domingo, 19 de septiembre de 2010

El arte de viajar


La literatura de viajes ha ganado enteros en nuestro país de un tiempo a esta parte. Uno, que es librero y observador, comprueba con gusto que es una sección en continuo movimiento y que exige una reposición constante. Al margen de las excelentes traducciones que nos llegan de textos originales, ya sea contemporáneos o rescatados -entre estos últimos, me quedo con En Marruecos de Edith Wharton (Pre-Textos) y La vuelta al mundo en 72 días de Nellie Bly (Buck)-, en España cada vez son más las editoriales que apuestan por un género que, en muchas ocasiones, contribuye a ampliar la información puramente turística de las guías de viaje, cuando no a hacer del libro en cuestión un viaje propio e íntimo para el que no necesitamos más alforjas que nuestra sorprendida mirada.
Valorando la aportación de autores como León Lasa o Enric González, para mí, sin embargo, el trío más representativo e imprescindible de la literatura de viajes en nuestro país es el formado por José Luis García Martín, Eduardo Jordá y Antonio Rivero Taravillo. Este último acaba de compilar -magnífica palabra que nos evita imprimir y recortar periódicos o revistas- algunos de sus artículos aparecidos en diversos medios y en su estupendo blog Fuego con nieve en un libro cuyo ocurrente título -Macedonia de rutas (Paréntesis)- ya es una magnífica tarjeta de presentación y una invitación a compartir con el autor sus viajes por Islandia, Méjico, Gran Bretaña o Centroeuropa.
Rivero Taravillo posee esa cualidad que uno valora especialmente: la mirada literaria y culturalista, sin pecar de pedantería ni olvidarse de la tierra que pisa. Taravillo deambula por las calles impregnándose de su aroma, deteniéndose en portales en los que vivió algún escritor famoso, visitando tumbas de autores que, como zombies de una película de terror, levantan la pesada tapa para mostrarnos sus últimos momentos en este mundo -magnífica la evocación de John Keats que ahora disfrutamos en el cine.
Como todos los letraheridos, no puede dejar de entrar en las librerías con las que se cruza -cuando no le buscan a él-, rebuscar en los estantes más escondidos y evocar los libros que alguna vez pudieron ser suyos. Ya sea paseando por los idílicos canales de Brujas, siguiendo los pasos de Joyce en Dublín o mostrándonos los rincones menos frecuentados de Venecia, Rivero Taravillo nos ofrece una excelente lección de cómo visitar lugares sin dejarse contaminar por el turismo fotográfico del no ver nada, permitiéndonos, sin salir de nuestra habitación, que toda la magia de aquellos penetre por la ventana para inundarnos de una nostalgia por plazas y avenidas en las que -curiosa paradoja- nunca creíamos haber estado.

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