viernes, 31 de diciembre de 2010
Bobby Farrell no verá el 2011
http://www.elpais.com/articulo/cultura/Encontrado/muerto/Rusia/lider/Boney/M/elpepucul/20101230elpepucul_3/Tes
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Hoy en Jerez Información
lunes, 20 de diciembre de 2010
Blakie

La vorágine de las presentaciones de estos días me han impedido dedicarle hasta ahora unas palabras al bueno de Blake Edwards, uno de esos cineastas que supo imprimir un sello propio a cada una de sus películas, incluso las últimas como Una rubia muy dudosa (1991) o Una cana al aire (1989), que, realizadas en una época que no era la suya, todavía dejaban ver detalles de su indudable maestría para la comedia. Sólo por crear al Inspector Clouseau, Edwards ya debería figurar por derecho propio en el olimpo cinematográfico, gracias a esa antología de gags que rendían homenaje al slapstick y al que Peter Sellers prestó su físico y talento para convertirlo en un icono de la comedia más descacharrante, para la que no se ha encontrado un sucesor que esté a la altura, llámese Roberto Benigni o Steve Martin. Entre película y película del famoso inspector, Edwards y Sellers tuvieron tiempo de fabricar una de las mejores comedias de todos los tiempos, la incomparable El guateque (1968), que condensa sin duda la esencia del estilo Edwards: el humor fino e inteligente, la sofisticación, un romanticismo algo ingenuo y el disparate elevado a quintaesencia del arte cinematográfico.
El cineasta, que ya había demostrado sentirse cómodo en este terreno con estimables trabajos como Operación Pacífico (1959), demostraría con el tiempo que estaba igualmente dotado para el romance -Desayuno con diamantes (1961)- y el drama más furibundo -Días de vino y rosas (1962)-, así como para el espectáculo grandilocuente y de elevado presupuesto -esa otra maravilla llamada La carrera del siglo (1965)-. Después de rodar El guateque, la carrera de Edwards se desinfló un tanto con películas estimables y con el agotamiento de la fórmula Clouseau, a la que salvaban todavía algunos gags afortunados, como los protagonizados por el criado japonés del inspector. Sin embargo, cuando ya todos apostaban por su defunción artística, Edwards volvió a dar el do de pecho con varios títulos de calidad, entre ellos 10, la mujer perfecta (1979), ¿Victor o Victoria? (1981) o Micki y Maud (1984).
Respaldado por su pareja artística más duradera -la otra fue Julie Andrews-, Henry Mancini, el espíritu de Blake Edwards me parece más cercano al de Stanley Donen o Vincente Minnelli que al de otro compañero generacional, Richard Quine. Esa alegría de vivir, esa facilidad para pasar de lo trágico a lo cómico en apenas un par de planos, me parece una prueba palmaria de que con su muerte una forma de hacer cine se ha ido también.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
JOHN

Treinta años sin el mito. Yo apenas tenía ocho años cuando ocurrió y las canciones de los Beatles todavía no resonaban en mis oídos. Aquellos eran los tiempos de Leif Garrett, Alaska y los Pegamoides, unos jovencísimos Mecano, un otoñal Neil Diamond y un gigantón rubio llamado Richard Clayderman que tocaba el piano. Como véis, mis gustos eran bastante eclécticos y se dejaban influir por las notas que emergían de mi entorno más inmediato, ya fuera el tocadiscos de mi padre o la radio que escuchaba a toda pastilla la chica que limpiaba nuestra casa. ¿Os podéis imaginar a un chico de ocho años deseando que pusieran en la radio el Sweet Caroline? Pues sí, ése era yo. Pocos años después, cuando reuní dinero para comprar mi primer walkman, mis gustos se fueron redefiniendo, pero también aumentó mi curiosidad por esos cajones donde mi padre almacenaba rigurosamente clasificados todos sus vinilos. Justo encima de ellos, en un estante con la medida justa para albergarla, estaba la famosa caja azul que contenía todos los discos de los Beatles publicados hasta entonces. No hizo falta nada más. Desde entonces, sólo han cambiado los formatos -gracias a un amigo, ahora tengo en un cd-rom toda la discografía con letras y portadas incluidas-, pero el hechizo de sus canciones, su capacidad para sonar nuevas en cada escucha sigue ahí latente.
De aquel trágico momento, que convirtió a John Lennon en un mito, me quedo con el maravilloso relato "On John´s blood grew red roses o estará vivo por los siglos de los siglos" de Care Santos, incluido en Solos (Pre-Textos, 2000), donde la escritora se introducía en la cabeza de su asesino, Mark David Chapman. Los nostálgicos irredentos tenemos la oportunidad de desfogarnos con dos libros muy distintos editados de cara a los regalos navideños: la rigurosa biografía de Albert Goldman Las muchas vidas de John Lennon (Lumen), y la colección de recuerdos personales recopilados por su hijo -y también excelente músico- Julian en Beatles Memorabilia (Grijalbo).
martes, 7 de diciembre de 2010
jueves, 2 de diciembre de 2010
Letraherido

En su última novela Manuel Rivas se introduce de lleno en el mundo del narcotráfico utilizando un recurso que recuerda a alguna película: dos amigos de la infancia enamorados de la misma chica -una joven con carácter que siempre camina descalza por la playa- que, entrados en la edad adulta, se sitúan a ambos lados de la justicia, uno a bordo de las lanchas patrulleras, y otro al frente de un pequeño imperio de contrabando, suficiente para llevarse con él a la chica. La alusión al cine no es nada casual, ya que Todo es silencio parece planteada como una sucesión de planos secuencia en la que el lector (o espectador) es el encargado de realizar el montaje final. Rivas hace tan físicas las descripciones que parece situarnos en los escenarios de rodaje, donde los diferentes actores cobran vida con todos sus dobleces y aristas.
Y es que si algo caracteriza la literatura de Rivas es su poder de evocación, de sumergirnos en las tripas de una historia dura y áspera que nos envuelve con una viscosidad extrema. Hace unas semanas tuve la oportunidad de oírle en una conferencia y tuve la misma sensación. Rivas parecía abstraerse del auditorio para diluirse en el revoltijo de papeles que dispuso en la mesa, leyendo fragmentos de diarios, ocurrencias escritas en el avión, teorías improvisadas, para acabar con la lectura de un poema conmovedor que todavía resuena en mi memoria. Supe entonces que Rivas estaba hecho de pura literatura y que, en cualquier momento, tras preguntar la hora como si emergiera de un sueño profundo, podría desintegrarse y formar parte de esas cuartillas, seres ya de su propio universo.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
De los otros mundos

