Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Neuman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Neuman. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de junio de 2014

The Reader´s Diary (XXXIII)

Muchas son las antologías que se han ido publicando en los últimos años del género del relato breve. Las ha habido temáticas, cronológicas o topográficas según el criterio elegido. La especialista Ángeles Encinar, que ya coordinó anteriormente para Cátedra otra antología sobre el cuento español contemporáneo, reincide ahora sobre la cuestión con una selección rabiosamente actual sobre la narrativa corta publicada en nuestro país en las dos últimas décadas -El cuento español actual (1992-2012)-, décadas en las que la situación, pese al pesimismo que preside el panorama editorial, parece haber mejorado para el género con la irrupción de numerosos autores, la creación de editoriales, revistas y blogs especializados, o una concesión más generosa de los grandes grupos. Soslayando el siempre impepinable tema de las ausencias, la muestra que Encinar ofrece es bastante representativa del quehacer cuentístico y la vitalidad de un género reconocido sobre todo por su calidad y la diversidad de temas y estilos. Cada cuento va precedido de un pequeño currículo de cada autor y sus respuestas a una minientrevista sobre la cuestión. Un libro sin duda de cabecera para futuras generaciones.
Para una generación The Smiths fue también un grupo de cabecera. La brevedad de su periplo como formación -apenas un lustro- unida a la singularidad de su propuesta estético-musical, les hicieron amados y odiados a partes iguales, convirtiendo en himnos algunas de sus canciones y en verdaderos iconos de la música pop algunos de sus álbumes como The queen is dead. Sin intención de convertirse en un libro de referencia sobre el grupo de Manchester -pues Luis Troquel acuñó la bibliografía básica en su libro publicado en Cátedra-, The Smiths. Música, política y deseo (Errata Naturae, 2014) recopila artículos, en su mayoría ya publicados, que abordan la filosofía y significación del grupo desde diferentes ópticas: la política, la homosexualidad, las letras, la iconografía, etc., logrando un caleidoscopio de miradas que abarcan desde la mitomanía al descreimiento.
Algo de mítico comienzan a tener también las dos ligas consecutivas que ganó el Athletic de Bilbao en la primera mitad de los ochenta, y que un servidor, "león" por herencia paterna, recuerda haber celebrado pegado a un transistor, cuando había que esperar a "Estudio Estadio" para ver el resumen de los partidos. Desde entonces, el Athletic ha perdido tres finales de la Copa del Rey y una de la Europa League, y como los futuros éxitos se ven, debido a la hegemonía presupuestaria de los "grandes", cada vez más difíciles, parece oportuno deleitarse con la reedición del libro que el periodista Pantxo Unzueta publicó en 1986, al calor de los grandes éxitos de una generación que pareció quebrarse con el lamentable affaire Clemente-Sarabia. De este asunto, y de otros muchos éxitos, fracasos y evocaciones, habla largo y tendido Unzueta en ¡A mí el pelotón! (Corner, 2014), bocados de la historia de un club sin duda peculiar y reconocible que llegó en sus buenos tiempos a tener diez jugadores titulares en la selección española. La repesca se completa con una serie de artículos publicados por el periodista desde entonces hasta la actualidad, pinceladas de una historia algo más gris pero siempre rojiblanca. 

martes, 27 de mayo de 2014

The Reader´s Diary (XXXII)

