
Cada cual a su modo, El discurso del rey y Los chicos están bien cuentan historias bienintencionadas, de ésas que tanto gustan a los académicos, una historia de superación personal, con defensa de la amistad incluida, en el primer caso, y un refuerzo de los valores familiares, aunque ésta venga representada por una familia moderna -dos madres lesbianas con sus respectivos vástagos fruto de la inseminación artificial-, en el segundo. Pero dejando de lado lo que pueden significar en el plano más ideológico, sus valores puramente cinematográficos están fuera de toda duda. Desde su magistral partitura compuesta por Alexandre Desplat -incomprensible que no se hiciera con la estatuilla- al duelo interpretativo de Colin Firth y Geoffrey Rush, El discurso del rey abandona la apariencia épica del género histórico para narrarnos una historia tan íntima como la del monarca Jorge VI y sus esfuerzos para superar un problema de tartamudez que convierte cada uno de sus discursos en un problema "de estado". La realización de Tom Hooper elude el abuso del sentimentalismo y apuesta, en cambio, por confiar en la impresionante capacidad gestual de sus dos actores principales -no olvidemos tampoco al gran elenco de secundarios encabezado por Helena Bonham-Carter- para transmitir emoción en cada plano y lograr algunas escenas memorables. El objetivo está plenamente conseguido: la persona es lo primero; de ahí que rey y logopeda adquieran al final de la cinta el mismo estatus moral y se hablen de tú a tú, como dos amigos en busca de una meta lejana y costosa. Para calibrar en su justa medida la película, recomiendo su visión en versión original.
Los chicos están bien navega por territorios argumentales un tanto atípicos: hijo e hija de una pareja de madres lesbianas deciden conocer al donante de esperma que hizo posible