Tras la lectura de las primeras líneas casi lo podía vaticinar, y la impresión final ha confirmado las expectativas: estamos ante uno de los debut literarios más interesantes de los últimos años. Oscilando entre el microrrelato de apenas cinco líneas y el cuento cercano a las treinta páginas, la gaditana Pilar Vera, conocida hasta ahora por su faceta de periodista cultural y su estimulante web, nos propone un apasionante viaje hacia universos enrarecidos, donde lo extraordinario se acaba imponiendo a la prosaica realidad. Poseedora de un estilo rico en imágenes sugerentes y de una plasticidad poco común, la joven autora -a la que intuimos leída y seguramente apasionada de la literatura gótica y de terror del siglo XIX- nos sumerge en historias fascinantes protagonizadas por seres de otra dimensión o habitantes, ya por derecho propio, del imaginario colectivo fantástico, caso de las sirenas, los vampiros, el demonio, los duendes o los fantasmas. ¿Qué hay de nuevo, por tanto, en este reencuentro con el reverso mágico? Quizá una mirada fresca que no puede evitar sentirse enamorada de sus criaturas y que nos sumerge en sus peripecias con el cariño de una madre a sus hijos diferentes y descarriados: me viene a la mente aquella fotografía de Tod Browning rodeado de sus freaks en un descanso del rodaje de La parada de los monstruos.
Cámara oscura es un hermoso y siniestro -pero lo siniestro es bello cuando hay voluntad por ambas partes, autor y lector- catálogo de perversiones y rarezas: un farero que tiene encerrada en una urna a una sirena, un médico vampiro que trata de ocultar su condición, un duende que se le aparece a un anciano para llevarle con él, un íncubo excelentemente dotado que hace las delicias de una cuarentona, un diablo amargado que no puede cumplir su trabajo, una nueva versión de la Alicia de Lewis Carroll, una princesa que trata de mantener el orden establecido en su cuento... Historias todas ellas donde nada acaba siendo lo que parece y que Pilar Vera mima apelando a un lenguaje muy cuidado repleto de destellos estilísticos. Confiemos en que pronto nos sorprenda de nuevo.
martes, 30 de noviembre de 2010
Humor blanco ¿o negro?


Sé que a muchos les parecerá casi una herejía reunir en la misma entrada a Luis García Berlanga y a Leslie Nielsen, pero quiero pensar que a ellos, anchos de miras y partidarios, por encima de otras cuestiones, del humor más torrencial, no les habría importado. ¿Qué saldría de ese diálogo ya imposible entre el autor de Calabuch y ese icono del cine paródico de los 80 y 90? Seguramente material para una nueva película. En su defecto, me apetece recordar aquí algunas de las perlas berlanguianas dejadas en la grabadora de Antonio Gómez Rufo para su Confidencias de un cineasta (Ediciones Jc, 2000): "La soledad total, eso es lo que me gusta, a lo que aspiro. Encerrarme en mi estudio, tener mis propias masturbaciones, y no sólo me refiero a las biológicas, a las fisiológicas. También me refiero a mis masturbaciones conceptuales, intelectuales. Crear mi propio universo y poder fabular en él, perderme en él, imaginar, soñar, componer mis deseos y creer que los estoy cumpliendo". Y ahí va otra: "Esta sociedad es hipócrita, se siente ofendida en público por lo que le encanta en privado, dice tener unos valores morales que no tiene. ¡Joder! ¡Yo prefiero que me llamen guarro a la cara porque me gustan los zapatos de tacón, los tobillos de las señoritas y las cuerdas, pero eso sí, que luego en privado lo piensen también! Porque resulta que yo digo barbaridades en mi cine, pero ellos las hacen. A la gente le gusta aparentar una decencia que no tiene: ponen cara de huelemierdas si oyen una frase en mi película contra la religión, la aristocracia o los políticos, pero ellos son los que han inspirado las realidades que yo reproduzco".
Si uno se detiene a pensar un poco, Berlanga y Nielsen tenían muchas cosas en común: ambos eran casi de la misma quinta -el valenciano del 21 y el canadiense del 26-, abundaban en canas -uno en forma de rizos y barba tupida, otro en un corte clásico y casi indespeinable- y los dos, tras probar otras profesiones y registros -Berlanga quiso ser poeta, arquitecto, ciclista y pintor, mientras que Nielsen trabajó de disc-jockey y trató de ser un respetable actor dramático sin éxito- se rindieron al humor, a cuya fabricación -en sus diferentes acepciones, mordaz y satírica en el primero, mímica y peterselleriana en el segundo- parecían estar destinados desde su más tierna infancia: ¿a quién si no se le pudo ocurrir bautizar a Nielsen con un nombre de mujer?
Erotómano confeso hasta la saciedad, Berlanga encontró en sus películas y en la dirección de la colección "La Sonrisa Vertical" la plasmación artística y la forma de hacer pública sus inquietudes nunca ocultas, mientras que Nielsen tuvo que pagar el tributo de numerosos seriales televisivos y personajes secundarios de la más variopinta ralea -desde el comandante Adams de Planeta prohibido al que encarnaba en la catastrofista La aventura del Poseidón, género que, irónicamente, acabaría parodiando en Aterriza como puedas, y desde villanos de medio pelo en infumables westerns hasta pequeños papeles en cintas que explotaban los filones del momento, ya fuera la rebelión animal (El día de los animales) o la comedia juvenil universitaria (Soul man)- hasta encontrar ese personaje metepatas de la tercera edad de inagotable vis cómica que acabaría incluso imitándose a sí mismo en la reciente Spanish movie.
Dos talentos que, con algún que otro altibajo, mantuvieron su estado de gracia por el bien colectivo común.
P.D. Para los que no la conozcan, os dejo la prueba de cámara que Nielsen rodó para incorporar el personaje de Messala en Ben-Hur que luego acabaría interpretando Stephen Boyd. Afortunadamente, la historia del cine suele acabar poniendo a todos en su sitio.
lunes, 29 de noviembre de 2010
Una nueva forma de crear

