Jugando con los títulos de sus películas, no sé en qué momento exacto se produjo el "crack" de Garci, la fractura en la que su cine pasó de homenajear

Estuve hace unos años en una conferencia de Garci en los cursos de verano de El Escorial, y puedo asegurar que la audiencia estaba fascinada por ese tipo de aspecto juvenil enfundado en sus vaqueros y zapatillas deportivas que no paraba de citar directores y escenas que le habían hecho ser lo que es, sin las que no podía vivir.
Esa pasión de Garci tomó la forma justa en esas primeras producciones casi caseras, donde los aciertos visuales no parecían forzados ni los diálogos impostados. En Solos en la madrugada hay momentos de gran cine, como esa superposición de la conversación entre Sacristán y Fiorella Faltoyano con el discurso del propio Sacristán en los micrófonos, o esos planos de un Madrid nocturno sin coches y con la música apropiada. Quizá hoy pocos se acuerden, pero Garci eligió para cerrar la película el Unchained melody de los Righteous Brothers casi veinte años antes de que Jerry Zucker lo hiciera tan popular en Ghost.
Uno puede discrepar de las opiniones de ese émulo de Woody Allen que parece a veces Sacristán, pero no puede dejar de sentirse herido de nostalgia por la impresión de ese Madrid preelectoral e imberbe, por una sociedad que cambiaba a marchas forzadas y que Garci retrata con todos sus virtudes y defectos. No sé, quizá es que yo también me estoy volviendo mayor, pero este Garci me gusta...
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