y un homenaje saldados con notable alto.

sábado, 8 de noviembre de 2014

The Reader´s Diary (XXXVI)

Creo que ya he comentado por aquí en alguna ocasión mi fascinación por los cementerios de cierto valor escultórico. Cada vez que visito una ciudad europea, trato de acercarme a alguno. Así, a bote pronto recuerdo el de Montparnasse en París, el de Vysehrad en Praga o el de la Iglesia de San Pedro en Salzburgo. El recuerdo de los que se fueron presenta múltiples variantes según el arco temporal y geográfico en el que nos situemos, abarcando desde las momificaciones y pirámides de Egipto a las coloridas tumbas de los camposantos mejicanos. Todo un espectro -nunca mejor dicho- de posibilidades que oscilan entre la sobriedad y el barroquismo, pero cuya intención final es, al fin y al cabo, dejar testimonio del finado, de la indiferencia, cariño o veneración que se le tributa. Y sin duda, si pudiéramos establecer una subcategoría especial dentro del casi infinito catálogo de cementerios repartidos por la geografía mundial, ésa sería la de los osarios, cuya morbosidad linda ya con el género de terror. El imperio de la muerte. Historia cultural de los osarios (Ullmann, 2014) es un espectacular volumen que recoge la evolución de una forma de enterramiento mantenida a lo largo de los siglos cuyo carácter tétrico no puede ocultar su belleza estética.
Haciendo alarde de una exigente documentación y arropado por excelentes fotografías, grabados y dibujos, Paul Koudounaris nos regala un trabajo exuberante que traza un itinerario de la evolución de los osarios, planteados como aviso de lo que nos espera, como derroche de amor incontenible o como rincón maldito que hay que ocultar a la vista. Uno, que ha tenido oportunidad de ver la "Capilla de los Huesos" de la Iglesia de San Francisco de Évora, no podía imaginar la larga historia de huesos y calaveras perpetrada en su gran mayoría por artistas anónimos. En fin, una delicia visual no apta para espíritus proclives al susto fácil.
Es inevitable. A todos nos llega nuestra hora. Aunque Kirk Douglas, el último gran mito del Hollywood clásico junto a las hermanas Joan Fontaine y Olivia de Havilland, parece empeñado en ser centenario. A punto de cumplir 98 años, el otrora protagonista de tantos títulos inolvidables ha sido capaz de pergeñar un texto de emotiva sinceridad que nos retrotrae a la complicada génesis, producción y estreno de Espartaco, uno de los rodajes más conflictivos situado ya en el ocaso de los grandes estudios. De hecho, fue un exponente del cambio que empezaba a operarse en Hollywood, pues la produjo Douglas con su propia productora, entonces una práctica poco habitual. Entrando a saco en sus recuerdos sin omitir nombres y episodios desagradables, Douglas rememora la difícil gestación de un proyecto de apariencia megalómana que tuvo que competir con otro paralelo encabezado por Yul Brynner, pero que acabó imponiéndose gracias a su tesón por apoyarse en un reparto multiestelar y en el guión del masacrado Dalton Trumbo. Pues sí, Yo soy Espartaco (Capitán Swing, 2014) ofrece otra lectura, la de la despiadada caza de brujas que arrinconó el talento de muchos profesionales de la industria por ser simpatizantes comunistas o sospechosos de serlo. El libro, que cuesta no leer de un tirón, está plagado de anécdotas, de amistades bigger than life, de muchos, muchos roces -con el meticuloso Kubrick todo podía pasar-, y, sobre todo, de una pasión por el oficio cinematográfico que se palpa en cada línea.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Viajar sentados

Sólo por el magnífico título elegido, este libro de César Antonio Molina debería figurar por derecho propio en nuestra cabecera. Lugares donde se calma el dolor (Destino, 2009) pertenece a esa rara especie de libros inclasificables que puedes abrir por cualquier página dejándote llevar por los dedos mágicos del azar. El resultado es idéntico en cualquier caso: una prosa exquisita, elegante, plagada de referencias culturales que nos obligarían a tomar nota de todo lo que leemos hasta descubrir que estamos escribiendo el mismo libro de C.A. Molina. Encuadrable en ese subgénero de los libros de viajes que honran la memoria de los escritores y sus obras -recuerdo ahora, por ejemplo, el Libro de réquiems de Wiesenthal, las Tumbas de poetas y pensadores de Nooteboom, o la Macedonia de rutas de Rivero Taravillo- esta voluminosa obra del no menos prolífico ex ministro y ex director del Instituto Cervantes goza de la siempre difícil facultad de tocar la sensiblidad de los letraheridos, aquellos que vamos rastreando las huellas de nuestros autores predilectos por dondequiera que nos lleven nuestros pasos.
La Trieste de Rilke, la Praga de Kafka y Orten, la Petrópolis donde se suicidó Zweig, el San Petersburgo de Pushkin, la Roma en la que agonizó Keats, el Nueva York de Henry James, el pequeño cementerio de Montmartre donde yace Truffaut... Lugares todos de peregrinación que hay que recorrer sin prisas ayudados por esta guía de viaje con vocación de biblia. Valga un ejemplo. Uno, que no pudo visitar la casa-museo Pushkin en la que murió el poeta tras batirse en duelo, tiene ahora la sensación de haber saldado su deuda gracias a la incisiva y evocadora pluma de Molina, quien recrea con tal minuciosidad de detalles la habitación que uno ya no podría decir que nunca estuvo allí.