Al terminar la lectura de La luz es más antigua que el amor tuve una sensación extraña. ¿Había leído mal o el autor se había concedido a sí mismo el Premio Nobel de Literatura? Reflexionando más tarde sobre ello, llegué a la conclusión de que no debía extrañarme en absoluto, pues los derroteros que ha ido tomando la joven narrativa de vanguardia española -la generación "nocillera", que también así se la conoce en homenaje al título que podemos considerar emblemático y pionero de sus modernos postulados- parece que no podía hacer otra cosa que llegar a este punto. Ya lo tomemos como broma máxima o como postura epatante y egocéntrica, lo cierto es que hasta ese momento la lectura de la última novela de Menéndez Salmón me había resultado de lo más atractiva, por su hábil urdimbre de historias separadas en el tiempo, sus interesantes reflexiones sobre la creación, la curiosa combinación de personajes reales y ficticios, y un estilo directo y enfebrecido de literatura que me recordó bastante al de Isaac Rosa en El vano ayer. Sin embargo, la vuelta de tuerca final, donde Salmón-Bocanegra (que así se llama su alter ego) acude a la Academia sueca y se permite explicar el sentido de su última novela -la que estamos leyendo, por cierto- me resultó chirriante, como si el juego hubiera llegado ya demasiado lejos. Me imagino que para Menéndez Salmón tal ocurrencia era una forma curiosa, divertida y hasta plausible de cerrar la novela, pero uno no puede evitar cierta sensación de vacuidad, de decepción ante tal alarde de prepotencia o juegos malabares -ya dije, que la interpretación es libre-.
Después de haber leído a algunos exponentes del celebrado grupo me pregunto si quizá el verdadero valor de su obra se dirimirá con el paso del tiempo, siendo incapaces hoy por hoy -críticos, especialistas y lectores- de calibrar en su justa medida un fenómeno que se prolonga todavía en las mesas de las novedades editoriales. Aunque a la vista de en qué quedó la generación del realismo "sucio" impulsada por José Ángel Mañas, Pedro Maestre o Lucía Etxebarría, me temo que su alcance puede ser muy limitado. Tiempo al tiempo.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
La primera, en la mejilla
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Inés del alma guerrillera
Bajo el título genérico de "Episodios de una guerra interminable", Almudena Grandes se dispone a relatar de forma novelada otros tantos capítulos poco conocidos de la historia española contemporánea. El primero de ellos, Inés y la alegría, se centra en la invasión del valle de Arán por parte del ejército de la Unión Nacional Española que tuvo lugar del 19 al 27 de octubre de 1944. Ocho días que, en contra de lo que pudiera parecer y que no nos sorprende tratándose de Almudena Grandes -más cómoda en las distancias largas-, se extienden en la novela a varias décadas y a más de 700 páginas. La explicación es bien sencilla: la autora incrusta este microacontecimiento en la Historia de España con mayúsculas pero también en la vida cotidiana de sus principales personajes, los reales -con la Pasionaria al frente, en un entrañable pero nada complaciente retrato- y los imaginarios, con esa Inés sacrificada por la causa que es el alma mater de una narración torrencial, quizá demasiado prolija en detalles y con una peligrosa derivación a lo folletinesco.
Esta disposición totalizadora, al modo de los Episodios Nacionales que, según confiesa Almudena en un epílogo aclaratorio, condicionaron su pasión por la escritura, le permiten ofrecer su visión personal de los años inmediatamente posteriores a la guerra civil y a la resistencia labrada en el seno del PCE, pero también edificar personajes consistentes que pasan la prueba de varias generaciones de penuria y clandestinidad. Otra cosa es que el ambicioso puzzle narrativo que maneja la autora se transmita al lector con las suficientes garantías para armarlo, ya que algún que otro personaje se despista en el relato y nos obliga a dar la vuelta para evitar confusiones. El ingente esfuerzo documental, no obstante, ha merecido la pena, pues la simbiosis de ambas peripecias, la personal y la pública, que no oficial, logra momentos brillantes y nos anima a esperar con cierta impaciencia la segunda entrega.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Ya estoy a la venta

Sí, desde hoy ya se puede comprar Bancos de niebla, tanto en formato papel como en ebook. Una alegría para mí entrar a formar parte del excelente y cuidado catálogo que está conformando Antonio Rivero Taravillo.
martes, 2 de noviembre de 2010
Ídolos en zapatillas

Desde las páginas de Los Angeles Times -de cuyos primeros fogueos nos ofrece una entrañable crónica-, Robert Hilburn consiguió que la prensa prestara más atención al mundo del rock cuando éste todavía estaba en pañales y las míticas figuras que hoy están en la memoria de todos se labraban entonces su porvenir. Armado de la honestidad y el arrojo periodístico como principales armas -todo sea por la música-, Hilburn logró a lo largo de sus muchos años de carrera cubrir conciertos memorables como el Live Aid o entrevistar a iconos de la música estadonidense y europea en diferentes etapas de su carrera. Desayuno con John Lennon tiene la virtud de haber sido hilvanado cronológicamenten en el tiempo, de tal modo que asistimos, por ejemplo, al descubrimiento de unos casi imberbes U2, a su eclosión como figuras mediáticas y a sus discutibles últimos giros musicales, con lo cual tenemos ante nosotros el crecimiento personal y artístico de Bono y sus compañeros. Lo mismo sucede con otras grandes personalidades como Bob Dylan, Bruce Springsteen, Michael Jackson o Johnny Cash, al que Hilburn entrevistó en la prisión de Folson. El libro de Hilburn ofrece episodios memorables como la entrevista a John Lennon poco antes de ser asesinado, la charla telefónica con Courtney Love en la que se mostraba preocupada por el futuro de su marido Kurt Cobain -al que encontraría muerto poco después-, la emotiva charla con un Elvis hastiado de rodar películas, o los siempre difíciles acercamientos al casi inaccesible Bob Dylan. Pero el prestigioso crítico musical, capaz de pasar días muertos en un hotel a la espera de ser recibido por la leyenda en cuestión, también deja espacio en su libro para nuevos movimientos como el rap y para viejos géneros como el country. En sus varias décadas de profesión Hilburn ha tenido la suerte de codearse con los mejores y de saber compartirlo con los lectores sin adoptar tonos laudatorios ni sentirse coartado por políticas de empresa. Desayuno con John Lennon transmite un sabor humano, donde los grandes genios pierden su pedestal para bajar al nivel de sus fans. De este modo, se disfruta con su lectura aunque no compartas sus gustos musicales o no conozcas al artista en cuestión. Ésa es la gran virtud del crítico.
jueves, 21 de octubre de 2010
Un Allen menor y un Mañas enorme

