domingo, 5 de febrero de 2012

Giacometti vs. Browning

En su escrupuloso y sentido estudio sobre el realizador norteamericano Tod Browning (Cátedra, 2010), José Manuel Serrano Cueto no elude las referencias en la obra del cineasta a las pinturas negras de Goya. No se trata de ninguna información baladí, ya que el insólito universo del autor de Drácula o Freaks (La parada de los monstruos) se nutrió de numerosas influencias pictóricas y artísticas para gestar un mundo donde cabían el expresionismo alemán, el barroco, el surrealismo y, por supuesto, la deformidad, el gusto por lo antinatural, lo diferente. Realizadores posteriores que, a su vez, han bebido del caudal dejado por Browning -por ejemplo, Cronenberg o Lynch- y que pueden presumir de haber desarrollado ese cosmos propio tan caro a la célebre autoría acuñada por los integrantes de Cahiers du cinema, sin duda lo habrían tenido mucho más difícil en las décadas de los 20 y 30, años en los que, todavía cuesta creerlo, Browning se amparó en el respaldo de productores que asumían un gran riesgo -Thalberg, Laemmle Jr.- para vencer las reticencias de una censura aún imberbe y un público poco acostumbrado a tal desfile de atrocidades. Sólo cuando se instauró el famoso código Hays para establecer con rigidez lo que se podía o no ver en la pantalla, Browning se doblegó ante la industria logrando, aún así, algunas imágenes sugerentes en films como La marca del vampiro o Muñecos infernales. El director del célebre ciclo de películas con Lon Chaney -en su mayoría hoy desaparecidas- había rebasado todos los límites de lo políticamente correcto con Freaks, y ni la industria ni el público podían perdonarle ya. Tras su última película poco antes de la década de los 40 y hasta su muerte en 1962, Browning sobrevivió de las rentas cosechadas y de algún que otro trabajo alimenticio, muriendo en la más absoluta indiferencia.
Sólo cuatro años después, a muchos kilómetros de allí, en la ciudad suiza de Coira, fallecía el artista Alberto Giacometti. Ignoro si alguna vez ambos maestros se conocieron, pero tras ver la magnífica exposición que el Museo Picasso de Málaga le ha dedicado al pintor y escultor, me ha quedado una vez más meridianamente claro que el parentesco artístico no obedece ni a fechas ni a lugares, sólo al impulso creativo, al espíritu que cada cual aloja en el interior de su obra. ¿Tendría presente Giacometti mientras modelaba El hombre que camina las películas de Browning? ¿Habría visitado éste en la Galería Pierre Matisse de Nueva York la retrospectiva que se ofreció sobre la obra del anterior a finales de los 40? Los retratos y figuras de Giacometti, como las mejores películas de Browning, socavan las leyes de la física, los parámetros normales para instalarnos en una realidad paralela, donde las distorsiones son la única regla y la impresión visual debe ser forzosamente castigada para hacernos creer que los fantasmas, los espectros, la depravación están más cerca de lo que imaginamos, quizá hasta dentro de nosotros mismos.

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