
Sin duda, este es uno de los mayores aciertos del libro, en el que muchos ya ven una de las mejores autobiografías deportivas de todos los tiempos, juicio que me atrevo a compartir desde que acabé la última página. Destinado a no elegir, a calzarse unas deportivas y coger una raqueta de madera desde los cuatro años por imposición paterna, Agassi estaba llamado a ser un campeón antes de ser capaz de andar -su padre, ex-boxeador de origen armenio, le instaló un móvil con pelotas de tenis en la cuna y le ataba una raqueta de juguete en la muñeca-. Su padre eligió la casa familiar en función de las dimensiones de un jardín trasero donde construir una pista de tenis y modificó un robot lanzapelotas -bautizado como el dragón- para darle mayor velocidad. Al no conseguirlo con sus hermanos, volcó todas sus energías en su vástago menor, sometiéndole a duros entrenamientos y haciéndole ingresar en una academia que más parecía un correccional, y donde también se formaron futuros tenistas y rivales como Jim Courier. A pesar de su carácter rebelde -demostrado en su juventud y en una estética e inconstante trayectoria sin parangón en la historia del tenis contemporáneo-, Agassi asumió su rol aun confesando abiertamente su odio hacia el deporte. En las emotivas y seductoras páginas de Open Agassi hace honor a su historia -sus postizos con mechas- y se desmelena relatando los momentos más duros -el infierno y sus desplantes en la academia, sus lesiones permanentes, su fortaleza para empezar de cero después de haber llegado a lo más alto tras flirtear con las drogas- y los más tiernos -su enamoramiento de Brooke Shields, la afinidad visceral con los miembros de su equipo, su cortejo finalmente exitoso a Steffi Graff, la consecución de su ansiado Roland Garros para completar el puzzle de los Grand Slam-, bordando una crónica deportiva y sentimental que se devora con pasión, como esos grandes partidos que sólo pueden dejarnos maestros como Borg, Federer o el propio Agassi.