La única vez que estuve en Shakespeare&Co. tuve la sensación de que todo lo que había oído de ella respondía a la más fiel realidad. Allí estaba el gato campando a sus anchas sobre una pila de libros colocados de cualquier manera, los clientes no se diferenciaban de los empleados, los turistas no paraban de hacerse fotos en la fachada o el interior, y uno podía perderse por los infinitos laberintos de la librería subiendo escaleras y atisbando las habitaciones superiores que supuestamente daban cobijo a escritores en ciernes o necesitados de albergue provisional. Como ya reseñé mis impresiones en un artículo para Clarín, me limitaré a destacar que el libro de Jeremy Mercer, La librería más famosa del mundo (Malpaso, 2014), una suerte de novela autobiográfica sobre su paso por el establecimiento, ayudará a perpetuar esta imagen para quienes todavía no hayan tenido la oportunidad de visitarla. Su protagonista, joven periodista canadiense en busca de sí mismo, recala en la librería gracias al boca a boca y se queda allí una larga temporada contándonos su extraño funcionamiento, las idas, venidas y relaciones de sus nómadas residentes, y los delirantes cambios de humor de su impagable propietario. El libro se lee con agrado gracias a una prosa limpia y entretenida que se aprovecha de un material que aúna la leyenda y lo verosímil.
Muy entretenida también, con un aire de cómic y novela policíaca desenfadada, se presenta El hombre sin rostro (Salto de Página, 2014), novela que podría parecer de transición en la trayectoria del sevillano Luis Manuel Ruiz, tras grandes logros como su debut en El criterio de las moscas o en la novela histórica -Tormenta sobre Alejandría-. Ruiz es un escritor de prosa elaborada, de los que cincela el estilo con primor. Aquí nos lo vuelve a demostrar con esta novela ambientada en el Madrid de principios del siglo XX, en la que la posibilidad de desvelar un importante proyecto científico secreto sembrará la inquietud ciudadana con una serie de muertes aparentemente accidentales. A pesar de su tono menor, casi de "pulp" o "serie b", la novela de Luis Manuel Ruiz es sumamente adictiva y atesora algunos pasajes sin desperdicio, haciendo alarde de un humor a prueba de bombas.
Ignoro si Andrés Neuman también ideó Barbarismos (Páginas de Espuma, 2014) como un libro de transición, ampliación de la sección del mismo nombre que ha ido apareciendo en el suplemento El Cultural, pero si es así, nos gustaría que sus recesos entre novela y novela, o entre novela y poemario, fueran más largos, como esos minutos de descuento que nunca acaban. Prologados por un José María Merino que, para mí, se queda corto en los elogios, estamos -valga la fácil alusión- ante una obra bárbara, digna de figurar entre las mejores creaciones de su joven autor. Como muchos ya conocerán buena parte del contenido, no voy a desvelar ninguna de las definiciones añadidas de este diccionario malévolo y extraordinariamente ocurrente, imaginativo y contundente, poético y estrafalario, punzante y categórico. Quiero pensar que detrás de cada definición hay horas de meditación, de darle vueltas al matiz más sugestivo de cada palabra, de sorprender al lector con un giro inesperado, pero no por ello más plausible. De lo contrario, la genialidad de Neuman me convencería por fin de que no es de este mundo.

sábado, 15 de diciembre de 2012

The reader´s diary (XIV)

La escritura de una novela te deja secuelas inevitables. Los personajes se quedan dentro de tu cabeza y es difícil, por no decir imposible, sacarlos de ahí. Esto hace que en ocasiones creas ver en la vida cotidiana situaciones o actitudes muy próximas a las que desarrollaste en la ficción, o que, rizando el rizo, la novela trate de prolongarse en otras, como una imparable madreselva que trata de contaminar o incrustrarse en las ideas de otros. En mi caso, mis Bancos de niebla parecen haberse espesado más de la cuenta alcanzando el paisaje narrativo de dos lecturas recientes: Historia de amor sin título, de Rubén Ochandiano, y Hablar solos, de Andrés Neuman. En la primera de ellas, debut novelístico del joven actor y realizador, el protagonista también se llama Mario. Es un chico homosexual, con graves problemas para relacionarse con los demás y que sufrió acoso escolar en su infancia, como su propio artífice, Ochandiano, ha declarado en alguna entrevista promocional. Escrita siguiendo los parámetros de cierta narrativa moderna y desde diferentes ángulos o puntos de vista -el del propio Mario, amigos, miembros de su familia, su psicóloga y la propia periodista que le entrevista en el centro psiquiátrico en el que está internado- la novela peca a veces de ingenuidad y cierto desaliño estilístico, pero rebosa dinamismo e inteligencia en la confección de una arquitectura narrativa bien tensionada. Los monólogos de Mario en primera persona me trajeron a la memoria inevitablemente las grabaciones de su tocayo de Bancos de niebla, la cercanía entre dos personajes problemáticos enfrentados a una vida que les supera.
Uno de los tres pesonajes principales de Hablar solos también se llama Mario, pero las casualidades no acaban ahí, ya que se trata de un enfermo que, tras diagnosticársele una enfermedad irreversible, opta por grabar en cintas sus pensamientos, miedos y confesiones para su mujer y su hijo de diez años. La estructura que presenta Neuman también guarda similitudes y tiende puentes entre las tres novelas citadas, ya que va alternando diferentes monólogos de los tres protagonistas de una historia triste, pero real como la vida misma. El autor de Bariloche elude los diálogos y los convencionalismos narrativos para penetrar en el alma desnuda de cada uno de los miembros de la familia y ofrecernos esos matices y sorpresas que nos revelan que nada es nunca lo que parece. Tras la monumentalidad de esa novela de corte decimonónico que fue El viajero del siglo, Neuman nos ofrece ahora una historia mucho más íntima y áspera, y si me apuran, de la misma o mayor envergadura que la anterior.
Quizá sea sólo una impresión de un escritor obsesivo, pero creo que tanto Ochandiano como Neuman estarán de acuerdo conmigo en que uno de los valores de la literatura reside en lo que podríamos llamar su carácter reproductivo o inagotable: unos libros llaman a otros, y sus páginas y personajes se entrecruzan casi sin percatarnos, como si manifestaran su deseo de perennidad. Mario vivirá para siempre, solitario y frágil, en los infinitos destinos que le depare la literatura.

