miércoles, 24 de noviembre de 2010

La primera, en la mejilla

El bueno de Daniel Ruiz García ha publicado una estupenda crítica de Bancos de niebla en el blog Estado Crítico. Como suele suceder en estos casos, el lector halla referencias insólitas y coge el testigo dejado por el autor. Ahí reside la grandeza de la literatura.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Inés del alma guerrillera


Bajo el título genérico de "Episodios de una guerra interminable", Almudena Grandes se dispone a relatar de forma novelada otros tantos capítulos poco conocidos de la historia española contemporánea. El primero de ellos, Inés y la alegría, se centra en la invasión del valle de Arán por parte del ejército de la Unión Nacional Española que tuvo lugar del 19 al 27 de octubre de 1944. Ocho días que, en contra de lo que pudiera parecer y que no nos sorprende tratándose de Almudena Grandes -más cómoda en las distancias largas-, se extienden en la novela a varias décadas y a más de 700 páginas. La explicación es bien sencilla: la autora incrusta este microacontecimiento en la Historia de España con mayúsculas pero también en la vida cotidiana de sus principales personajes, los reales -con la Pasionaria al frente, en un entrañable pero nada complaciente retrato- y los imaginarios, con esa Inés sacrificada por la causa que es el alma mater de una narración torrencial, quizá demasiado prolija en detalles y con una peligrosa derivación a lo folletinesco.
Esta disposición totalizadora, al modo de los Episodios Nacionales que, según confiesa Almudena en un epílogo aclaratorio, condicionaron su pasión por la escritura, le permiten ofrecer su visión personal de los años inmediatamente posteriores a la guerra civil y a la resistencia labrada en el seno del PCE, pero también edificar personajes consistentes que pasan la prueba de varias generaciones de penuria y clandestinidad. Otra cosa es que el ambicioso puzzle narrativo que maneja la autora se transmita al lector con las suficientes garantías para armarlo, ya que algún que otro personaje se despista en el relato y nos obliga a dar la vuelta para evitar confusiones. El ingente esfuerzo documental, no obstante, ha merecido la pena, pues la simbiosis de ambas peripecias, la personal y la pública, que no oficial, logra momentos brillantes y nos anima a esperar con cierta impaciencia la segunda entrega.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Ya estoy a la venta



Sí, desde hoy ya se puede comprar Bancos de niebla, tanto en formato papel como en ebook. Una alegría para mí entrar a formar parte del excelente y cuidado catálogo que está conformando Antonio Rivero Taravillo.

martes, 2 de noviembre de 2010

Ídolos en zapatillas


Desde las páginas de Los Angeles Times -de cuyos primeros fogueos nos ofrece una entrañable crónica-, Robert Hilburn consiguió que la prensa prestara más atención al mundo del rock cuando éste todavía estaba en pañales y las míticas figuras que hoy están en la memoria de todos se labraban entonces su porvenir. Armado de la honestidad y el arrojo periodístico como principales armas -todo sea por la música-, Hilburn logró a lo largo de sus muchos años de carrera cubrir conciertos memorables como el Live Aid o entrevistar a iconos de la música estadonidense y europea en diferentes etapas de su carrera. Desayuno con John Lennon tiene la virtud de haber sido hilvanado cronológicamenten en el tiempo, de tal modo que asistimos, por ejemplo, al descubrimiento de unos casi imberbes U2, a su eclosión como figuras mediáticas y a sus discutibles últimos giros musicales, con lo cual tenemos ante nosotros el crecimiento personal y artístico de Bono y sus compañeros. Lo mismo sucede con otras grandes personalidades como Bob Dylan, Bruce Springsteen, Michael Jackson o Johnny Cash, al que Hilburn entrevistó en la prisión de Folson. El libro de Hilburn ofrece episodios memorables como la entrevista a John Lennon poco antes de ser asesinado, la charla telefónica con Courtney Love en la que se mostraba preocupada por el futuro de su marido Kurt Cobain -al que encontraría muerto poco después-, la emotiva charla con un Elvis hastiado de rodar películas, o los siempre difíciles acercamientos al casi inaccesible Bob Dylan. Pero el prestigioso crítico musical, capaz de pasar días muertos en un hotel a la espera de ser recibido por la leyenda en cuestión, también deja espacio en su libro para nuevos movimientos como el rap y para viejos géneros como el country. En sus varias décadas de profesión Hilburn ha tenido la suerte de codearse con los mejores y de saber compartirlo con los lectores sin adoptar tonos laudatorios ni sentirse coartado por políticas de empresa. Desayuno con John Lennon transmite un sabor humano, donde los grandes genios pierden su pedestal para bajar al nivel de sus fans. De este modo, se disfruta con su lectura aunque no compartas sus gustos musicales o no conozcas al artista en cuestión. Ésa es la gran virtud del crítico.