Sí, ya sé que decir "Allen menor" cuando acabamos de entrar en la segunda década del siglo XXI, puede parecer una coletilla, pues resulta difícil hallar rescoldos del gran genio de Brooklyn en los últimos años. De hecho, si nos ceñimos a esta centuria destacaría sin duda como sus films más logrados algunos del primer lustro: La maldición del escorpión de jade, Melinda y Melinda, y Match Point. Pero el calificativo encierra también un elemento engañoso, ya que un Allen "menor" es sin duda de mayor enjundia que el grueso de la producción americana que recala en nuestras carteleras cada semana. Conocerás al hombre de tus sueños me recordó en muchos aspectos, sobre todo en su aleación de drama y episodios humorísticos, a la citada Melinda y Melinda, aunque sin duda con menos fuerza y personajes menos elaborados. Allen recurre a los lugares comunes de su cine sin subir nunca demasiado el tono de película amable y sin sorpresas, y no puede evitar que, a pesar del clima derrotista de muchas de las peripecias de sus personajes, asome siempre el lado más optimista de la realidad. Sus muchos seguidores se lo agradecemos, aunque todavía confiamos en que se despida del cine con otra obra maestra.
Hablando de obras maestras, quizá sea excesiva calificar así a la tercera película de Achero Mañas, pero sin duda ha merecido la larga espera desde Noviembre (2003). Tod

martes, 19 de octubre de 2010
miércoles, 13 de octubre de 2010
No pasarán

Quizá alguno de los contados seguidores de este blog hayan echado de menos algunas palabras de recuerdo para Tony Curtis o Manuel Alexandre, pero como no hay tiempo para todo, me parece que al primero ya le hizo justicia el amigo Luis Manuel Ruiz en un excelente panegírico -al que sólo podría añadir mi devoción por otros cuatro títulos que marcaron mi infancia y adolescencia: Trapecio (1956), Chantaje en Broadway (1957), Operación Pacífico (1959), y, por supuesto, La carrera del siglo (1965), y su faceta más humana colaborando con la Fundación Emanuel para reconstruir la gran sinagoga de Budapest, en recuerdo de sus orígenes húngaros- y me consta que para el segundo desenfundarán su pluma expertos mucho más cualificados que un servidor.
Me resultaba más tentador dedicar unas palabras a la memoria de un jugador que, en cierto modo, también marcó una infancia marcada por esos álbumes de cromos de la liga que era incapaz de completar, las colas con mi padre en el puente de Carranza -entonces de pago- para ver al Madrid, al Barça y, sobre todo, al Bilbao, o las entrañables tardes de carrusel deportivo y las noches radiofónicas con José María García. Arteche era uno de los bustos que más se repetían cuando, ilusionado, abría el Phoskitos de turno esperando un nuevo rostro que incrustar en la colección de chapas que entonces regalaba la famosa casa de pastelitos. Con sus largas melenas y su aspecto de haber salido del rodaje de Perros callejeros, allí estaban también Alexanco, Castellanos, Botubot, Rexach y otros históricos futbolistas de finales de los 70.
Fiel a su demarcación, Arteche siempre jugaba en mi equipo con los galones del central más fornido e intratable, defendiendo con todas las de la ley -y las de la ilegalidad- la portería de su guardameta, que no tenía por qué ser la del Atlético de Madrid, ya que las deficiencias de la casa editora me hacían imposible conseguir un equipo al completo. Cuando los delanteros no tenían su día, siempre me quedaba el consuelo de una retaguardia bien custodiada por este zaguero de la clásica escuela, aquélla de "podrá pasar la pelota o el jugador, pero nunca los dos".
Arteche, con su fisonomía brutota, su espeso bigote y sus hechuras de pelotari, respondía a un tipo de defensa que hoy cuesta ver en las ligas europeas, más preocupado por la gomina, los tatuajes y la floritura. Arteche, como Goicoechea, Licerazu, Benito y epígonos posteriores como Pablo Alfaro, primaron la rudeza a la elegancia, dejando los tacos cuando había que dejarlos en aras de un bien común, introduciendo en el argot futbolístico la subcategoría de defensa leñero que no hacía falta explicar. Con estas armas logró una notable reputación en sus once temporadas en el club colchonero y dos títulos para sus alforjas: una Copa del Rey y una Supercopa.
La única batalla que no pudo ganar, además de la Recopa de 1986 frente al Dinamo de Kiev, fue la mantenida desde hace años contra el cáncer, que segó de un lentísimo tajo su enorme corpachón marcándole el gol que tantas otras veces había evitado.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Solos en la madrugada
Jugando con los títulos de sus películas, no sé en qué momento exacto se produjo el "crack" de Garci, la fractura en la que su cine pasó de homenajear

Estuve hace unos años en una conferencia de Garci en los cursos de verano de El Escorial, y puedo asegurar que la audiencia estaba fascinada por ese tipo de aspecto juvenil enfundado en sus vaqueros y zapatillas deportivas que no paraba de citar directores y escenas que le habían hecho ser lo que es, sin las que no podía vivir.
Esa pasión de Garci tomó la forma justa en esas primeras producciones casi caseras, donde los aciertos visuales no parecían forzados ni los diálogos impostados. En Solos en la madrugada hay momentos de gran cine, como esa superposición de la conversación entre Sacristán y Fiorella Faltoyano con el discurso del propio Sacristán en los micrófonos, o esos planos de un Madrid nocturno sin coches y con la música apropiada. Quizá hoy pocos se acuerden, pero Garci eligió para cerrar la película el Unchained melody de los Righteous Brothers casi veinte años antes de que Jerry Zucker lo hiciera tan popular en Ghost.
Uno puede discrepar de las opiniones de ese émulo de Woody Allen que parece a veces Sacristán, pero no puede dejar de sentirse herido de nostalgia por la impresión de ese Madrid preelectoral e imberbe, por una sociedad que cambiaba a marchas forzadas y que Garci retrata con todos sus virtudes y defectos. No sé, quizá es que yo también me estoy volviendo mayor, pero este Garci me gusta...
domingo, 19 de septiembre de 2010
El arte de viajar