martes, 16 de junio de 2009

Neuman también sabe bailar lento


Tenía bastante curiosidad por ver cómo Andrés Neuman se defendía en una novela de las llamadas de largo aliento, y la verdad es que tras la lectura de El viajero del siglo (Alfaguara, 2009) no me siento decepcionado. Sus más de 500 páginas sorprendían de entrada en un escritor que nos ha acostumbrado a la brevedad, ya sea en su magistral dominio del relato breve, del aforismo y el apunte, o incluso de la novela -recuerdo que aquella Vida en las ventanas estaba confeccionada con la acumulación de los correos electrónicos que se enviaban los protagonistas-. Pues bien, quizá para demostrarse a sí mismo que podía hacerlo, Neuman ha escrito una novela deliberadamente lenta, escrita, como él mismo ha declarado en las numerosas entrevistas concedidas tras la concesión del prestigioso premio iberoamericano, siguiendo el estilo literario de las novelas decimonónicas, pero, y ésa es una novedad importante por cuanto tiene de juego narrativo, con la mentalidad de un autor del siglo XXI. De hecho, el punto de partida de El viajero del siglo es un lied de Schubert. Cierto es que mientras vamos leyendo tenemos la impresión de asistir a un concierto de una orquesta de cámara, cuyos escasos músicos-protagonistas tienen siempre su solo asegurado, ya se trate de Hans, el viajero que no puede escapar de la ciudad inventada por Neuman, de Sophie, la joven asfixiada en un mundo de tradiciones, Alvaro Urquijo, el español que arrastra la muerte de su esposa, o el organillero, ese músico auténtico que parece significar la paz, el sosiego en un mundo que amenaza con cambiar a cada momento.

Este contraste de miradas, que Neuman ha extrapolado al paralelismo entre la Europa de la Restauración y la Unión Europea actual, alcanza sus cotas más vibrantes en las escenas de cama entre los protagonistas, narradas con una sinceridad apabullante que choca con el rígido corsé que imponían las normas sociales y que, en las novelas del siglo XIX, siempre nos impedían ver lo que ocurría debajo de las sábanas o en los verdes prados donde retozaban los enamorados. Neuman ha escrito, en fin, una novela para leer con paciencia, Neuman se gusta y nos gusta. Si acaso me sobra la línea narrativa del asesino de mujeres tipo Jack el Destripador. Creo que poco aporta al conjunto, salvo mostrar ese doble rasero que se oculta tras una apariencia formal. De haberla eliminado, pienso que la novela no se habría resentido, aunque es cierto que tampoco empaña en exceso una historia ciertamente conmovedora.