miércoles, 23 de octubre de 2013

jueves, 17 de octubre de 2013

The Reader´s Diary (XXV)

Somos muchos los que tenemos como uno de nuestros imprescindibles libros de cabecera cinéfilos Vértigo y pasión (Taurus, 1998), el magnífico ensayo que el filósofo Eugenio Trías dedicó a la mítica película de Hitchcock. La reciente muerte del escritor no ha impedido que Galaxia Gutenberg haya reunido en un volumen algunos de los artículos que sobre el séptimo arte -una de sus grandes pasiones- dejó inéditos el autor de Lo bello y lo siniestro, y que se estructuran en torno a las producciones preferidas de algunos de sus directores más admirados: Coppola, Lang, Lynch, Tarkovski, Kubrick, Welles, Bergman y el propio Hitchcock de nuevo. La selección es reducida: podían haber sido algunos más y podían haberse estudiado más títulos de cada uno, pero el propio Trías reconoce que las que sí están eran ineludibles. El autor de De cine es consciente de los ríos de tintas que se han vertido sobre todas y cada una de las películas abordadas -y, de hecho, cita al principio de cada capítulo los títulos bibliográficos más relevantes sobre cada director-, así que su mirada es la de un espectador apasionado que no puede evitar exhibir su apabullante acervo cultural a la hora de desmenuzar secuencias, buscar símbolos y significados, rastrear anécdotas y, en definitiva, trascender la imagen para ir siempre más allá en un cuidado discurso que nos hará revisar, seguro, películas cuyas cualidades no supimos ver -Eyes wide shut, sin ir más lejos, para un servidor- o deleitarnos con detalles y lecturas que siempre enriquecerán el recuerdo que guardamos en nuestra memoria cinéfila. Eugenio Trías pertenecía a la estirpe de los que acudían al cine como a un templo sagrado, rindiendo tributo a un arte que, en estado de gracia, nos ha dejado esos fotogramas prendidos ya para siempre a nuestra retina. Este libro no es sino su personal homenaje a los creadores que lo hicieron y lo hacen todavía posible.
Un territorio mítico pueden también representar algunas librerías, y más en una época como la actual, en la que la bibliofilia cobra mayores visos de patología, de nostalgia acrecentada por un negocio que camina hacia la incertidumbre. Jorge Carrión, viajero incansable y explorador de librerías por los cinco continentes, nos regala en el volumen de título homónimo -con el que resultó finalista del Premio Anagrama de Ensayo- un entrañable y edificante recorrido por algunas de las librerías más famosas, grandes, encantadoras o recónditas del mundo. Carrión salta de uno a otro país, de una a otra ciudad, sellando su pasaporte invisible de librerías, haciéndonos visible su arquitectura interior y exterior, la historia que arrastra, sus anécdotas personales, su peculiar ordenación; traza un retrato a pinceladas de los libreros, rememora las películas que se rodaron allí, y evoca las dificultades puntuales para alcanzar algunas de ellas. Pero esta historia o viaje personal por las librerías no podía dejar de lado a los escritores cuyas obras les dan vida, así que Carrión también tiene tiempo para detenerse en la obra de algún autor, en recrear sus visitas de aprovisionamiento o en relatar sus encuentros con otros compañeros. Y en este aparente desorden expositivo, el libro de Carrión tiene muchos puntos en común con el de Trías, pues ambos prefieren deslizarse por la memoria personal, por cierta tendencia fetichista y compulsiva antes que por el rigor y el academicismo. Hay que agradecérselo a ambos.

lunes, 7 de octubre de 2013

The Reader´s Diary (XXIV)