La literatura de viajes ha ganado enteros en nuestro país de un tiempo a esta parte. Uno, que es librero y observador, comprueba con gusto que es una sección en continuo movimiento y que exige una reposición constante. Al margen de las excelentes traducciones que nos llegan de textos originales, ya sea contemporáneos o rescatados -entre estos últimos, me quedo con En Marruecos de Edith Wharton (Pre-Textos) y La vuelta al mundo en 72 días de Nellie Bly (Buck)-, en España cada vez son más las editoriales que apuestan por un género que, en muchas ocasiones, contribuye a ampliar la información puramente turística de las guías de viaje, cuando no a hacer del libro en cuestión un viaje propio e íntimo para el que no necesitamos más alforjas que nuestra sorprendida mirada.
Valorando la aportación de autores como León Lasa o Enric González, para mí, sin embargo, el trío más representativo e imprescindible de la literatura de viajes en nuestro país es el formado por José Luis García Martín, Eduardo Jordá y Antonio Rivero Taravillo. Este último acaba de compilar -magnífica palabra que nos evita imprimir y recortar periódicos o revistas- algunos de sus artículos aparecidos en diversos medios y en su estupendo blog Fuego con nieve en un libro cuyo ocurrente título -Macedonia de rutas (Paréntesis)- ya es una magnífica tarjeta de presentación y una invitación a compartir con el autor sus viajes por Islandia, Méjico, Gran Bretaña o Centroeuropa.
Rivero Taravillo posee esa cualidad que uno valora especialmente: la mirada literaria y culturalista, sin pecar de pedantería ni olvidarse de la tierra que pisa. Taravillo deambula por las calles impregnándose de su aroma, deteniéndose en portales en los que vivió algún escritor famoso, visitando tumbas de autores que, como zombies de una película de terror, levantan la pesada tapa para mostrarnos sus últimos momentos en este mundo -magnífica la evocación de John Keats que ahora disfrutamos en el cine.
Como todos los letraheridos, no puede dejar de entrar en las librerías con las que se cruza -cuando no le buscan a él-, rebuscar en los estantes más escondidos y evocar los libros que alguna vez pudieron ser suyos. Ya sea paseando por los idílicos canales de Brujas, siguiendo los pasos de Joyce en Dublín o mostrándonos los rincones menos frecuentados de Venecia, Rivero Taravillo nos ofrece una excelente lección de cómo visitar lugares sin dejarse contaminar por el turismo fotográfico del no ver nada, permitiéndonos, sin salir de nuestra habitación, que toda la magia de aquellos penetre por la ventana para inundarnos de una nostalgia por plazas y avenidas en las que -curiosa paradoja- nunca creíamos haber estado.
martes, 14 de septiembre de 2010
Cal y arena
Podría habler de muchos títulos que engrosarán ahora con mayores honores la cinemateca francesa de la rue de Bercy, pero me detendré sólo en dos que, separados por una escasa distancia temporal, vienen a refrendar lo anterior.
Días tranquilos en Clichy (1990) pretendía ser una valiente aproximación a la vida parisina de Henry Miller, pero acabó siendo un completo desastre, con una narración deshilvanada, una puesta en escena sin garra y una interpretación rayana en lo ridículo. El material era lo bastante bueno para que fuera difícil estropearlo, pero Claude Chabrol lo hizo.

En el polo opuesto se sitúa El infierno (1994), revisión del clásico de Henri-Georges Clouzot que no desmerece al original y que, incluso me atrevería a asegurar, lo supera. Esta demoledora lección de cine sobre el tema de los celos -cinco años después retomado por Vicente Aranda con menos fortuna- consigue que nos metamos en la piel del protagonista, encarnado por François Clouzet, de un modo visceral, casi espasmódico.
Chabrol rodó y rodaría mejores y peores películas que estas dos, pero quizá nunca adaptó un texto ajeno con la misma intensidad ni naufragó con tanto estrépito creyendo que su nombre bastaba para hacer magia. Trabajador incansable, quizá su estilo fue precisamente ese: no saber cómo invocarlo.
lunes, 13 de septiembre de 2010
El mapa alemán
A falta de saber los resultados de esta apasionante aventura, que se iniciará con la publicación el día 17 en formato papel y e-book, os dejo un trailer que muestra a las claras lo que se lo están currando.
Ya sabéis, eficiencia germana, 100%. ¡Suerte, Félix!
miércoles, 8 de septiembre de 2010
De otra galaxia
http://www.youtube.com/watch?v=Pr7-deiJ33o
martes, 7 de septiembre de 2010
Lecturas de verano (II)

Una llama misteriosa. Phillip Kerr (Rba). Quinta entrega de la serie "Berlin Noir", con la acción dividida entre la Alemania inminentemente pre-nazi -espectacular la descripción de los últimos días de la República- y la Argentina de Perón, refugio de muchos miembros de las SS y alemanes de diversa condición, como nuestro querido Bernie Gunther, al que aquí manipulan hasta desde las más altas esferas para lograr los más retorcidos propósitos políticos y económicos. Aunque la acción es igual de trepidante que en otros tomos de la serie, Una llama misteriosa abusa quizá de lugares comunes y presenta a unos personajes menos trabajados. El apasionante y siempre espinoso asunto de los nazis ocultos en Argentina será, por cierto, el tema principal de uno de los volúmenes de la serie que ya ha iniciado Almudena Grandes -sobre la que hablaré pronto- como homenaje a los Episodios Nacionales de Pérez Galdós.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Películas recomendables

A uno le gustaría ir más al cine, pero hay que reconocer que entre la paupérrima oferta que suele ofrecer la cartelera -repleta de títulos olvidables- y las diversas ocupaciones en que estamos embarcados, resulta difícil acudir más de una vez al mes (siempre nos quedarán los canales cinematográficos de la tele o el dvd, ¡qué le vamos a hacer!). A pesar de esta parquedad en mi ritual cinéfilo -¡quién me hubiera visto hace quince años en mis tiempos de facultad esperando que llegara el viernes para ver tres películas seguidas!-, he visto lo suficiente como para recomendar dos películas que deberían pasar a la historia en sus diversos géneros:
Origen, de Christopher Nolan, sobre la que ya parece haberse dicho todo, pero cuya poderosa imaginería visual y argumental la deben colocar por derecho propio como referente del cine contemporáneo de los próximos años. Nolan, conocido sobre todo por Memento, sus dos incursiones en la saga de Batman -con permiso de Tim Burton, las mejores de la serie- y la estimable The Prestige, ha elaborado un fascinante ejercicio de estilo que nos sorprende en cada escena recordándonos, y esto es lo más importante, que, si uno escarba en su imaginación, siempre hay algo nuevo que contar. Un reparto brillante y sin demasiadas estrellas -sólo Leonardo Di Caprio, que cada vez está más acertado al escoger sus papeles- está a la altura de una historia condenada, me temo, a ser una isla en el océano de mediocridad del cine norteamericano actual.
Toy Story 3. Aunque parecía una misión imposible, los responsables de Pixar se han superado a sí mismos volviendo diez años después a una historia aparentemente muerta y enterrada, pero que resucitan acudiendo al poderoso resorte de la

jueves, 2 de septiembre de 2010
Lecturas de verano (I)
Sesión co


Unos por otros. Phillip Kerr (Rba). Cuarto título de la ya imprescindible serie "Berlin Noir" que, como su propio título indica, es una fascinante fusión de novela negra en la Alemania pre y post-Nazi. El "tough-boy" Bernie Gunther, nostálgico de la República de Weimar, hace una vez más encaje de bolillos para salir de las situaciones más apuradas, sin dejar, como buen representante de la clásica escuela, de coquetear con el sexo opuesto y tratar de llevar lo mejor posible su particular ética. El viaje a México, del que espero hablar en breve, se me hizo mucho menos largo con su compañía.
Novela familiar. Blas Matamoro (Páginas de Espuma). Galardonada con el III Premio Málaga de Ensayo, esta curiosa obra se introduce en el universo del escritor desde una óptica privada y genética. A través de infinidad de