lunes, 2 de julio de 2012

The reader´s diary (VIII)

El que siga este blog sabrá que Kafka es uno de sus invitados ineludibles en cuanto surge la mínima ocasión. Ya se trate de una reedición de alguna de sus obras, de una nueva mirada a la inagotable Praga, o de una reciente publicación sobre el escritor checo, uno no puede esconder sus simpatías ante uno de los letraheridos con el que siente más afinidad. Por eso, y por mucho que se haya escrito y quede por escribir sobre Kafka, algunos todavía pueden aportar luz en ese universo de claroscuros que germinó el autor de En la colonia penitenciaria. Pietro Citati es uno de ellos, y en Kafka (Acantilado, 2012), libro que algunos críticos han reseñado como la biografía de un santo, demuestra su reverencia y pasión ante una figura apasionante, plena de recovecos tan angostos e impredecibles como los pasajes praguenses. Apoyándose en sus diarios y en su correspondencia con sus amadas, Citati penetra en el tuétano de sus obras más célebres poniéndolas en relación con una vida casi obligatoriamente eremita.
Tampoco fue muy larga ni feliz la existencia del poeta checo Jirí Orten, nacido cinco años antes de la muerte de Kafka para perpetuar en el tiempo ese rastro de sangre y crueldad que se extiende entre el final de una guerra y el principio de otra. Algunos han comentado que Orten tuvo la suerte de eludir el martirio de los campos de concentración, pero viendo su final -atropellado por una ambulancia alemana que no le socorrió al ser judío y denegándole el acceso a todos los hospitales de Praga-, no sabemos si el calificativo es apropiado. Tras la publicación de sus diferentes cuadernos diarísticos por Pre-Textos -Sólo al atardecer (1996)- faltaba que alguien se atreviera a dar el paso y sorteara la laguna de su quehacer poético, rubricada en cuatro libros en vida y dos póstumos, una herencia bastante fecunda para sus escasos veintidós años. Traducidos por Clara Janés, Bajo la tierra (Salto de Página, 2012) reúne su libro Elegías y algunos de sus mejores poemas, escritos desde esa perspectiva desesperanzada y rabiosamente melancólica que le convirtieron en uno de los poetas checos más alabados.

viernes, 25 de febrero de 2011

Las perlas enterradas


Con cada edición de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, la Universidad de Sevilla tiene de unos años a esta parte la loable costumbre de publicar un libro que, presentado como un complemento más de la cita, enriquezca la misma con nuevas investigaciones o visiones de la historia sevillana relacionada en mayor o menor medida con el mundo del libro. Al publicado en la edición anterior, el interesante Enfermos del libro, de Miguel Albero, se suma ahora este Un mundo de libros, una antología, llamésmola, de bibliófilos, ya que la encargada de la edición, la profesora Yolanda Morató -autora también de algún capítulo-, aglutina en sus páginas los recorridos de diferentes autores por las librerías de viejo y de anticuario de medio mundo.
Tras un prólogo de Juan Manuel Bonet, del que también se nos ofrecen sus escrupulosas pesquisas por las jugosas trastiendas parisinas, este viaje quijotesco, algo enfebrecido, se inicia en la ciudad hispalense, con gran tradición en el universo del libro viejo. El más veterano Fernando Ortiz traza la visión de las librerías que fueron, mientras Juan Bonilla traza una cartografía de las que siguen, un recorrido animado por sus habituales ocurrencias y episodios memorables. En Madrid, Jesús Marchamalo bucea en los libros dedicados, mientras el imprescindible Andrés Trapiello saluda a sus proveedores habituales casi como uno más de la casa. De hecho, si uno pasea por la Cuesta Moyano, cree adivinar siempre la sombra del escritor leonés. El recorrido europeo prosigue con el impagable Iwasaki, que comprueba si son verdades los mitos y leyendas que circulan sobre la Shakespeare and Company, continúa con el vagabundeo letraherido de Morató por Londres, con el abrazo protector que siente Emilio Quintana en las librerías de Estocolmo, y culmina con el apasionante paseo de Eva Díaz Pérez por las fascinantes Praga y Budapest, dueñas de rincones ignotos impregnados de belleza decimonónica.
Cruzamos el charco y llegamos a América con un divertido viaje de Bonilla por librerías latinoamericanas buscando tesoros ocultos a precio de saldo, y un no menos desternillante relato de otro buscador, José María Conget, al que casi siempre se le adelanta el librero anticuario por excelencia de nuestro país, Abelardo Linares. Esta odisea de tinta gastada y papel amarillento culmina con las visiones de Morató sobre Nueva Orleans, la de Garriga Vela sobre Caracas y la de Miguel Alberto sobre Buenos Aires. Todos ellos nos ofrecen claves y lugares que no podemos dejar de pasar por alto, y nos recuerdan que a veces una buena edición de aquel libro que creíamos perdido bien merece que nos dejemos un poco de vida.