Tras leer y disfrutar plenamente con El libro de los pequeños milagros (Páginas de Espuma, 2013) mantengo mi opinión de que Juan Jacinto Muñoz Rangel es un purasangre de los relatos. En De mecánica y alquimica ya había dado buenas muestras de ello, con su hábil conjunción de elementos fantásticos, barrocos y de amplia fuerza evocadora y sugerente. El asesino hipocondriaco, su primera novela, me pareció, sin embargo, un relato alargado, como si la idea germen de la misma hubiera encontrado mejor asiento en una narración de cincuenta páginas a lo sumo. Su debut en el díficil pero muy agradecido género del microrrelato demuestra que el malagueño es un especialista de las distancias cortas: sabe cómo llamar la atención con un inicio desconcertante, cómo mantener la tensión e imprimir esa vuelta de tuerca final que exige redoble y ovación. Como anuncia su título, la última obra de M.R. se afana en dinamitar la convención, poniendo del revés lo natural y subvirtiendo el orden establecido, creando esos "pequeños milagros" que tiran a un tiempo de ironía, sarcasmo, acidez, magia, ensoñación, pero, sobre todo, de una inventiva y originalidad colosales. M.R. saca de su chistera situaciones imposibles, alteraciones no por lógicas menos desconcertantes, malformaciones aberrantes y criaturas timburtonianas que harán las delicias del lector ávido de nuevas sensaciones. Se nota que M.R. es un tipo muy leído: ha fagocitado cine y literatura con ansia de caníbal, y, con su habilidad de brujo y/o maestro de ceremonias de circo de siete pistas, les ha imprimido nueva forma dotándoles de vida autónoma. Sólo su serie de "Backwards" merecería recordarse como una de las microinvenciones más importantes del año que va tocando a su fin.
En las distancias cortas ha encontrado también su piedra de toque Jean Echenoz, quien, tras su trilogía biográfico-poética -de la que acabo de disfrutar la que me faltaba por leer, Ravel recuperada en "Compactos" por Anagrama- sigue encuadernado en el poco más de centenar de páginas con 14 (Anagrama, 2013), su particular contribución a esa Primera Guerra Mundial no lo suficientemente abordada en el plano literario -entre las últimas aportaciones, me quedo con El sonámbulo de Verdún, de Eva Díaz Pérez-. Siempre poco amigo de los tópicos y las convenciones narrativas, Echenoz acomete el empeño como si se tratara de una pieza de cámara. Sigue a unos pocos personajes en su ida y vuelta -o ida solamente- del conflicto armado, retratando escenarios, paisajes de batalla, muertes, heridas, cartas, uniformes, como si de un vals se tratase, con esa musicalidad del lenguaje suya tan característica, capaz de otorgar al relato fuerza dramática y belleza a partes iguales. Leer a Echenoz es sucumbir a su poder hipnótico, descubrir las verdaderas dimensiones de la palabra, una literatura que definitivamente está en otra dimensión.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Un GPS para el cine actual

En los últimos años, los avances tecnológicos y la consiguiente modificación en los hábitos de la exhibición han marcado ineludiblemente el negocio del cine. La recepción del espectador ya no es la misma que hace veinte años o incluso una década, si me apuran. Las salas se han vaciado. Las películas dirigidas a una audiencia minoritaria, las españolas e incluso a veces las de un presupuesto normal, cada vez tienen más dificultades para estrenarse, y o bien lo hacen de tapadillo, o su circulación se restringe al circuito de los festivales o al dvd, cuando no a la estricta invisibilidad. Afortunadamente, los nuevos canales de difusión digitales han impedido que caigamos en el clásico debate formulado con cierta frecuencia: ¿existe una película si nadie la ve? En esta enrarecida y viciada situación de la exhibición cinematográfica, donde entra en juego principalmente el factor económico, el espectador potencial cobra un nuevo protagonismo, ya que ahora es él el quien tiene que ir a buscar la película, y no la película la que le busque a él. Son bienvenidas, por tanto, herramientas que nos faciliten ese acercamiento, esa búsqueda de la imagen que nos emocione, nos haga reflexionar o, por qué no, nos repela.  Conscientes de esta compleja coyuntura, los especialistas Hilario J. Rodríguez y Carlos Tejada han hecho realidad un empeño ciertamente loable: ofrecer en un solo volumen un panorama bastante revelador -siempre hay ausencias reseñables y presencias injustificadas- de la cinematografía del pasado siglo y del presente, ofreciendo pautas para un futuro ciertamente impredecible. Cine XXI. Directores y direcciones se confecciona a modo de diccionario de realizadores con la única condición de que estos estén en activo o hayan muerto en fechas muy recientes. Un equipo misceláneo de críticos, blogueros y escritores de diferente procedencia se han unido para elaborar un fichero casi sistemático de la producción cinematográfica actual, sin olvidar campos de más difícil acceso y frecuente olvido monográfico, como el videoarte, el documental o la animación. La multiplicidad de miradas conlleva, empero, cierto hándicap a la hora de afrontar las respectivas fichas de cada director: mientras unos apuestan por trazar un recorrido bio-filmográfico, otros se detienen sólo en sus títulos más significativos, y otros se dedican directamente a divagar sobre cuestiones cinematográficas. Ello hace que la homogeneidad de la obra se resienta, pues la ausencia de un criterio unitario desplaza las más de las veces el contenido a juicios subjetivos antes que al rigor de la obra de referencia.  A pesar de esta disparidad a la hora de afrontar cada entrada, el valor del volumen queda fuera de toda duda, haciendo palpable su necesidad en este laberinto que nos encontramos ahora, y por cuyos infinitos vericuetos este gps nos será de gran utilidad.