Papel y plástico 2. Oscar Lombana (Astiberri). Como ya ocurría en el primero, el segundo tomo de Papel y plástico es un asalto a mano armada al corazón de la nostalgia: juguetes, cromos, series, álbumes, muñecos, chucherías, cachivaches... Todo tiene sitio en este festival orgiástico -en el sentido revival, se entiende- para los sentidos de los que ya comenzamos a peinar canas. Al pru

Manhattan por el retrosivor. José Luis Ordóñez (Mandocohete). A José Luis le conozco desde hace varios años y puedo dar fe de su inquebrantable pasión creativa: cortometrajes, obras de teatro, novela, relatos... En Manhattan funde con acierto dos de sus pasiones: la escritura y el cine, ya que los cuentos -con una ambientación más o menos unitaria en espacio y temas- se pueden ver como cortometrajes rodados plano a plano con la pericia del que sabe dónde poner la cámara. Algunos más redondos que otros, los cuentos aquí incluidos revelan a un narrador con gran capacidad de fabulación que debe explotar -quizá el nombre de su editorial sea una advertencia- en cualquier momento.
lunes, 2 de agosto de 2010
lunes, 5 de julio de 2010
Otras diez razones

10 RAZONES POR LAS QUE ODIO A TOMÁS RODRÍGUEZ REYES
Uno. Por su voracidad lectora. Estoy convencido de que Tomás se alimenta más de letra impresa que de la buena impresión de una mesa cubierta de langostinos de su querida Sanlúcar. Tomás no lee libros, los deglute, los saborea y extrae de ellos la esencia para el día a día. Huye de los bestsellers, del libro electrónico, de las memorias impostadas, de las sagas galácticas y los vampiros adolescentes: el menú de Tomás empieza con un estudio filológico, sigue con un ensayo literario y acaba con un poemario de largo aliento. En la ruta gastronómica de Tomás abundan platos con nombre propio: Marai, Steiner, Wiesenthal, Gaya, Cioran, Thomas Bernhard, Julien Green, Kertesz, o Juan Ramón, siempre Juan Ramón, como un buen vino o amigo al que no se puede abandonar. Chef de gustos exquisitos, no renuncia, sin embargo, a estar al tanto de lo que se cocina en los altos hornos de las editoriales, un fuego que nunca se extingue y que puede hacer que un autor se queme con facilidad. Pero Tomás sabe distinguirlos y en su despensa de avituallamiento, la comida siempre está fresca, repleta de volúmenes que le pueden enriquecer sólo con el título, llámense El fanal haliano o En el café de la juventud perdida.
Dos. Por las librerías que ha pisado. Para Tomás visitar una ciudad es llegar al fondo de sus anaqueles, alcanzar el rastro de polvo que dejó el último libro acariciado por un lector, subir la escalera semioculta de la Shakespeare & Company, adentrarse en la suntuosa Lello & Irmao de Oporto, penetrar con el recogimiento obligado en la Selexyz Dominicanen de Maastricht, perderse en algunas de las plantas de la librería El Ateneo de Buenos Aires... Cada vez que veo a Tomás recorrer los pasillos de La Luna Nueva, escarbando en las estanterías para hallar el tesoro oculto, pienso que sería más feliz si pudiera quedarse encerrado entre sus muros, si le fuera concedido el deseo, como en el cuadro de Rembrandt, de hacer su “Ronda de Noche” protegido por las insondables fuerzas de la literatura. Para Tomás una librería que cierra es una herida abierta en su inmaculada levita valleinclanesca.
Tres. Por esos muchos otros viajes que no están en los libros, aunque estos nos pongan sobre su pista. Tomás procura ir cada cierto tiempo a París, pasear por Saint-Germain, colocar un billete de metro sobre la tumba de Cortázar, sentarse en el café Flore y acordarse de Hemingway para comprobar que París no se acaba nunca; le gusta seguir los grises pasos del oficinista Bernardo Soares y dejarse invadir por la Lisboa más pessoana, ésa que no aparece en las guías, quizá sólo en el libro de Ángel Crespo; repetir el ritual del ascenso al castillo de Duino, presintiendo las sombras fugaces de Rilke, Magris o Joyce, mientras se deja enamorar pos sus jardines. En su afán por recorrer ese trocito de mundo que, paradojas de la vida, vuelva aún más pequeño al resto, Tomás parece alinearse con otro viajero atípico, Alain de Botton, que ha dicho: “Si nuestra vida se halla dominada por la persecución de la felicidad, quizás pocas actividades revelan tanto como los viajes acerca de la dinámica de esta búsqueda, en todo su ardor y con todas sus paradojas”.
Cuatro. Por saber disciplinarse y actualizar con la puntualidad de un reloj suizo su blog “Trópico de la Mancha”, una suerte de diario online que se podría convertir por derecho propio en una extensión digital del “Salón de los pasos perdidos” de su admirado Trapiello. En su bitácora virtual, Tomás hace y deshace, disecciona los libros que se ha echado a la cara, visita museos, escucha música, apunta ideas que pueden germinar en algo más, esboza teorías con la facilidad que otros las malllevan a la práctica, reproduce fragmentos de obras desconocidas, desliza algún poema, convierte en literatura la rutina diaria, y, cuando le apetece, soluciona el compromiso contraído con aforismos de una rara belleza del tipo: “es imposible decir del silencio sus hechuras” o “Siempre se hace tarde para los que aman la vida”. Si a ello añadimos que su idolatrado Enrique Vila-Matas tiene al “Trópico” en su lista de favoritos sólo nos queda brindar por una más que probable edición impresa.
Cinco. Por haber aprobado las oposiciones de Secundaria y tener todas las tardes para leer y escribir sin descanso, y dos meses largos y fiestas de guardar para sus periplos literarios. Tomás ha sido inteligente y ha seguido los consejos de Kafka: primero la manutención, luego la reclusión voluntaria en las páginas de una novela en ciernes, en el verso de un poema siempre por pulir, en los márgenes de una moleskine que nunca se queja.
Seis. Porque Tomás ha prolongado su vida académica cuando muchos la damos por concluida, tras ímprobos esfuerzos por compaginar trabajo y aprendizaje. Ha profundizado en su pasión por la filosofía y está embarcado desde hace años en una tesis que estoy seguro llegará a buen puerto con todos los marineros a salvo y dispuestos a merendarse un trozo del pastel de la ignorancia que aún está por descubrir.
Siete. Por saber esperar para publicar su primer libro; es más, por publicar casi sin querer un libro que pensaba que no existía, que sólo parecía estar en la cabeza de su editor. Por tener la suerte de que ese editor se llame Javier Sánchez Menéndez, el descubridor de La Isla de Siltolá que, en palabras de Antonio Rivero Taravillo, la ha hecho no sólo habitable, sino que la ha transformado en un pequeño edén que se ramifica en sus varias colecciones. Primando la calidad literaria y el diseño exquisito a otros intereses más comerciales, a este islote de rara felicidad llegan versos en botellas transparentes, baúles con nuevos víveres para que nos sintamos menos náufragos.
Ocho. Porque en los treinta poemas de El huerto deseado, en sus cincuenta y seis páginas, caben muchos siglos de poesía, de San Juan de la Cruz a Juan Ramón, de Caballero Bonald a Fernando Pessoa. En esta “casa de tiempo y silencio” hay espacio para la hondura y la reflexión, para la nostalgia y la ensoñación, para la monotonía y el hallazgo. El huerto deseado adolece de una hermosa contradicción: exige silencio para observar sus detalles pero también pide a gritos que entremos dando un portazo y pisemos los frutos que van germinando, dando la razón a quien decía que el no toca no siente. A la casa de Tomás hay que volver una y otra vez para constatar lo que sólo presentimos, buscar los pasillos ocultos, los armarios de doble fondo, las habitaciones cerradas a cal y canto, el trastero que esconde un gran secreto... Sólo tras visitarla con frecuencia aprenderemos que “la muerte es un olvido de la vida” y que “el deseo produce la servidumbre a la palabra”, y querremos volver de nuevo para tapar las humedades, los destrozos de un tiempo cruel empeñado en arrasarlo todo.
Nueve. Por la unidad con que ha sabido dotar a un poemario donde no falta ni sobra nada, concebido como un viaje al poder de la palabra para expresar el significado recóndito de las cosas, al laberinto de una memoria que necesita la evocación para perdurar, y cito: “Unos diarios / tienen la insoslayable / textura del olvido, / la inalterable / secuencia de la muerte / vivida sin desmayo”. En el panorama de la poesía española de los últimos años se hace difícil encontrar un primer libro tan maduro como el presente, un huerto rebosante de fruta dispuesta para ser recogida y estallarnos en la boca con nuevos sabores, pero también con los de siempre, el eterno latir de la vida.
Diez
Porque estoy seguro de que la carrera literaria de Tomás Rodríguez Reyes no ha hecho más que empezar, y pronto nos deleitará con nuevas propuestas en forma de poemario, ensayo, crítica, relatos o novelas. Siempre con el único objetivo de ser fiel a sí mismo y no traicionarse con ese mal párrafo que nos acecha por la espalda.
Y, como no podía ser de otro modo, mi odio crecerá al mismo ritmo que su bibliografía, así que, Tomás, sólo se me ocurre que me dediques un libro para aplacarlo o que me compres un billete a París para librarte de mí. Tú tienes la palabra.
lunes, 24 de mayo de 2010
Últimas lecturas