viernes, 10 de abril de 2009

Los cines oscuros de Praga






Aunque de Kafka ya parece haberse dicho casi todo, su corta obra sigue siendo tan hermética y sujeta a tantas interpretaciones como quieran los críticos y editores de sus remozadas novelas, cuentos y prosas diversas. No será Kafka va al cine (Minúscula, 2008) el libro que venga a cambiar esa tónica pero sí al menos el que ofrezca una visión cuando menos novedosa de la compleja personalidad del escritor. Si bien la mayoría de las anotaciones aquí reunidas proceden de los diarios y cartas ya publicados del escritor checo, nunca antes habían coincidido para alumbrar las opiniones que el autor de El proceso vertió sobre ese oficio del siglo XX, que diría Cabrera Infante, al que su temprana muerte en 1924, con apenas 40 años, ni siquiera pudo escuchar hablar.
No sabemos cómo habría recibido Kafka los primeros gorjeos de Al Jolson ni la poco varonil voz del galán John Gilbert, arrinconado por el sonoro como un trasto viejo, pero nos quedan sus frecuentes visitas a los cines de Praga, Milán o Berlín, sus impresiones sobre los primeros documentales sociales, los seriales de misterio o las comedias ingenuas de las primeras décadas del séptimo arte.
El autor de la presente edición no ha querido hacer una tesis sobre el tema, pues no procedería extraer conclusiones definitivas sobre algunos comentarios sueltos que el escritor arrojó en sus notas sin intención literaria alguna, pero sí se preocupa de reproducir los fragmentos más esclarecedores e insertarlos en el contexto de esa Europa cuya creciente modernidad se podía visualizar en los propios noticiarios del cinematógrafo. De este modo, a las citas de Kafka acompaña extractos de críticas aparecidas en la prensa, fotografías ilustrativas, anuncios de sesiones o pasajes de los escritos del amigo y futuro mentor del escritor Max Brod.
No es la primera vez que la recepción por parte de los literatos de un invento que vieron nacer con sus propios ojos despierta el interés de los investigadores. A los ya casi pequeños clásicos en este sentido –Los escritores frente al cine (Fundamentos, 1981) y Gente del 98: arte, cine y ametralladora (1989)- habría que sumar dentro del ámbito español los más recientes Los escritores del 98 y el cine (Fancy, 1999), Proyector de luna. La generación del 27 y el cine (Anagrama, 1999), Viento de cine. El cine en la poesía española de expresión castellana, 1900-1999 (Hiperión, 2002) y 98 y 27: dos generaciones ante el cine (Centro de Profesores y Recursos de Cuenca, 2005).
Sin llegar al optimismo de un Jack London en el primer libro citado –“ningún lenguaje es capaz de imprimir las cosas en la conciencia de manera tan vívida” (1915)-, Kafka halla en la oscuridad de la sala –ese “reino de las sombras” del que también habló Gorki- el remanso de paz necesario, esa “soledad en reflexión” para unos pensamientos que cabalgaban siempre de forma atropellada por los territorios de la indecisión y el sufrimiento. En sus cartas a su eterna prometida Felice Bauer detiene sus comentarios para hacer referencia a una película, comparar su angustia vital con la que representa algún personaje de la gran pantalla, e incluso para arrojar una lanza a favor de la poderosa expresividad del teatro en detrimento de la “extrema inutilidad del despliegue de facultades” que brinda el cine a los grandes actores: “Max, he visto una representación de Hamlet, o mejor dicho, he oído a Bassermann. ¡Por Dios!, durante ratos enteros adquirí yo el rostro de otra persona, de tanto en cuanto tenía que apartar los ojos del escenario y mirar a un palco vacío para recomponerme”.
Gracias al trabajo de Zischler sabemos la fascinación que sintió Kafka ante el Panorama del Emperador, invento basado en las fotografías estereoscópicas que convivió con el cine en sus primeros años y que le hizo exclamar: “¿por qué no hay una unión de cine y estereoscopio de esta guisa?”, o sus reflexiones sobre sus orígenes tras visionar la película propagandista judía Regreso a Sión un año antes de su final: “Vi que si de alguna manera quería seguir viviendo, yo tenía que hacer algo radical y quise irme a Palestina. Seguramente no habría sido capaz, no tengo la suficiente preparación, tanto en un sentido hebreo como en otros, pero tenía que agarrarme a alguna esperanza”.
Quizá el complemento perfecto a la lectura de esta obra sea visitar el Franz Kafka Museum de la calle Cihelna de Praga, entre cuyos muchos atractivos se encuentra la proyección de un montaje audiovisual que hubiera hecho las delicias del propio escritor.