martes, 24 de septiembre de 2013

Quedarse corto

Hay una expresión válida para muchas situaciones de la vida y que es aplicable también al campo de la crítica de diferentes disciplinas artísticas. Dos películas vistas recientemente, quizá más la primera de ellas, me han hecho recordarla. Tanto Todas las cosas buenas (2010) como Tierra prometida (2012) se quedan cortas en sus pretensiones. La primera, debut en la ficción del prometedor Andrew Jarecki -Capturing the Friedmans-, no agota las enormes posibilidades de un argumento basado en la vida de David Marks, hijo de un acaudalado empresario con fases de inestabilidad mental quien fue juzgado y absuelto por la misteriosa desaparición de su mujer y dos crímenes paralelos. Marks, que sigue con vida disfrutando de una apacible libertad, llegó a disfrazarse de mujer para ocultar su identidad. Jarecki se posiciona evidentemente al otro lado de la justicia, pero ni esa postura le basta para articular un discurso efectivo, pues en ningún momento -salvo quizá en un par de escenas bien resueltas- genera la tensión necesaria exigida por la contundencia del relato y hasta llega a provocar el efecto contrario: que la última parte de la película resulte un tanto ridícula y casi cómica. Ryan Gosling, Kirsten Dunst y un gran veterano como Frank Langella hacen lo que pueden para salvar los muebles pero el edificio ya tenía los cimientos mal puestos y se derrumba a los veinte minutos.
Mucho más medido, pues a Van Sant le sobran kilómetros en el cine de factura comercial norteamericano, se muestra el director de El indomable Will Hunting en Tierra prometida. Una historia de trasfondo ecologista oculta en realidad la clásica parábola sobre la honestidad y los principios: los grandes conglomerados empresariales son indefendibles frente a la pureza del individuo y sus orígenes, y de eso se acaba dando cuenta el personaje interpretado por Matt Damon tras una serie de varapalos y reveses inesperados. Van Sant que, como sabemos, escinde su quehacer en arriesgadas propuestas personales donde puede acertar con maestría -My own private Idaho, Elephant, Paranoid Park- pero también fracasar con estrépito -Even cowgirls get the blues, Last days- y en un cine mucho más convencional que le permite las veleidades anteriores -Descubriendo a Forrester, Psycho-, rueda al modo de los viejos artesanos del cine de Hollywood, sin que se note su presencia, con un ritmo pausado que da preeminencia a la historia y a los personajes sobre los alardes estilísticos. Sin embargo, hasta cuando Van Sant recala en este cine digamos "manufacturado" no puede evitar mostrarse a veces poco convencional: cualquier otro realizador habría forzado un encuentro sexual entre Matt Damon y Rosemarie DeWitt, pero Van Sant lo reserva para el final a modo de "off" visual sobreentendido. Detalle de clase, supongo. 

lunes, 16 de septiembre de 2013

The Reader´s Diary (XXIII)