Palabra de cine. José Luis Borau (Península). Cada vez que Borau aborda un proyecto bibliográfico entre película y película, y otras labores académicas, merece la pena dedicarle un tiempo -y me remito a su imprescindible Diccionario del cine español y a esos Cuentos de cine cuya edición coordinó-. Su extenso pero sumamente enriquecedor manual rescata esas frases y coletillas que han pasado del mundo del cine al lenguaje coloquial, ya sea porque se pronunciaran en una película -"¡Más madera, es la guerra!"- o porque su iconología cinematográfica ha traspasado las fronteras del tiempo para convertirse casi en un cliché -"La cagaste, Burt Lancaster"-. Borau cuenta la procedencia y pasa a desglosar las situaciones a las que se puede aplicar, en muchas ocasiones con poco o nula referencia a su sentido original. Una obra altamente recomendable para cinéfilos y curiosos del lenguaje.

Bilbao, Nueva York, Bilbao. Kirmen Uribe (Seix Barral). Sería fácil remitiros al comentario de mi amigo y bloggero Daniel Ruiz García, pues resume muy bien lo que pienso de todo ese movimiento "nocilla" del que algunos de sus "fundadores" empiezan ya a querer desmarcarse. La novela que ha merecido el Premio Nacional de Narrativa se lee con agrado, pero con la enojosa sensación de sentirte partícipe de un esbozo de diario inacabado en el que puede caber cualquier cosa aunque la hilazón narrativa sea mínima. El estilo está depurado y hay párrafos que bien valen el precio a pagar para llegar al final. Sin embargo, sigo sin ver más allá, sin ver el valor literario que tiene escribir con tu nombre propio y contar las "batallitas" que te pasan a diario. Demasiado fácil para el escritor, demasiado fácil para el crítico señalar que estamos ante algo distinto. La línea entre la vacuidad y la experimentación siempre ha sido muy tenue.
La estrategia del agua. Lorenzo Silva (Destino). Bevilacqua y Chamorro

El huerto deseado. Tomás Rodríguez Reyes (Isla de Siltolá). El verso limpio, claro, de frondosos ecos y reminiscencias culturales. Sorprende la madurez literaria en un autor tan joven (1981) que parece haber preferido esperar para publicar con la solidez de un poeta veterano. Tomás Rodríguez Reyes, de cuya sed de lecturas y conocimientos da buena prueba su blog, ha meditado cada verso como si fuera el último -o el

París y otras ciudades encontradas. Antonio Ferres (Gadir). La editorial madrileña viene rescatando y alumbrando desde hace algunos años buena parte de la obra de Antonio Ferres (Madrid, 1924), poeta y narrador al que nunca se la ha hecho verdadera justicia a pesar de obtener premios como el Ciudad de Barcelona o el Villa de Madrid. Su último poemario, homenaje a Las ciudades invisibles de Calvino, es una delicia para los sentidos, un revolcón -valga la expresión- de nostalgia a través de paisajes, evocaciones y amores pasados que, gracias a la sucesión vertiginosa de imágenes que prescinden de los signos de puntuación, consiguen prender en nosotros con el ramalazo de una hoguera siempre candente: "Hay un poema perdido / en el cual tú y yo / hemos venido a contemplar el mar sin fin. / Sólo esta orilla florida / donde estamos / juntos sin que seas mía / sin que yo sea tuyo nunca. / Sólo los ojos del mar / y de la tarde".
viernes, 14 de mayo de 2010
Vente a Alemania, Félix
http://www.die-landkarte-der-
Microperversión
http://aragonliterario.
miércoles, 21 de abril de 2010
Dos ideas para celebrar el Día del Libro
La segunda propuesta es un microrrelato del siempre a reivindicar Norberto Luis Romero. Para el que se quede con ganas de más, en la web del escritor encontrará una bibliografía digna de mejor distribución. Os dejo con él. Que ustedes lo lean bien.
martes, 20 de abril de 2010
Wonderful Burton