jueves, 21 de octubre de 2010

Un Allen menor y un Mañas enorme


Sí, ya sé que decir "Allen menor" cuando acabamos de entrar en la segunda década del siglo XXI, puede parecer una coletilla, pues resulta difícil hallar rescoldos del gran genio de Brooklyn en los últimos años. De hecho, si nos ceñimos a esta centuria destacaría sin duda como sus films más logrados algunos del primer lustro: La maldición del escorpión de jade, Melinda y Melinda, y Match Point. Pero el calificativo encierra también un elemento engañoso, ya que un Allen "menor" es sin duda de mayor enjundia que el grueso de la producción americana que recala en nuestras carteleras cada semana. Conocerás al hombre de tus sueños me recordó en muchos aspectos, sobre todo en su aleación de drama y episodios humorísticos, a la citada Melinda y Melinda, aunque sin duda con menos fuerza y personajes menos elaborados. Allen recurre a los lugares comunes de su cine sin subir nunca demasiado el tono de película amable y sin sorpresas, y no puede evitar que, a pesar del clima derrotista de muchas de las peripecias de sus personajes, asome siempre el lado más optimista de la realidad. Sus muchos seguidores se lo agradecemos, aunque todavía confiamos en que se despida del cine con otra obra maestra.

Hablando de obras maestras, quizá sea excesiva calificar así a la tercera película de Achero Mañas, pero sin duda ha merecido la larga espera desde Noviembre (2003). Todo lo que tú quieras es una película realizada con una ternura exquisita sobre lo que es capaz de hacer un padre para sacar adelante -psíquicamente, sobre todo- a su hija tras el fallecimiento repentino de su mujer y madre. Sin alardes técnicos y primando la atención a los detalles visuales, Mañas consigue transmitir emoción a raudales en cada plano de una película pequeña pero grande, ejecutada como una pieza de cámara para oídos hartos de fanfarria y grandilocuencia. Juan Diego Botto -posible nominación al Goya- vuelve a demostrar sus dotes dramáticas superada ya su etapa de niño pijo y algo repelente al que su físico le condenó en sus inicios. Mención especial merece el poderoso tema central compuesto por Leiva para la película y el descubrimiento de la niña Lucía Fernández.

miércoles, 13 de octubre de 2010

No pasarán


Quizá alguno de los contados seguidores de este blog hayan echado de menos algunas palabras de recuerdo para Tony Curtis o Manuel Alexandre, pero como no hay tiempo para todo, me parece que al primero ya le hizo justicia el amigo Luis Manuel Ruiz en un excelente panegírico -al que sólo podría añadir mi devoción por otros cuatro títulos que marcaron mi infancia y adolescencia: Trapecio (1956), Chantaje en Broadway (1957), Operación Pacífico (1959), y, por supuesto, La carrera del siglo (1965), y su faceta más humana colaborando con la Fundación Emanuel para reconstruir la gran sinagoga de Budapest, en recuerdo de sus orígenes húngaros- y me consta que para el segundo desenfundarán su pluma expertos mucho más cualificados que un servidor.
Me resultaba más tentador dedicar unas palabras a la memoria de un jugador que, en cierto modo, también marcó una infancia marcada por esos álbumes de cromos de la liga que era incapaz de completar, las colas con mi padre en el puente de Carranza -entonces de pago- para ver al Madrid, al Barça y, sobre todo, al Bilbao, o las entrañables tardes de carrusel deportivo y las noches radiofónicas con José María García. Arteche era uno de los bustos que más se repetían cuando, ilusionado, abría el Phoskitos de turno esperando un nuevo rostro que incrustar en la colección de chapas que entonces regalaba la famosa casa de pastelitos. Con sus largas melenas y su aspecto de haber salido del rodaje de Perros callejeros, allí estaban también Alexanco, Castellanos, Botubot, Rexach y otros históricos futbolistas de finales de los 70.
Fiel a su demarcación, Arteche siempre jugaba en mi equipo con los galones del central más fornido e intratable, defendiendo con todas las de la ley -y las de la ilegalidad- la portería de su guardameta, que no tenía por qué ser la del Atlético de Madrid, ya que las deficiencias de la casa editora me hacían imposible conseguir un equipo al completo. Cuando los delanteros no tenían su día, siempre me quedaba el consuelo de una retaguardia bien custodiada por este zaguero de la clásica escuela, aquélla de "podrá pasar la pelota o el jugador, pero nunca los dos".
Arteche, con su fisonomía brutota, su espeso bigote y sus hechuras de pelotari, respondía a un tipo de defensa que hoy cuesta ver en las ligas europeas, más preocupado por la gomina, los tatuajes y la floritura. Arteche, como Goicoechea, Licerazu, Benito y epígonos posteriores como Pablo Alfaro, primaron la rudeza a la elegancia, dejando los tacos cuando había que dejarlos en aras de un bien común, introduciendo en el argot futbolístico la subcategoría de defensa leñero que no hacía falta explicar. Con estas armas logró una notable reputación en sus once temporadas en el club colchonero y dos títulos para sus alforjas: una Copa del Rey y una Supercopa.
La única batalla que no pudo ganar, además de la Recopa de 1986 frente al Dinamo de Kiev, fue la mantenida desde hace años contra el cáncer, que segó de un lentísimo tajo su enorme corpachón marcándole el gol que tantas otras veces había evitado.