Llevaba tiempo queriendo leer algo de Patrick Modiano, uno de los escritores franceses contemporáneos más mimados por la crítica. Me decidí por En el café de la juventud perdida (Anagrama, 2008), que me habían recomendado algunos amigos de confianza. Sin embargo, salgo de su lectura con una impresión indefinida sobre su verdadera valía. Toda la novela gira en torno a la hija de una cabaretera del Moulin Rouge, y a las impresiones que diferentes personas que la conocieron ofrecen de ella. Esta estructura circular, coral por decirlo de otro modo, no tendría nada de malo si el objetivo condujera a alguna parte, pero da la sensación de que Modiano pasa de un personaje a otro sin orden ni concierto y sin tener muy claro a dónde quiere llegar. Hay pasajes bellos, los cafés y el ambiente literario parisino están descritos con sutileza y pinceladas cortas, pero me falta algo de sentido en la composición final. Algunos dirán que la novela no tiene por qué seguir una linealidad ni buscar la concreción. Ejemplos hay de sobra para debatir sobre este punto. Pero aunque esa hubiera sido la intención de Modiano, me sigue faltando ese aliento poético que sublimara la narración, como sí le sucede, por poner un ejemplo, a las novelas de otro contemporáneo suyo, Jean Echenoz, cuyas novelas sí saben siempre hacia donde se dirigen.
Otro que tiene muy bien plantados los pies en el suelo es el norteamericano Peter Cameron, quien con Coral Glynn (Libros del Asteroide, 2013) consigue, y ya era difícil, superar lo logrado con su anterior Algún día este dolor te será útil. Podía sorprender en principio que Cameron situara la novela en la Inglaterra de los años 50, cambiando radicalmente el contexto respecto a su novela previa, aunque si tenemos en cuenta que se licenció en Literatura Inglesa y que siempre ha confesado su admiración hacia la narrativa de escritoras británicas como Elizabeth Taylor o Barbara Pym, la cosa cambia. El personaje que da nombre a su sexta novela, extraordinariamente retratado por Cameron, es una enfermera que trabaja a domicilio, por lo general, con pacientes en estado terminal. Su nuevo destino es una solitaria casa de campo con ecos de la Rebeca de Daphne du Maurier, en la que debe cuidar de la madre de un militar convaleciente de heridas de guerra, quien le propondrá matrimonio iniciando una tormentosa relación con episodios a cual más sorprendente y secretos que van saliendo poco a poco a la luz. Al igual que sucedía en Algún día... la habilidad de Cameron para dibujar el carácter de sus criaturas es asombroso, consiguiendo lo que sólo está al alcance de unos pocos: que el lector comparta asiento con ellos, en las mismas habitaciones, compadeciéndolos o alegrándose por sus breves momentos de felicidad. La escritura de Cameron es de las que acarician al lector, delicada pero no hasta el punto de chirriar cuando se desvela un abrupto acontecimiento, todo lo contrario, se diría que el efecto se duplica por lo inesperado. Temas espinosos para la época y el contexto social en el que se desarrolla la novela, como la homosexualidad o la represión y los abusos sexuales, se incrustan en la narración con una pasmosa naturalidad, como si Cameron hubiera nacido varias décadas más atrás.
En resumen, Coral Glynn, como su personaje central, demuestra una solidez a prueba de obstáculos, esa solidez que, saltando en el tiempo y cambiando de contexto, se fue al garete con la llegada de la crisis económica en los últimos años de la década anterior. Se han escrito muchos libros sobre ella de reputados economistas, de políticos oportunistas, de sociólogos cariacontecidos y de colectivos indignados, pero faltaba el del escritor dotado de una visión externa, semejante a la del ciudadano medio que ha observado con preocupación el derrumbe de un edificio construido con materiales de derribo. Muñoz Molina se encerró varios meses en archivos periodísticos consultando rotativos que entonces abundaban en páginas y en noticias que, vistas con la perspectiva que otorga el tiempo, vaticinaban el desastre luego sobrevenido. Con su habitual clarividencia, el autor de Un invierno en Lisboa elabora un discurso ficcionalizado sobre unos años que lo cambiaron todo, una crónica certera y machacona sobre los desaguisados y tropelías cometidos en los tiempos de abundancia y que nos han convertido en las vacas flacas que ahora somos. La negrura del panorama dibujado, que no es otro que el que aún tenemos encima sin saber por cuánto tiempo, no agota, sin embargo, la esperanza en un futuro al que hay que mirar a la cara, porque, como se encarga de recordar Muñoz Molina, hubo una época en que estuvimos mucho peor, y es necesario valorar lo que hemos logrado. Como Anatomía de un instante, Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013) está llamado a ser un libro de referencia del presente siglo.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Hitchcock: cero en suspense


Los biopics de directores del Hollywood clásico, amén de ser escasos, nunca suelen ser películas de fuste. Así, a vuelapluma, sólo recuerdo dos excepciones dignas de recordar, y en ambos casos, abordaban la figura de realizadores menores e irregulares, cuando no directamente prescindibles: me refiero a Dioses y monstruos, basada en la vida de James Whale, y a Ed Wood, a quien Tim Burton encumbró a una gloria póstuma. El primer largometraje de ficción de Sacha Gervasi (1966) no vendrá a cambiar las cosas. Atreverse con una figura tan emblemática como Alfred Hitchcock ya era una aventura de riesgo y, aunque el libro de Stephen Rebello en el que se apoya acota una mínima coyuntura temporal en la vida del cineasta -la que comprende la génesis, rodaje y estreno de Psicosis- los resultados no son muy alentadores. La esforzada y loable interpretación de Anthony Hopkins como el mago del suspense y de Helen Mirren como su mujer, la guionista Alma Reville, no son suficientes patas para un banco que nació cojo. La realización es plana, alimenta los tópicos ya tan historiados de la vida del director -su obsesión por las rubias, la ambigua relación con su esposa, la pasión enfermiza por su trabajo...- y peca de falta de ambición. Uno tiene la sensación de estar ante un producto realizado para la pequeña pantalla en lugar de ante una película con un punto de partida prometedor. Para quien tenga un mínimo conocimiento de la vida y obra del director inglés, la previsibilidad es la tónica dominante en una cinta con pocos aciertos para recordar, quizá la forma de presentar la historia como un episodio del conocido "Alfred Hitchcock presenta". El resto se diluye en una atmósfera átona que flaco favor hace al mito.