En los últimos meses me he reconciliado con el cine en su hábitat natural, es decir, la sala de proyecciones, pero hasta el domingo por la tarde ninguna película me había llamado excesivamente la atención como para dedicarle unas líneas. Si mi memoria no falla, vi por este orden el musical Nine -con un Daniel Day-Lewis (¡quién lo ha visto y quién lo ve!) cansado de su propio personaje, y un director, Garry Marshall, que lo hizo mucho mejor en Chicago-, Millenium 3 -sin duda, la más floja de las adaptaciones de la trilogía-, Un hombre soltero -interesante pero lenta traslación a la pantalla de una novela de Isherwood-, Invictus -buen trabajo de Clint Eastwood, pero sin la fuerza de anteriores películas suyas- y alguna que incluso he olvidado, así que no debió dejarme mucha huella. Sin embargo, el fascinante ejercicio visual que ha logrado Tim Burton con su revisión del clásico de Lewis Carroll merece que se le perdonen errores anteriores -Charlie, Sweeney Todd o El planeta de los simios- y se recuerden sus tiempos dorados de Pesadilla antes de Navidad o Eduardo Manostijeras. El hábil e inteligente guión urdido por Linda Woolverton a partir de las dos novelas de Carroll -Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo- le pone en bandeja a Burton la oportunidad de desmelenarse haciendo alarde de su habitual imaginería visual, con detalles continuos que aconsejan un segundo visionado, efectos especiales brillantes y un ritmo narrativo envidiable acomodado al punto de vista del personaje principal. Los actores también brillan a gran altura, sin excederse en sus funciones como podía esperarse de Johnny Depp. Aquí me gustaría resaltar el papel del nunca suficientemente apreciado Crispin Glover -sí, el padre de Michael J. Fox en Regreso al futuro- y la excelente composición de Helena Bonham-Carter en el papel de la Reina de Corazones. Pura poesía, en suma.
jueves, 15 de abril de 2010
Vaya par de hermanos

Para los despistados que aún no lo sepan, esta semana ha hecho su aparición El menor espectáculo del mundo, el nuevo libro de cuentos de mi hermano Félix J. Palma, en la editorial Páginas de Espuma Nueve piezas con ecos de Todd Browning, Cecil B. De Mille, fenómenos de feria -¿aparecerá de nuevo John Merrick como personaje?- y, seguro, más de un malabarismo formal y algún que otro salto al vacío sin red.
Y, para seguir la vena fraternal, os presento un vídeo de mi hermano pequeño, Daniel. En los tiempos que corren, no hay como defender los valores de la amistad echándole un poco de humor:
viernes, 19 de marzo de 2010
A doble página

Baksi, por tanto, no traza una biografía al uso, sino que va enlazando recuerdos y vivencias al modo de una vieja cinta magnetofónica que va pausando para aportar sus propias reflexiones sobre el escritor y su peligrosa forma de vivir, siempre al límite. Larsson dormía apenas tres o cuatro horas al día, se alimentaba de mala manera, fumaba como un carretero y era capaz de tomarse veinte cafés en una noche. Cuando le obsesionaba algo, era capaz de no parar hasta penetrar en el último recoveco del asunto en cuestión. Baksi dice que quizá lo más difícil era hacerle calle. De hecho, incluso en su último viaje, tumbado sobre la camilla de la ambulancia, fue capaz de enderezar algo su cuerpo entrado en kilos para terciar en la conversación que mantenían sus acompañantes, que especulaban sobre su edad, y gritar un estentóreo: "¡Tengo cincuenta años, joder!". A pesar de su aparente fogosidad comunicativa, Larsson era tímido para hablar en público, cuestión que siempre trataba de eludir, y fue capaz de mantener casi en absoluto secreto la escritura de las tres novelas que le acabaron aupando al estrellato y que, aunque parezca increíble, fue escribiendo de forma simultánea en el más absoluto de los anonimatos, sacando tiempo nadie sabe de dónde. Quizá los seguidores de Larsson, entre los que me incluyo, antes de emprender rumbo a Suecia para visitar los lugares de su ya promocionada ruta, deberían recorrer las líneas de este otro itinerario, mucho más íntimo y personal.
Y no dejo el periodismo, ya que gracias a las bondades de la televisión por cable, tuve la oportunidad de ver hace unos días una película de la que ni siquiera había oído hablar -mi desconcimiento de la actualidad cinematográfica comienza a ser alarmante- y que me causó una excelente impresión. La poco esforzada traducción del original, El precio de la verdad, ignora la ironía que se esconde en el título -Shattered Glass (Cristal destrozado, vendría a ser)-, pues Glass es el apellido del protagonista, Stephen (interpretado con convicción por Hayden Christensen), un periodista de investigación de la prestigiosa revista The New Republic, cuya brillante carrera se va a pique al descubrirse que nada menos que 27

viernes, 5 de marzo de 2010
Sam Spade en Berlín

Reconozco que a Philip Kerr le perdí un tanto la pista después de una lectura que me supo a poco -El infierno digital- y otra que me decepcionó sobremanera -Esaú-, sobre todo tras esa obra maestra que parecía no tener visos de continuidad -Una investigación filosófica-. Tenía vagas noticias de una suerte de saga ambientada en la Alemania Nazi, pero las citadas experiencias previas me habían mantenido al margen de la misma. Quizá porque el castigo ya duraba demasiado tiempo, quizá porque había leído críticas elogiosas sobre ese entramado llamado Berlín Noir, lo cierto es que me decidí a darle un nuevo voto de confianza a Kerr y a Si los muertos no resucitan, ¿último? episodio de una serie protagonizada por un ex agente de la Kripo, la Policía Criminal Alemana. Sólo tuve que leer las primeras páginas para certificar que me había equivocado totalmente con mi ignorancia de todos estos años. Es más, ya me apresuro a hacerme con los otros volúmenes de la ¿tetra, penta, hexalogía?, pues tanto el personaje y la trama, como los acerados diálogos y la acción vertiginosa, me recuerdan a los grandes maestros de la novela negra americana, llámense Burnett, Goodis o Hammett. La novela se escinde en dos espacios temporales y físicos separados por casi veinte años que, en lugar de quebrar el ritmo narrativo, acrecienta el interés por los personajes. Bernie Gunther tiene madera para convertirse en el nuevo Sam Spade, el Philip Marlowe de una saga llamada a hacer historia. Os seguiré contando.