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jueves, 9 de mayo de 2019

Las casas de Porfiria Sanchiz

La vida de Porfiria Sanchiz, sobre todo en su infancia, adolescencia y juventud, estuvo condicionada por el empleo de su padre Francisco, ingeniero de profesión, reclamado por buena parte de las compañías de electricidad que implantaban entonces la red a lo largo y ancho de la península y en los territorios insulares. De ahí el carácter nómada de esos primeros años de la futura actriz, cambiando de domicilio con bastante asiduidad, sin asentarse en ningún sitio. Me queda aún la tarea pendiente de concretar fechas y lugares de residencia para ir cerrando el círculo sobre ese itinerario que discurre por Barcelona, Puertollano, Málaga, Sevilla o Tenerife.

Me centraré ahora en las tres viviendas quizá más significativas de su vida. Porfiria nace en la madrugada del 15 de junio de 1909 en el número 13 de la céntrica calle Bolsa, entonces llamada Infanta Doña Eulalia. Por su cercanía con el corazón de la ciudad, la plaza del Cabildo y la calle Ancha, este primer tramo de la calle lo ocupaba la clase media, profesionales del sector del comercio, médicos, corredores, cosecheros, militares... mientras que el segundo tramo, que se extendía hasta el barrio marinero, lo componían las casas de las familias más humildes.

Mis investigaciones para localizar la casa natal en el archivo del catastro municipal fueron infructuosas, ya que la principal dificultad estribaba en saber, en caso de seguir en pie, qué número ocupaba en la numeración actual de la calle. La respuesta la encontré por pura casualidad en el libro Arquitectura del veraneo y su época en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), 1900-1950, de la investigadora Ana Mª Gómez Díaz-Franzón. En el capítulo 5.9 titulado "Otros edificios singulares en el casco urbano", y, en concreto, en el apartado "Casas en calle Bolsa y Trasbolsa", al hablar de la Casa Argüeso (actual Bolsa, 29), dice lo siguiente: "Un año después -1899-, el mismo Juan de Argüeso reformará la casa aledaña, entonces Bolsa, 13, que aún conserva las molduras de los huecos superiores decoradas con frisos de palmetas de carácter modernista". El azar depara a veces estas sorpresas. De ahí el agradecimiento que le dedico a Ana en mi libro.

Más dudas plantea el número 19 de la calle Gaztambide, en el barrio madrileño de Chamberí, donde Francisco instala su despacho y la familia su nueva residencia en 1929. Según la referencia catastral localizada en la sede electrónica del catastro del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, el edificio de viviendas del número 19 se construye en 1932, por lo que las hipótesis plausibles son que se edificara sobre el anterior o que la numeración cambiara como en el caso de Sanlúcar.




La tercera casa, posiblemente donde Porfiria residiera más tiempo, se corresponde con el número 2 del pasaje General Mola, llamado anteriormente Sud-América, perpendicular con la actual calle Príncipe de Vergara. Gracias al anuario editado por el Sindicato Nacional del Espectáculo tenemos constancia de que Porfiria vivió allí al menos desde 1955 hasta su fallecimiento en 1983.

miércoles, 12 de junio de 2013

Fray Perico y su trabuco

Se cumplen ahora quince años desde que el binomio formado por Salvador Daza y Regla Prieto -músico él, filóloga ella- iniciara en el plano editorial sus investigaciones sobre los curas homicidas a lo largo de la historia. Ese primer trabajo se tituló Proceso criminal contra Fray Pablo de San Benito en Sanlúcar de Barrameda (1774) (Universidad de Sevilla, 1998), dándose la circunstancia de que este juicio, desarrollado por azares del destino en su ciudad natal, se erigiría en el primero que derogaría los privilegios del estamento eclesiástico en las causas judiciales imponiendo al tribunal civil debido a la crudeza y gravedad de los hechos juzgados, sentando un precedente judicial al que las partes implicadas se remitirían en casos similares posteriores. Tras esta monografía llegarían luego Proceso criminal contra Fray Alonso Díaz (1714) (Universidad de Sevilla, 2000), y De la santidad al crimen: clérigos homicidas en España (1535-1821) (Espuela de Plata, 2004), que recopilaba en capítulos más breves una serie de casos especialmente llamativos ocurridos a lo largo y ancho de la geografía española.
La polémica y la sospecha siempre han acompañado a los oficiantes religiosos -sólo hay que consultar los diferentes escándalos de pederastia sacados a la luz en las últimas décadas y que han obligado a pedir perdón al mismísimo Papa-, pero también la indulgencia y el oscurantismo, como si querer saber más, meter la cabeza en la olla podrida, pudiera ser contraproducente para la opinión pública y la imagen de perfección que la Iglesia siempre se ha esforzado en transmitir. Sin embargo, el historial de delitos protagonizados por eclesiásticos es tan abundante que Daza y Prieto se han animado a publicar un nuevo libro con los casos que no tuvieron cabida en el anterior, algunos de los cuales alcanzan también el continente americano. Lucifer con hábito y sotana: clérigos homicidas en España y América (1556-1834) (Espuela de Plata, 2013) es el resultado de bucear varios años en archivos de difícil acceso, pidiendo permisos concedidos no siempre con amabilidad, y desentrañando los secretos mejor guardados del pasado de una Iglesia cuya caterva de criminales no desmerecería de las de los forajidos del viejo oeste americano, pudiendo, si me apuran, protagonizar su propio CSI. Con prolijidad de detalles, los autores dan cuenta de cada suceso centrándose sobre todo en el tira y afloja judicial que lo lleva a ir dando tumbos hacia un poder u otro, entablándose una encarnizada batalla entre jurisdicciones que podía acabar
con el reo ajusticiado, encadenado de por vida o más libre que el aire. En definitiva, una nueva piedra de toque, una llamada de atención para advertir que los tiempos no han cambiado tanto.